Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Augusto Monterroso. El dinosaurio
…Ya me cansé de llevar tus lágrimas conmigo. Ahora quiero caminar contigo, relampagueante. Acompañarte en tu jornada, porque soy un hombre del pueblo, nacido en octubre para la faz del mundo…Por ello pido que caminemos juntos…con el que tenga un corazón para quererte. Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.
Otto Raúl Castillo. Vámonos Patria a caminar. 1.-Nuestro camino.
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Hoy es el día después. Luego de un larguísimo proceso electoral -entre la duración legal de las campañas que se hizo eterna y los adelantos ilegales de campañas- ayer vivimos la jornada de votaciones que espero haya transcurrido sin violencia o con la menor violencia posible y sin incidentes graves que manchen una elección que ya venía marcada con serios lamparones de ilegalidad de todos los actores individuales e institucionales, empezando por el presidente de México al que según dice, nadie le puede indicar que “la ley es la ley” porque él está por encima de todas las leyes.
Es el día después de una elección marcada por la violencia terrible que llevó al asesinato de 36 candidatos o candidatas y la experiencia de 320 eventos violentos (cfr. Radio Fórmula) además de la renuncia de 75 aspirantes a diversos puestos de elección popular por el miedo a sufrir algún atentado o represalias en sus familias, según la misma fuente, hasta el viernes en que escribo.
Seguramente anoche, después de que la consejera presidenta del INE diera el mensaje inicial de arranque del PREP, todos los candidatos y candidatas salieron a proclamarse vencedores y los que se saben en desventaja clara, a manifestar su inconformidad y acusar que hubo fraude electoral. Esa cantaleta ya nos la sabemos y es de los peores vicios de una partidocracia en decadencia que muestra en cada votación su ambición desmedida de poder y su nula vocación democrática.
Nos levantamos hoy después de un largo día que a pesar de todo tendría que seguir viéndose como una fiesta democrática, como una celebración de la ciudadanía que elige a sus gobernantes, aunque no tenga muchas opciones reales de personas y partidos que sean promesa de mejora y tampoco haya mucha esperanza de que el país vaya a cambiar en el próximo sexenio.
Nuestro despertar como país el día de hoy, el día después, se parece mucho, desde mi punto de vista a lo que plantea Monterroso en su genial y muy conocido microcuento del dinosaurio. En efecto, cuando despertamos, el dinosaurio seguía aquí. Porque sea quien sea que se perfile como ganadora o ganador para los distintos cargos, empezando por el de presidenta de la república, este proceso electoral fue protagonizado por la misma clase política decadente que venimos arrastrando desde el viejo régimen priista, que ha ido colonizando a todos los partidos o incluso fundando nuevos institutos políticos con cara y colores distintos, pero con el mismo corazón podrido del autoritarismo, la corrupción, la impunidad y la búsqueda de prebendas personales muy por encima de la mirada hacia el servicio a la ciudadanía y a la construcción del bien común.
El dinosaurio sigue aquí y seguramente seguirá, repito, independientemente de quien gane finalmente cada uno de los cargos en disputa, porque las cosas no van a cambiar desde arriba y porque mientras los ciudadanos pensemos que basta con ir a votar y luego pasarnos la vida despotricando contra los políticos, los partidos y el gobierno, como si hubieran llegado de otro planeta y no fueran producto de nuestra misma sociedad, nada cambiará nunca, por más que cambien los nombres, los logotipos, los jingles promocionales y los colores partidistas.
Mientras no cambie esta sociedad desorganizada en un mal estructural que se auto regenera continuamente y en una cultura distorsionada que se basa en los mismos desgastados significados y valores del viejo sistema corporativista que se niega a morir, en un ethos que podría definirse con la infortunada frase de: “Dios mío, no quiero que me des, sólo ponme donde hay” o en la muy antigua: “La corrupción somos todos”, la transformación del país nunca tendrá probabilidades reales de surgir.
Hoy es el día después e independientemente de los resultados de las votaciones de ayer, nada va a renovarse mágicamente si no empezamos nosotros a trabajar para cambiarlo, desde abajo, despacio y sin prisa, sin ruidos ni estridencias, pero también sin pausas ni tibiezas. Es el día después en el que no importa que haya pasado o qué parezca venir en el futuro inmediato, necesitamos reconciliarnos desde abajo, romper esa polarización terrible que existe desde hace siglos sin duda, por la injusticia, la exclusión, la pobreza y la indiferencia frente al sufrimiento, pero que también es evidente que fue alentada como estrategia política desde el púlpito de las conferencias matutinas por el presidente saliente.
Volver a vernos entre nosotros y tratar de mirarnos a los ojos, porque como dice Paz en Piedra de sol: “el mundo cambia si dos se miran y se reconocen” y tal vez si nos volvemos a mirar con detenimiento, con paciencia y compasión, con empatía y respeto, podamos iniciar un nuevo camino, una senda de cooperación en la que puedan brotar alas en la espalda de los esclavos o volver a saber el pan y a ser vino el vino y se abran algunas puertas para que dejemos de ser esclavos condenados a cadena perpetua por un amo sin rostro que nos manipula y nos pone a unos en contra de los otros.
Hoy, en el día después, tratemos de calmar nuestros ánimos espontáneos y de construir sentimientos profundos que respondan a lo que vale la pena hacer en este momento, para tratar de reunificar a esta patria tan dividida por cicatrices que aún sangran y por dolores que permanecen porque no hay justicia sino venganza, no hay ley sino intereses, no hay servicio sino poder.
Así como ayer acudimos a las urnas con el deseo de expulsar a los demonios que se han apoderado del país y no dejan que nuestros sueños de vida, paz y justicia se cumplan, reflexionemos hoy en el día después, para hacer un compromiso renovado con nuestros compatriotas para intentar la comprensión en lugar de la descalificación, la solidaridad en lugar de la rivalidad, el trabajo en red en lugar de la actividad orientada por los propios intereses y deseos egoístas.
Tal como fuimos a votar y elegimos la opción que nos pareció mejor o menos dañina para la construcción de esa nación próspera, justa y democrática que deseamos, así también renovemos en el día después el compromiso de restaurar el tejido social roto y de seguir apuntando juntos, desde el respeto a las diversas posiciones y estrategias, hacia ese país en el que todos quepan y todos puedan vivir en paz y democracia. Este será el mejor mensaje educativo en términos de formación ciudadana para las nuevas generaciones: la participación puntual en las elecciones y la participación cotidiana desde la invitación: vámonos Patria a caminar, yo te acompaño.
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