Llega el mes de junio y reaparece la lluvia, impecable y diamantina. Con las primeras tormentas también regresan ellos, aunque en realidad muchos nunca se fueron. Algunos se quedaron con nosotros desde el año pasado o incluso desde antes; al parecer ya nos tomaron cariño eterno. Ellos nos obligan a permanecer en guardia, temerosos de su presencia, ya sea disimulada u obvia.
Voltea uno para todas partes, ya sea en ciudades medias o grandes, y descubre que ahí están, en la calle principal o en las vías secundarias, por el centro o por las orillas. Los hay pequeños y medianos, un obstáculo molesto los menos, amenazas terribles los más; aunque los peores monstruos, los más ladinos y peligrosos están escondidos con el agua. Los hay en todas las geometrías posibles, dentro de su irregularidad fractal.
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Uno esperaría que la llegada de la temporada de lluvias nos hiciera pensar en un campo verde, admirar las montañas que renuevan sus bosques, o disfrutar los ríos que reviven y corren por toda la república. Pero no, lo primero que asociamos con las lluvias son los malditos baches, que reaparecen y nos hacen temblar.
“Virgencita de Guadalupe, protege mis llantas y amortiguadores, haz que los muelles de mi camión resistan los impactos profundos. Que no me vaya a encontrar uno que no aparezca registrado en mi lista semanal. Ayúdame San Alejo, para que no me descuide y caiga en alguno de los más letales”.
Y cómo esperar que nuestro país logre controlar la inseguridad, mejorar la educación, elevar el nivel de vida de los compatriotas, si los gobernantes municipales, estatales y federales, si ni siquiera son capaces de resolver este problema. Tener buenas calles, avenidas y carreteras, o que al menos sean transitables, no parece tan complicado. No estamos pidiendo que compitamos con Elon Musk diseñando mejores cohetes espaciales, No, nada de eso, lo único que pedimos es tener calles que resistan las lluvias, por las que se pueda circular más o menos seguros.
¿Y dónde está la raíz del problema? Desde los inicios de nuestro país, o incluso antes, el gran problema ha sido la corrupción. Hacer buenas calles es algo que dominan nuestros ingenieros, por supuesto que sí. La norma dice que para poner el pavimento de las calles, primero hay que preparar el terreno, pero el problema es que si eso se hace como indica el reglamento, baja el margen de ganancia para las compañías constructoras, amen de los moches, mordidas, o incluso los impuestos irregulares que cobran los malandros, y todo eso hace que las calles se hagan con lo mínimo de material, y así a las primeras mojadas quedan como paisaje lunar.
Hay ciudades que no lo hacen tan mal, pero en algunas otras pareciera como si las autoridades quisieran que la gente se encariñe con sus baches; entre ellas Puebla resalta como una de las peores ciudades del país en cuanto al cuidado sus calles.
En mis primeras visitas, allá por los años noventa del siglo pasado, se me hizo eterno el traslado desde la CAPU hasta la zona de Ciudad Universitaria, con calles anegadas. Y así se ha mantenido todos los años que llevo aquí. Incluso está el caso de una calle, la 18 sur, que estaba bien, pero después de una rehabilitación la dejaron peor, en la época de Luis Paredes, si la memoria no me falla.
En años más recientes, parecía que las obras de pavimentación que hizo Claudia Rivera (¡saludos compañera universitaria!) en Avenida Circunvalación, harían mejor papel, pero al cabo de dos años comenzaron a fallar. Siguió el ausente Eduardo Rivera, que a lo major se trasladaba en helicóptero, pues las calles siguieron igual o peor. Y cuando uno jura que ya no se puede estar peor, llega alguien nuevo que logra superar al anterior. ¡Para llorar del puro coraje!
Igual podríamos pasar del tema de las calles a la educación, la seguridad, la corrupción, y por todos lados hay baches que nos detienen, baches que tienen al país atrapado entre sus aguas.
Algunas veces nomás queda reírse de los problemas, y decimos que vivimos en una ciudad de primera, porque no se puede meter la segunda, o que es la ciudad de la eterna brincadera, que no primavera, etcétera, etcétera. Y así nos vamos riendo despacio, rodando por esas calles desiertas del corazón, extremando precauciones para cuidar nuestro magro patrimonio de cuatro ruedas.