Esto nos sitúa ante un problema central que tiene que ver con la naturaleza misma de los sistemas de IA y la inadecuación de las soluciones regulatorias y éticas que se quieren adoptar para controlar sus riesgos. De ahí el riesgo extraordinario de un desenlace distópico en la línea del que denunciaba hace más de una década Stephen Hawking cuando nos advertía premonitoriamente de que la IA podía convertirse en el mayor error que puede cometer la humanidad como especie. Para evitarlo es fundamental activar la complejidad deliberativa que acompaña el devenir de las democracias liberales y favorecer un debate profundo sobre el sentido que queremos dar a la IA…
…Para ello no basta una ética utilitaria de los riesgos sino una ética responsable sobre los propósitos. Una ética que no dé la espalda a la IA sino que le dé sentido.
José María Lassalle. Inteligencia artificial y sabiduría humana. Ethic, 9 de agosto de 2024.
La revolución industrial que aceleró el proceso histórico y cultural de la modernidad en todo el orbe tenía en su momento graves riesgos éticos que debieron considerarse y no se analizaron lo suficiente. Por una parte, los riesgos de deterioro ambiental: destrucción progresiva de la biodiversidad, contaminación de suelos, aire y agua, calentamiento global -que entonces no podía preverse-, etc. Por otro lado, los riesgos del desplazamiento masivo de grupos humanos del campo a la ciudad y la transformación de la producción de alimentos que al industrializarse trajeron pobreza a los campesinos tradicionales y daños a la salud que antes no existían, así como el desempleo de muchos obreros que fueron reemplazados por máquinas.
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Sin embargo, a la par de estos riesgos éticos, este llamado progreso -que erróneamente se concibió como lineal e ilimitado- la modernización y la industrialización ofrecieron a cambio una promesa de felicidad, bienestar y equidad en la que se pondría el trabajo más pesado y riesgoso en lo mecánico y se liberaría a los seres humanos de esta pesada y peligrosa carga, con lo que además tendría mayor tiempo libre para dedicarlo a su vida personal, familiar, social, cultural y espiritual. Una promesa de carácter ético puesto que planteaba la utopía de un mundo más humano.
Sabemos bien que los riesgos no previstos nos tienen ahora en una situación que muchos científicos califican de irreversible respecto a la destrucción de la naturaleza, en un sistema económico que tiene bajo explotación a muchos trabajadores, en desempleo a muchos otros, en situación de migración con condiciones infrahumanas a millones y en una desigualdad enorme a la mayoría de la población mundial.
Sin embargo, en esta etapa histórica había al menos un propósito definido que era como dice el autor del epígrafe de hoy, en el mismo artículo que cito, la liberación del ser humano del trabajo físico y la intensificación de la ocupación en el trabajo intelectual. Esta es una gran diferencia, sostiene también Lassalle con la época que estamos viviendo hoy con el desarrollo acelerado de la llamada Inteligencia Artificial (IA), porque “…la IA que promueve la revolución digital le arrebata el dominio exclusivo de este último sin ofrecerle nada a cambio…”
De modo que dice el autor, el desafío más importante que nos presenta esta nueva revolución tecnológica es “…determinar qué rol asignaremos al ser humano cuando se relacione sistémicamente con ella en un futuro que está a la vuelta de la esquina…”
En el ámbito de los sistemas educativos este enorme reto resulta fundamental para definir el futuro de la educación y su papel dentro de la sociedad y sin embargo no se está abordando lo suficiente en los debates académicos ni mucho menos en las instituciones formadoras de las nuevas generaciones, que se encuentran más preocupadas por los riesgos de plagio en las tareas o qué tipo de trabajos se deberían asignar para garantizar que no fuesen elaborados por la IA y que realmente ayuden al aprendizaje de los estudiantes.
A la luz del desafío sobre el rol del ser humano en el mundo cuando tenga ya las condiciones en las que estará interactuando sistemáticamente con la IA, estas preocupaciones formales son bastante menores. Porque la educación tiene como misión, según dice Savater en su ya clásico El valor de educar, enseñar a las nuevas generaciones en qué consiste ser humano y esto no es algo fijo ni transcultural, sino que está fuertemente influido por las condiciones del contexto histórico, económico, político, social, cultural e incluso religioso de cada momento y lugar.
Así, en la Atenas clásica se formaba a las personas -libres- para ser ciudadanos y en Esparta para ser buenos guerreros. En la Edad Media ser humano, para las clases que tenían acceso a la educación, era ser un caballero feudal o un fraile. En el Renacimiento se trataba de formar seres humanos completos y universales, con conocimientos de las ciencias y las artes de la época y después, en la modernidad, se promovió la formación en el conocimiento de las ciencias naturales especialmente y en sus aplicaciones tecnológicas.
El surgimiento de la educación pública planteó por primera vez el acceso universal a la educación con la creación de la escuela pública, pero el sistema capitalista hizo que se diferenciara en esos sistemas educativos la capacitación de mano de obra calificada técnicamente para ser los futuros obreros de la industria y la formación técnica, científica e intelectual de quienes serían las clases dirigentes, los empresarios, los políticos, los intelectuales y artistas.
Si como dice la crítica a la escuela del llamado período neoliberal, los sistemas educativos privilegiaron lo que Nussbaum llama la Educación para la renta, es decir, la capacitación de empleados con altas capacidades técnicas y obedientes al sistema para promover el crecimiento de las economías nacionales, pero se descuidó la formación más integral de los ciudadanos que necesitan las democracias para subsistir -con las consecuencias que hoy estamos viviendo-, sería indispensable empezar a pensar y debatir cuál será el sentido y la misión de la educación en la sociedad marcada por la IA.
Lassalle plantea en este artículo que se pasará de un capitalismo posindustrial a un capitalismo cognitivo en el que las máquinas y robots movidos por la IA en sus distintas modalidades serán el alimento de la nueva concepción de progreso y de alto nivel de vida. El riesgo enorme está en que la IA se convierta en el centro de toda la vida individual y social y también en que sea, de facto, “el soporte…tanto del poder político como del poder militar…”
Para que la IA no se convierta como dice el epígrafe citando a Hawking en el mayor error que puede cometer la humanidad como especie, resulta indispensable una profunda reflexión ética y política. Pero esta reflexión no debe estar, como aparentemente ha estado, centrada en una visión utilitaria de los riesgos de la IA sino también y sobre todo, en una mirada responsable sobre los propósitos que tendrá para la vida humana.
Como dice el autor: “Una ética que no dé la espalda a la IA sino que le dé sentido”.