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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

V centenario de Cuauhtémoc

El crimen de Cuauhtémoc permanece impune a 500 años, y la presidenta demanda pedir perdón

Antonio Tenorio Adame

Licenciado en Economía por la UNAM, y docente en la BUAP. Fundador de la Academia de Historia y Crónica Parlamentaria y cofundador de la Asociación de Periodistas Democráticos junto con Renato Leduc. Ha sido diputado federal en diversas legislaturas, desde donde ha impulsado la apertura democrática. 

Miércoles, Marzo 5, 2025

El último Huey Tlatoani, Cuauhtémoc, al cumplirse 500 años de su sacrificio fue conmemorado, este 28 de febrero, con la grandeza de un funeral del Estado mexicano.

Durante el homenaje, la presidenta Claudia Sheinbaum, enfatizó con vigor: “Los mexicanos nos reconocemos en Cuauhtémoc, porque incluso en las situaciones más adversas, en los momentos más difíciles, no nos rendimos y encontramos la fuerza para seguir manteniendo nuestros principios de libertad, justicia, soberanía e independencia”. Una conmemoración de profundo sentimiento en la memoria de la nación.

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Hace 500 años, el héroe indomable de la resistencia en defensa de la gran Tenochtitlán fue hecho prisionero, una vez que se había destruido la ciudad y exterminados sus habitantes: fue un atroz holocausto.

En el presente, la barbarie de Hernán Cortés se fusiona a la de Donald Trump en su sed de riqueza a nombre de “Primero América”.  Y cuando todo desfallece a nuestro entorno, entonces resurge la imagen plausible de Cuauhtémoc para encender la llama de valor sereno a frenar el desafío.

Para adueñarse del Anáhuac, Cortés tuvo que destruir Tenochtitlán porque nadie se rindió, Cuauhtémoc fue tomado prisionero sin admitir la derrota.

El relato del padre Durán da cuenta del encuentro del diálogo cara a cara de ambos jefes guerreros: 

Cortés requiere a Cuauhtémoc“¿Por qué permitió destruir una ciudad a costa de tantas vidas, como estos días han costado así de los suyos, como de los nuestros, habiéndole, rogado tantas veces con la paz?”.

El valeroso mancebo le respondió “Decidle al capitán, que yo he hecho lo que era obligado por defender mi ciudad y reino, como le hiciera en el suyo, si yo lo fuera a quitar. pero pues que no pude y me tiene en su poder, que tome ese puñal y me mate.

El padre Durán relatan el histórico diálogo del encuentro de Cortés con Cuauhtémoc, cayendo en una canoa y destaca su personalidad: el marqués, viendo un mozo de tan poca edad, aunque gentilhombre, y de buen parecer, le dijo a la lengua, “decida Cuauhtémoc, ¿por qué permitió destruir una ciudad a costa de tantas vidas, como estos días han costado así de los suyos, como de los nuestros, habiéndole, rogado, tantas veces con la paz?”.

Cuauhtémoc fue torturado, de acuerdo con las crónicas indígenas, en la madrugada: “Fue cuando le quemaron los pies a Cuauhtemoctzin. Cuando apenas va a amanecer, lo fueron a traer, lo ataron a un palo, en casa de Ahuitzotzin en Acatlayacapan, junto con él, tortura, aún también al gobernante Tlacopan, Tetlepanquetzal”.

La crónica de Gomara, que repite Torquemada y el resto de los historiadores de la conquista rescata un pasaje que queda inscrito en la historia de bronce. Mientras están sometidos a la tortura, una de las otras víctimas implora con la mirada a Cuauhtémoc, quien «… le miró con ira y lo trató vilísimamente, como flaco y de poco, diciendo: “Estoy yo en algún deleite o bañó”». Esta frase es retomada por Eligio Ancona, en 1870: “Acaso estoy en un lecho de rosas/flores”.

Durante el tormento Tetlepaquetzal miente para que le suspendan la tortura, mientras que Cortés es quien da la orden para que se libere a Cuauhtémoc, una vez que el primero declara que el oro y las joyas las había echado al fondo del lago, antes de que terminara el sitio. Cortés explica su orden de suspensión, durante su juicio de residencia, al decir que lo haría “por no ser propio del trato a un rey “, aunque el daño del maltrato le ocasionó incapacidad de caminar.

La mayoría durante el debate debe convencer antes que vencer

Cortes debió padecer “delirio de persecución”; siempre se atemorizaba ante la posibilidad de una conspiración de las tribus nativas que lo derrotaran. Ese desequilibrio emocional provocó la matanza de Cholula, la del Templo Mayor y la ejecución de Cuauhtémoc en Izancanac, junto al Río Usumacinta.

Al respecto dice Bernal Díaz del Castillo, digamos como Cuauhtémoc, gran cacique de México, “había puesto en práctica o ordenaban, de nos matar a todos y volverse a México, y que, llegados a su ciudad, juntar sus grandes poderes y dar guerra a los que en México quedaban y tornarse a levantar. Y quien lo descubrió a Cortés fueron dos grandes caciques mexicanos. Y cómo Cortés lo alcanzó a saber, y su información es sobre ello, no solamente de los dos que lo descubrieron, sino de otros caciques, eran en ello “. 

Descubierta la conjura e interrogado, Cuauhtémoc y demás implicados dijeron lo siguiente:

El Guatemuz confesó que ansi era, como lo habían dicho los demás; empero, que no salió de aquel concierto, si todos fueron en ello, se efectuara, y que nunca tuvo pensamiento de salir con ello, sino solamente la plática, que sobre ello hubo. Y el cacique de Tacuba dijo que entre él y Guatemuz habían dicho que valía más morir de una vez que morir cada día en el camino, viendo la gran hambre que pasaban sus maceguales y parientes.

Antes de ser ejecutado el 28 de febrero de 1525, Cuauhtémoc le dice a Cortés de siguiente modo:

“¡Oh, Malinche! Días había que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar e había conocido tus falsas palabras. ¿Por qué me matas sin justicia? Dios te lo demande, pues yo no me la di cuando me entregaste tu persona en mi ciudad de México “. El señor de Tacuba dijo que él daba por bien empleada su muerte por morir junto con su señor Guatemuz.

El soldado cronista, Bernal Díaz del Castillo, hace una serie de reflexiones sobre el significado de la muerte de Cuauhtémoc, la que lamenta y muestra su desacuerdo.

A su retorno a la Nueva España, en los primeros días de noviembre de 1525, el rey le comunicó a Cortés que había visto su carta de 15 de octubre del año anterior, y la larga y particular relación que le mandó en la carta, al tiempo que le advertía el envío de Luis Ponce de León, como juez de residencia. El texto dejaba margen para la confianza real al deslindar que, de sus obras, creía que las críticas, las había movido la pasión y la envidia.

Cortés, en aquellos momentos, estaba inmerso en la expedición a las Hibueras, y en la Ciudad de México, se sucedían las disputas entre los oficiales reales, panorama con el que se encontró a su regreso, mediado el mes de junio de 1526.

Luis Ponce de León presentó la provisión para residenciar a Cortés, a los justicias y a los oficiales reales, en un Cabildo que se celebró en la iglesia mayor, el 4 de julio de 1526. Se inicia un largo proceso, interrumpido y dilatado en el tiempo, por razones diversas, entre ellas la temprana muerte del juez de residencia, Ponce de León, sustituido por Villalobos y la llegada del primer virrey, Antonio de Mendoza en 1532, quien confronta el poder del conquistador.

El juicio de residencia de Cortés lo acompañó hasta su muerte, con la participación de alegatos de emplazamientos y de nulidad planteados en controversias de reconocimiento de servicios a favor de la Corona; misma que respondió con reconocimientos y privilegios, pero sin acceso a la audiencia al rey.

Hernán Cortés fue juzgado por 101 delitos de daños cometidos a terceros. Algunos fueron movidos por su círculo familiar más cercano, como la causa criminal, que Maria Markaida, su suegra, inició acusándole de la muerte de su hija Catalina Juárez y que se acumuló al juicio de residencia.

En conclusión, Cortés se implicó personalmente en los pleitos que se vieron tanto en la nueva España como en la península, aunque siempre contó con un numeroso grupo de letrados y procuradores. Su pluma, asesorada por sus abogados, denuncia defectos, formales y jueces parciales.

Para su declaración constitucional

El crimen de Cuauhtémoc permanece impune a 500 años.  La presidenta Sheinbaum reiteró la demanda de pedir perdón por parte de la monarquía de España, un reclamo no escuchado porque el fundamento de su solicitud no está en los hechos, sino en la capacidad de remordimiento y arrepentimiento del involucrado.

 

 

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