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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

De la banalidad a la posibilidad educativa

¿Qué hay detrás de una selfie y qué podemos aprovechar de esta?

Fátima Coiffier López

Licenciada en Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, maestra en Investigación Educativa por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y doctora en Ciencias en la Especialidad de Investigaciones Educativas (CINVESTAV-IPN). Actualmente es académica del Departamento de Educación de la Ibero Puebla.

Jueves, Junio 5, 2025

Tomarse una selfie ya es parte del día a día en esta #CiudadDigital. Lo hacen niños, adolescentes, adultos y los adultos mayores (cada vez con más frecuencia). Nos tomamos fotos solos o acompañados, en casa, en la calle, en la escuela, en el parque, en la plaza, con filtro y sin filtro, la mayoría de las veces sin pensarlo mucho. La selfie es una fotografía que una persona se toma a sí misma, generalmente con un teléfono celular, que suele compartirse en redes sociales (Cambridge University Press & Assessment, 2025).

Para muchos, este tipo de foto puede parecer un gesto superficial, una tendencia o incluso una muestra de narcisismo. Pero, ¿y si en realidad las selfies esconden algo más? ¿Y si esas imágenes que producimos con tanta naturalidad pudieran ayudarnos a entendernos mejor y a pensar distinto?

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Eso es justo lo que plantea la investigadora Lorena Yazmín García Mendoza (2018) en su artículo En modo selfie: reflexiones sobre la potencia de las selfies. A partir de su trabajo con jóvenes de nivel medio superior, propone, desde la pedagogía de la imagen, mirar la selfie no como una moda vacía, sino como una práctica compleja cargada de sentido y prácticas individuales y colectivas, que puede tener usos sociales y pedagógicos profundos.

Retomando el artículo de Lorena, me permitiré apuntar algunas de sus ideas para responder las preguntas planteadas.

Detrás de las selfies

Una selfie no es solo una fotografía, es el resultado de distintas decisiones: es una imagen que evoca y objetiva emociones, y que pone en juego la estética del “verse bien”.

Sobre las decisiones... Aunque lo hagamos en un segundo, al momento de tomar una selfie estamos eligiendo cómo posar, qué mostrar, desde qué ángulo, qué fondo incluir, con qué filtro acompañarla. Y esas elecciones dicen algo. Nos hablan de cómo nos sentimos, de cómo queremos que nos vean, de lo que valoramos y de lo que queremos ocultar.

García Mendoza señala que para muchos jóvenes, la selfie es una forma de estar presentes, de decir “yo estuve aquí”, “así me veo”, “esto soy”. Es una especie de autorretrato moderno, pero con una diferencia importante: ya no está reservado para artistas o celebridades, sino que ahora cualquiera con un celular puede hacer uno. Como dice el teórico Nicholas Mirzoeff, citado por la autora, lo importante de la selfie no es que sea nueva, sino que es disruptiva de una tradición antigua de autorrepresentación que hoy se ha vuelto masiva. No necesitas ser rey para tener un autorretrato.

Además, las selfies no se quedan guardadas en un cajón o en una galería privada. Se comparten. Circulan en redes sociales, viajan de pantalla en pantalla y, en ese recorrido, no solo muestran una imagen, generan reacciones, comentarios e identificaciones. Se vuelven parte de una conversación social y la construcción de la propia subjetivación.

Sobre las emociones… Las selfies están ligadas a las emociones. Para los jóvenes, tomarse una selfie suele estar relacionado con sentirse bien, estar contentos, pasarla bien. Es un gesto que busca capturar el momento, congelar la felicidad.

Pero esta selección emocional también deja cosas fuera. Hay emociones que casi nunca aparecen en una selfie: el miedo, la tristeza, el enojo, el cansancio. La selfie funciona como una especie de vitrina: mostramos lo que queremos que se vea y ocultamos lo demás. ¿Qué pasa con eso que no se muestra? ¿Qué dice eso sobre la presión que sentimos por “lucir bien” todo el tiempo?

Sobre el "verse bien"… Para los jóvenes, lo más importante de tomarse una selfie es “salir bien”. Esto va más allá de que una foto sea bonita, se trata de cumplir con ciertos modelos estéticos, con ciertas poses, con ciertas expresiones que las redes han normalizado. Como si existiera una plantilla invisible sobre cómo debe ser una buena selfie. De acuerdo con Fontcuberta, citada por la autora, existe una especie de presión por diseñar nuestra imagen personal, por cuidar cómo nos mostramos, por editar todo lo que pueda parecer “fuera de lugar”. Con filtros, encuadres y retoques, la selfie se convierte en una versión editada del yo.

¿Qué tiene que ver esto con la escuela?

La presencia de las selfies en las escuelas es un hecho. No es algo ajeno ni forzado. Es parte de la vida cotidiana de los jóvenes. Por eso, en lugar de ignorar o prohibir estas prácticas, podríamos integrarlas con sentido. No para hacer de todo una “dinámica cool”, sino para reconocer que en esos gestos aparentemente simples hay temas de fondo que vale la pena discutir.

Como dice García Mendoza, las imágenes no deberían estar en clase solo como adornos o ilustraciones. Deberían ser objetos de estudio, de análisis, de conversación. Porque vivimos en una cultura donde las imágenes tienen poder para emocionar, para convencer, para definir lo que es normal y lo que no.

Se me ocurren diferentes formas de usar la selfie en la escuela:

Uno. En lugar de pedir un ensayo sobre identidad, ¿por qué no pedir a los estudiantes que analicen una selfie suya y expliquen qué decisiones tomaron al hacerla?, ¿qué querían mostrar?, ¿qué dejaron fuera del encuadre?, ¿cómo eligieron la pose, la ropa, el fondo? y ¿cómo se relaciona eso con su historia personal, su cultura, su entorno?

Dos. Aprovechando la práctica del verse bien en clase, esto puede ser un punto de entrada para hablar sobre emociones, salud mental, estereotipos de belleza y la presión de las redes sociales. También puede abrir debates sobre identidad, representación y autenticidad, con preguntas como ¿hasta qué punto lo que mostramos en redes se parece a lo que somos fuera de ellas?, ¿cómo nos afecta ver tantas imágenes “perfectas” todo el tiempo? y ¿podemos usar la selfie también para mostrar lo imperfecto, lo cotidiano, lo vulnerable?

Tres. Si las selfies son en su mayoría producto de momentos felices, esto los y las profesoras podrían recuperarlo para cuestionar por qué ciertas emociones son más aceptadas que otras en el espacio público digital, y reflexionar sobre ¿por qué mostrar tristeza en redes parece más difícil? y ¿qué tanto nos afecta ese “mandato” de estar siempre bien, siempre felices?

Cuatro. Al analizar selfies también es posible hablar de diversidad, de justicia y de transformaciones sociales. Mirar a los otros es una forma de recuperar y de construir otras voces y de evocar otras formas de belleza.

Las posibilidades son múltiples, en todo caso, la clave está en acompañar la imagen con reflexión, análisis y contexto. La selfie, entonces, no es el fin, sino el medio. El objetivo es generar conciencia sobre lo que hacemos cuando nos mostramos, sobre lo que nos dicen las imágenes que vemos y sobre el papel que juegan en nuestra forma de entender el mundo.

Para concluir, una invitación a mirar distinto

Este artículo fundamentado en las ideas de García Mendoza (2018), es una invitación a mirar con otros ojos una práctica que ya está entre nosotros. A dejar de ver la selfie como algo menor o irrelevante, y a explorar sus posibilidades como herramienta de expresión, de análisis y de transformación.

También es una invitación más amplia, a cuestionar cómo usamos las redes, cómo nos mostramos, cómo miramos a los demás. Porque aprender a mirar es, también, una forma de aprender a vivir juntos y, en un mundo donde la imagen es protagonista, aprender a mirar bien puede ser una de las habilidades más valiosas que podamos enseñar (y aprender).

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