El gobierno que recién terminó estuvo marcado por buenas intenciones, muchas promesas y también muchas mentiras. Tal vez más mentiras. No solo en la parte política y desarrollo social. También en el manejo económico, la parte menos explorada y por lo tanto menos conocida por la población.
Por ejemplo, una de las promesas de campaña del expresidente López Obrador fue que no endeudaría al país y que habría un crecimiento económico sostenido. En los primeros años del 4% para cerrar el sexenio en 6%. Al final se registró uno de los crecimientos más mediocres desde tiempos de Miguel de la Madrid, que no llegó a 1% en los seis años.
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En lo tocante a deuda, y no obstante la promesa reiterada de no pedir prestado, López Obrador cerró con el mayor monto de deuda desde que se tiene registro público por parte de la Secretaría de Hacienda: 17.4 billones de pesos. Una suma equivalente a 51.4% de la economía. Poco más de las mitad de la riqueza generada en 2024. El incremento respecto del sexenio de Peña Nieto fue de 23%.
El expresidente morenista heredó a cada mexicano una deuda oculta de 131 mil 738 pesos.
La orientación del gasto (es decir, cómo se gasta) indica que el expresidente antepuso los intereses de su partido, Morena, al interés nacional. Incluso los puso por encima de la salud y la vida de cientos de miles de personas, de acuerdo con indicadores económicos oficiales (SHCP) y de organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Allí se explica la orientación del presupuesto durante los años dolorosos de pandemia y pos pandemia, y el contraste con respecto a 2024. Último de aquella administración, que coincidió con la elección presidencial. Casualidad o no, en ese año el gobierno alcanzó un déficit presupuestal de 5.9% del Producto Interno Bruto (PIB). Abrió la chequera como ningún presidente había hecho hasta entonces. Una suma de dinero muy por encima de lo observado en los años previos, que se movió en un 4.3% del PIB. Las elecciones por encima de la vida.
Un sobregiro no registrado desde el año 2000. Todo hace pensar que el cálculo de romper la disciplina fiscal observada hasta el 2023, fue con el propósito deliberado de ganar la elección de presidente y demás puestos de representación popular que se votaron en el 2024. El gobierno, en efecto, se levantó con un triunfo contundente. En ambos poderes.
Como se decía en el pasado de priismo espeso, el presidente y el partido oficialista no solo ganaron la presidencia de la República, también la mayoría calificada en la Cámara de Diputados con los partidos aliados.
Una mayoría, por cierto, muy cuestionada entre especialistas. La mayoría de consejeros del INE hizo una lectura “sesgada” (por llamarla de alguna manera) del Artículo 54 de la Constitución: con el 54.3% de la votación, entregó a Morena y aliados el 74.6% de las curules en la Cámara de Diputados.
Excediendo el límite del 8 por ciento que establece el Artículo 54 constitucional. Con la mayoría calificada Morena puede reformar la Constitución a placer. Como en efecto lo hace. Sin el fastidio de tener que deliberar y negociar con la oposición. El partido del expresidente contó con el beneplácito de los órganos electorales. Los que declaradamente se han aliado con el gobierno.
Como se recuerda, y por paradójico que parezca, durante los años de emergencia sanitaria por COVID 19, López Obrador se negó a invertir en programas extraordinarios de sanidad como hicieron otros países y recomendaba la Organización Mundial de la Salud (OMS). No hubo partidas extraordinarias. El gasto se concentró en la compra de lo meramente indispensable: cubrebocas y, posteriormente, vacunas a regañadientes.
Sobre las pequeñas y medianas empresas que concentran el 70 por ciento de la fuerza laboral se les abandonó a su suerte. Se negó reiteradamente a poner en marcha programas temporales de financiamiento.
La excepción, al parecer, fue el señor Epigmenio Ibarra, el publicista de cabecera del régimen, quien fue distinguido con préstamos de cientos de millones que al parecer nunca pagó, y si lo hizo, fue fuera de los plazos estipulados en el contrato, de acuerdo con la información pública.
En junio de 2020 el NYT publicó un reportaje, en uno de sus párrafos asienta: De acuerdo con dos empresarios que tuvieron acceso directo a esa conversación en abril, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, solo se encogió de hombros. “Yo tengo otros datos”, dijo. “Ustedes hagan lo que crean que tienen que hacer y yo haré lo que tenga que hacer”.
Chayo News
Quienes conocen al gobernador Alejandro Armenta saben de su obsesión con el tiempo. Gusta llevar con precisión de relojero viejo la cuenta de los días. En una de esas, hasta de las horas y los minutos. Una cuenta fatalista. El paso del tiempo es inclemente.
Moreno Valle tenía esa misma pasión con las metas. Media con cinta métrica los obstáculos que tenía que vencer para alcanzar el punto B desde A.
Sobre esa base es de esperarse que la próxima semana, con motivo de los Cien Días, el gobierno del estado organice una gran concentración multitudinaria. El pueblo vivo vitoreando a su dirigente.
Una especie de informe de gobierno al modo de López Obrador. El gobernador Alejandro Armenta puede comunicar las condiciones en que recibió la entidad en octubre pasado. Los programas y proyectos dignos de continuidad y fortalecimiento, y aquello que requieren corrección o incluso su extinción.
No podemos negar que el gobierno anterior, y no obstante su breve periodo, le dio un impulso importante a la educación superior. Un programa de gran calado que hipotéticamente cambia la vida de las nuevas generaciones, en la medida que desarrollan nuevas habilidades que hace a las personas competitivas en los mercados emergentes.
El ex realizó la llamada Ciudad Universitaria 2; puso en marcha el Centro de Innovación e Integración de Tecnologías Avanzadas, del Instituto Politécnico Nacional (IPN), cuyos egresados podrán incorporarse en los circuitos laborales de la industria automotriz y agroindustrial; además impulsó dos nuevas sedes para la Universidad Pedagógica en las regiones apartadas de la metrópoli. No hace falta decir que la educación, la educación de calidad, es la base de la movilidad social. La educación rompe las herencias generacionales de que los hijos mueren como los padres.
Sin mucho ruido le dio un gran impulso al transporte público de calidad en la ciudad; inauguró una nueva Ruta.
Pero eso ya es pasado…
Hay que ver cuáles son los programas insignia del nuevo gobierno, los que vertebrarán la administración en los próximos seis años. Para los Cien Días deberá estar listo el Plan Estatal de Desarrollo, un documento nodal técnicamente. El qué y el cómo. Entiendo que para muchos es un mero trámite administrativo, impuesto por las leyes federales y estatales. Las más de las veces para beneficiar a despachos de la Ciudad de México.
Sin embargo, un gobierno responsable y ordenado, comprometido con la creación de bienes públicos de calidad, que cambian para bien la vida de las personas, el plan es la hoja de ruta para enfrentar las aguas procelosas de alta mar. ¡Y vaya que se anuncian agitadas! Para obtener resultados diferentes es imperativo cambiar de método. El mundo de las ocurrencias no lleva a ningún puerto seguro.
Infancia es destino, dicen los psicólogos. Cien días, apenas el 5% del sexenio; no se puede inferir nada. El mentado trabajo comunitario es un buen mensaje de empatía popular, pero ¡cuidado!, el gobernador no fue electo para eso, sino para tareas muy superiores. Se resiente el silencio atronador en los 17 miembros del gabinete. Por momentos parece que el gobernador va solo contra el mundo.
@ocielmora