Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

To vote or not to vote

Nuestro futuro como sociedad será peor si despreciamos la encrucijada democrática de este domingo

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Viernes, Mayo 30, 2025

Shakespeare tenía razón: las encrucijadas nos definen; es decir, las decisiones que tomamos sobre nuestras incertidumbres nos revelan sobre el tipo de humanos que queremos ser, que podemos ser y, finalmente, que seremos.

Y esto de las encrucijadas es propio de todos nosotros, en todas las etapas de nuestra existencia. Nadie se escapa. Pero el que hayamos tenido que lidiar con ellas desde siempre de ninguna manera nos hace expertos en su manejo, ni nos augura una buena decisión ante aquellas que cotidianamente se nos presentan.

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Esto se debe, supongo, a su naturaleza ya que ninguna encrucijada es un ente absoluto y totalitario pues se forma, a la par, de satisfacción y congoja, acierto y yerro, certidumbre y duda. Y, curiosamente, es esta dualidad  ̶ igualmente atractiva y repelente ̶  en donde se afinca la vacilación, el titubeo, el recelo, la sospecha, la suspicacia y, por ende, la maraña de sensaciones y sentimientos electrizantes y hasta orgásmicos que nos mantienen insomnes y angustiados antes y después de que optamos por alguno de sus caminos diestros o siniestros.

Y esto es más que claro cuando en nuestras encrucijadas nos va la vida misma. De ahí la abismal profundidad que azota a Hamlet ante la muerte de su padre y la decisión de su madre de casarse con su tío, pues la elección de Gertrudis ante su encrucijada de viuda, el propio Shakespeare la considera tan profunda y compleja que no explica cabalmente si ella lo hace sólo por conservar su poder y seguridad personal o porque el luto la abruma o, simplemente, porque Claudio le atrae.

Algo parecido nos sucede a los ciudadanos cada ocasión en que renovamos el poder político de un país.

Visto así, una encrucijada de dimensiones shakesperianas se nos presenta a los mexicanos el próximo 1 de junio en la jornada cívica por la renovación del Poder Judicial: acudir o no a votar; votar a conciencia y con cierto conocimiento del alcance que tendrá en nuestra cotidianidad justiciera o denostar el acto cívico por convicción, por hartazgo, por abulia o simple mala leche.

Cualesquiera que fuere tu actuar el próximo domingo será, sin duda alguna, producto del tipo de mexicano que quieres ser, que puedes ser y que terminarás siendo de hoy en adelante y hasta la próxima jornada de renovación judicial.

Pero te debe quedar claro que como tu respuesta estará condicionada por tu historia, tus valores, tus convicciones, tus experiencias, tus deseos, tus anhelos, tus taras, tus ilusiones y tus incertidumbres la decisión que tomes fortalecerá tu personal interpretación de la democracia y, por ende, la de todos nosotros en su conjunto. Y eso es invaluable, porque la suma de nuestras interpretaciones de la democracia es, finalmente, su esencia y considero que a ella debemos apelar si deseamos tener una sociedad incluyente y civilizada políticamente.

No olvidemos que en los más de cien años que hemos transitado por la democracia mexicana producto de nuestra guerra civil de 1910, votar por convicción y conveniencia o no hacerlo por desilusión o hartazgo, mantuvo por más de ochenta años una única forma y visión de gobierno desarrollada por dos partidos políticos antagónicos en apariencia, pero que en realidad ejercieron un abyecto concubinato nacional (nunca un matrimonio como Dios manda) que deambulaba entre las hipocresías, baladronadas y raterías. Todo ello ante nuestra incompresible sumisión a un falo antidemocrático y opresor, tanto del poder Ejecutivo, como del Legislativo y, por supuesto, del Judicial.

Y es verdad que nuestro drama democrático actual no ha resuelto todas nuestras expectativas y que, en algunos aspectos, la nueva interpretación gubernamental de la democracia nos ha decepcionado e incumplido, pero, sin duda, nuestro futuro como sociedad será peor si despreciamos la encrucijada democrática del próximo domingo y, dejándonos sublimar por el canto de las sirenas, no acudimos a plantarle cara a nuestro drama shakesperiano de: to vote or not to vote.

Al final, como en cualquier encrucijada humana, tomar una decisión en la boleta electoral el 1 de junio, es más auténtico que la malsana abstinencia de antaño, por la sencilla razón que en nuestra imperfecta democracia actual se triunfa por un solo voto a favor y no por un millón de votos no ejercidos.

De tal suerte, considero que ejercer tu derecho a votar es, por decirlo coloquialmente, como un verso de Shakespeare; no ejercerlo, es como un chistorete de Chespirito.

 

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