No creo equivocarme del todo si postulo que nadie debe estar más satisfechos con los arrebatos imperiales de Donald Trump y la imposición de un nuevo impuesto del 25% a las exportaciones mexicanas que el partido Morena y el expresidente López Obrador, y en parte también la presidenta Claudia Sheinbaum. Aunque en grado menor, por que al final le afecta en su papel de mandataria.
¿Por qué? Ahora (presidenta, expresidente y partido) tendrán a quién echarle la culpa de su reiterada incompetencia y omisiones, cuyas consecuencias son fatales, en particular en salud y seguridad. El enemigo, como construcción ideológica, es una pieza vital en los regímenes populistas. Ahora Morena lo tiene con creces en la persona de Trump, símbolo por antonomasia del Imperio y causa de todos los males de México. La esencia del nacionalismo postrevolucionario. “Estados Unidos nos robó medio país”.
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Esto lo digo en el entendido de que Morena es un gobierno cuya legitimidad no se finca en los hechos (la eficiencia racional) sino en el discurso (la propaganda), la ideología. Eso implica que sin sonrojo alguno, y desde el púlpito gubernamental, se recurra al embuste. Ergo: los otros datos. Lo más redituable es culpar a los otros por omisiones propias. Es sabido que el expresidente nunca ha reconocido un solo error en su larga vida. Todo es culpa de los otros, los enemigos.
Sin que se lo hayan propuesto de manera declarada, a partir del domingo, el partido oficial y el dirigente Máximo tendrán la coartada perfecta para eludir su responsabilidad en todos los males que les son achacables. En la mayoría tienen responsabilidad directa. Llevan un sexenio gobernando. Lo que en términos de rendición de cuentas y desempeño gubernamental no es equivalente a que hayan llegado ayer, y se les excuse.
Se prevé una nueva embestida de la propaganda gubernamental en contra de quienes son acusados de ser “enemigos de México”, los apátridas, los aliados del imperialismo yanqui, que anhelan la “invasión”. Los disidentes. Los otros. Los que viajan a Miramar, ahora en el nombre de Mar-a-Lago. Son la rémora del cambio. Lo importante en el gobierno es arrobar a las clientelas. Distorsionar la verdad y alinearla con base en los propios intereses.
La acusación de complicidades entre políticos y criminales, la presencia de vigías por tierra, mar y aire, son buenos motivos para inflamar la pasión nacionalista y convocar a la unidad nacional contra el Imperio. Lo que ya han hecho, y al parecer con buenos dividendos de popularidad, Venezuela, Nicaragua y Cuba. México se endilga en esa línea.
Por ejemplo, y por paradójico que parezca, hasta los programas emblema pueden entrar dentro de esa narrativa. La refinería Deer Park, ubicada en Texas, timbre de orgullo nacionalista de López Obrador, y que por momentos dejó entrever que colonizaba al enemigo, no obstante, apenas fue tocada por los ejecutivos de Morena, dejó de ser una empresa solvente y empezó a perder dinero.
El año pasado registró pérdidas por 118 millones de dólares. La extraterritorialidad puede ser la “causa”. De hallarse en Tabasco…
Los llamados programas emblemas que a la postre han resultado un engaño y una sangría presupuestal de miles de millones de pesos, puede ser culpa de la injerencia gringa, que todo lo perturba. La mismo la fallida política de seguridad consistente en repartir abrazos. Primero devino en un tercio del país en manos de bandas del crimen, y la consecuente acción de los Estados Unidos de declarar organizaciones terroristas a seis cárteles mexicanos.
El expresidente López Obrador, por ejemplo, no tuvo empacho en culpar al gobierno de los Estados Unidos de la violencia suscitada en Sinaloa, que involucra a dos cárteles, al gobernador de la entidad, y a un diputado federal, que había dirigido la universidad de la entidad.
Umberto Eco, en Construir al enemigo, afirma que tener un enemigo es importante, no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo respecto al cual medir nuestro sistema de valores, y mostrar nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.
Morena no tuvo que construir ningún enemigo. Se lo construyó el mismo estado de torpezas; pero más que torpeza, el mismo proceso de kakistocracia (Krauze) que marcha a paso veloz.