A mis hijos Pablo Noel, Luis Fernando y Rubén,
para que «echen lío» dondequiera que estén.
En El adolescente, Dostoievski sostiene que el talante de una sociedad se mide en cómo trata a sus adolescentes, observación que bien podemos extender a los jóvenes. Así, el nivel y el perfil de una sociedad se percibe en el trato y el lugar que ésta le da a sus jóvenes (hombres y mujeres). Quienes tenemos hijos jóvenes constantemente miramos el panorama social, económico, político y cultural con gran dosis de preocupación. Si bien tenemos una esperanza mayor, el panorama actual del país no es alentador. Esto requiere matices, pero ellos mismos ven bruma en el horizonte.
Más artículos del autor
Lo anterior significa que, social, económica y políticamente, tienen obstáculos de peso que les impiden tomar su propia vida en sus manos. El camino para ello se vuelve sinuoso, tortuoso, difícil y, por momentos, insoluble. Alguna vez, uno de mis hijos, en una conversación desapasionada, me hizo la observación de que su generación, a diferencia de “las de ustedes”, no aspira a tener pensiones como fruto del trabajo de toda una vida, porque ya “ustedes” se agotaron los recursos del país. Lo hizo con la conciencia de quien mira con seriedad un cáncer que afecta a una persona querida.
No sólo se trata de un futuro cerrado, o incierto en el mejor de los casos, sino signado con una danza de números que, por más que busquemos, no encuentra salida. No se está generando la suficiente riqueza para vivir decorosamente, sobre todo para estas jóvenes generaciones. Los 17.5 billones de pesos de deuda pública que actualmente tiene el gobierno federal (51.4% del PIB) manifiestan un incremento importante respecto a la deuda que dejó Peña Nieto, de 14.2 billones (43.6% del PIB). El presidente que juró no endeudar al país hizo que cada mexicano ahora deba 131 mil 738 pesos; 2024 fue el año de mayor endeudamiento público. Uno lo sabe: Hubo elecciones.
Lo anterior de suyo ya es grave. Sin embargo, lo más grave es lo social y su manejo político. Nos hemos enterado de la existencia de un campo de exterminio en Teuchitlán, Jalisco. Cuatrocientos pares de zapatos testificaron que la mayoría de los ahí eliminados por las bandas del crimen organizado eran jóvenes (hombres y mujeres). Los Jesuitas en México han denunciado la atrocidad y el horror de tales actos, como lo hicieron con el crimen de los sacerdotes Javier y Joaquín en Cerocahui, Chihuahua, en 2022. Del gobierno sabemos su respuesta: Minimizar. ¿Y la sociedad?
También nos hemos enterado del crimen de unos jóvenes tlaxcaltecas, cuyos cuerpos fueron desmembrados y abandonados en una autopista entre Puebla y Oaxaca. Tres fiscalías de sendas entidades han abierto sus investigaciones para esclarecer el macabro hallazgo. Al margen de las historias personales, con sus grandes dosis de libertad y dramatismo, lo que queda claro es que los involucrados son jóvenes, hombres y mujeres, con horizontes humanitarios colapsados y/o intransitables.
Un botón de muestra más. Las semanas previas, pasada y antepasada, las y los jóvenes universitarios de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), sobre todo de la Facultad de Medicina, salieron a protestar por diversas carencias en su formación académica, las cuales la administración de la rectora Lidia Cedillo Ramírez no ha sabido, o no ha podido, o no ha querido —o las tres cosas juntas—, subsanar y resolver. Al principio, la rectora habló de manipulación y de que estaban perfectamente ubicadas las manos que mecían la cuna. Luego cambió su discurso.
Por su parte, el gobernador Alejandro Armenta señaló la mano negra de Antorcha Campesina y de la Unión Popular de Vendedores Ambulantes 28 de Octubre detrás de las movilizaciones. Les pidió, “respetuosamente”, a los líderes de esos movimientos políticos que dejaran de entrometerse en asuntos que no les competen. Algunos grupos de estudiantes emitieron un comunicado aclarando que sus reclamos no tenían que ver con lo señalado por el mandatario, sino con el “derecho a una universidad pública, democrática y popular.”
Hasta aquí los datos relevantes recientes. ¿Qué significa todo lo anterior? Hace no mucho veíamos a los jóvenes ausentarse de todo, sobre todo de los asuntos públicos. No estaban en las iglesias ni en los partidos políticos ni en los grupos sociales. Vaya, y esto me tocó vivirlo en primera persona, ni en los scouts había jóvenes. Nos lamentábamos que los jóvenes estaban adormilados, ausentes, inactivos —“en nuestros tiempos, nos inclinábamos a decir, había espíritu juvenil” —; ahora que salen y se manifiestan, los tildamos de manipulados (bueno, el gobernador).
Es verdad que las y los jóvenes, dada su inexperiencia, pueden ser manipulables, por personas o por ideologías. Desde la época de los griegos se acusaba tal porosidad y permeabilidad. No es un dato nuevo. Pero tenemos que mirar lo que hay detrás de esa energía juvenil que se manifiesta, sobre todo, en los escenarios universitarios. Más allá de la inexperiencia se muestra el idealismo juvenil, el corazón inquieto de jóvenes que, una y otra vez, reclaman y proclaman la verdad y la justicia. Esto no significa que no caigan en la mentira y las injusticias, sino que su sensibilidad se inclina primigeniamente a buscar y a aceptar lo verdadero y lo justo. También lo bello y bueno.
Si como sociedad queremos —de verdad— promover y acoger a los jóvenes deberíamos escuchar las inquietudes de sus corazones. No sin razón el papa Francisco, desde el inicio de su pontificado, los convocó a «hacer lío», precisamente para que la sociedad (muy pazguata a veces) sea la que despierte, no se duerma y esté a la altura de nuestro tiempo. El país se nos está yendo y no hemos construido el puente generacional con las y los jóvenes. Lo peor que podemos hacer es cerrarles el futuro y ofrecerles vanas esperanzas: dinero, poder, consumo.
Creo que para abrir un «puente» con ellas y ellos el tema central es el amor. Les interesa, sobre todo, el amor, en sus diversas dimensiones, incluyendo el erótico-romántico. Pero lo que quizá nos pidan es que lo que les digamos sea verdadero y justo, bello y bueno, es decir, que responda a las inquietudes de su corazón. Si así actuamos, ellas y ellos sabrán corresponder con entera libertad, porque no hay auténtico espíritu juvenil sin libertad, a veces a riesgo del error y de la equivocación. Es el costo de tomar su vida en sus manos. Además, es el único camino que hay para humanizarse.