Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.
Ángel González. La verdad de la mentira.
Hubo un tiempo en que importaba la verdad. No me refiero a aquéllos tiempos de la cultura clásica en la que importaba y era el centro de todo LA VERDAD con mayúsculas, esa gran verdad teológica que nos libera, como dice el Evangelio de San Juan en el capítulo 8, versículo 32. Esa verdad que se trasladó al conocimiento científico y filosófico y que muchos nostálgicos siguen añorando y pensando ingenuamente que poseen y que deben transmitir a los estudiantes.
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Hablo de una verdad más simple, más humilde, más accesible a todos los mortales. Se trata de la verdad con minúsculas, esa que se honraba en la vida cotidiana a través de la palabra que en esas épocas tenía valor. Todavía a mi papá le tocó vivir casi toda su historia como empresario en esos tiempos en los que se hacían tratos sin documentos, sin firmas, solamente confiando ambas partes en la palabra del otro.
Me refiero a la verdad que se esperaba en cualquier diálogo del sentido común, la que uno daba por hecho al platicar con cualquier otra persona, en la que se partía de la buena fe y de que el otro no iba a tratar de engañarnos ni nosotros al otro. Esos tiempos en que la mentira era una excepción y se juzgaba con dureza al que mentía sin importar a veces que se tratara de “mentiras piadosas”, un término inventado para tratar de justificar las veces en que no se decía la verdad, pero “con buena intención”.
Hubo un tiempo en que importaba la verdad, esa verdad simple y humilde que sin embargo era fundamental para mantener una convivencia interpersonal y educativa sana, sustentada en la confianza, en la creencia fundamentada de que todas las personas se esforzaban por ser no sólo creídas sino creíbles, verosímiles, responsables de sus palabras y sus discursos.
Pero estos tiempos ya no existen hoy. Estamos en el reino de las narrativas y lo que menos importa es la verosimilitud -ya no digamos la verdad- de los discursos sino su capacidad de convencimiento, de persuasión, de influencia en grupos amplios de seguidores. Lo importante ya no es ser creídos porque decimos la verdad, sino ser creíbles porque somos capaces de endulzar los oídos de la gente, de envolverla en la magia de nuestras palabras, aunque sean falsas. Lo importante es, como dice el poema: que lo que sientan sea verdad, aunque lo que provoque ese sentimiento sea mentira.
Así estamos hoy en un mundo en el que los políticos mienten de manera cínica y sistemática sin el menor pudor. Dicen hoy que nunca dijeron ayer lo que se les reclama, aunque haya grabaciones que documenten esos dichos, apelan a la amnesia que provoca la infodemia, la infoxicación en la que vivimos para decirnos mentiras flagrantes que serán mañana sustituidas por nuevas mentiras que harán olvidar las de hoy.
No importan las evidencias ni las pruebas, porque siempre hay “otros datos” para desmentirlas, aunque nunca se diga cuáles son esos datos. No es relevante fundamentar lo que se afirma, sino hacerlo de una manera que conmueva, que coincida con las creencias ciegas de la gente, que refuerce sus prejuicios e ideologías, que los haga sentir bien, aunque sea momentáneamente.
Hoy es irrelevante ser creíble, lo que importa es que la gente siga creyendo inocentemente todas las mentiras que inventamos a diario. Que les siga pareciendo atractivo nuestro discurso, que nuestra narrativa se imponga sobre la de los demás, aunque la de los demás sea más sólida que la nuestra.
Esta realidad es producto y productora de los medios de comunicación masiva y de las redes sociales, del mundo virtual que ha ido sustituyendo al mundo real de forma gradual y silenciosa pero sistemática y poderosa. En el mundo virtual cada uno inventa su propio personaje porque ahí no importan las personas sino lo que aparentan ser, lo que quieren e imaginan ser, lo que cotidianamente van aparentando para construir una imagen por más falsa que sea.
De ahí que la política ya no sea hoy cuestión de propaganda sino de marketing, de publicidad pura y dura porque los candidatos ya no son personas sino personales creados y los partidos ya no representan ideologías y proyectos de país, sino marcas que son más o menos atractivas, según sean capaces de construir cancioncitas, lemas, fotos, colores y efectos especiales que muevan los afectos de la gente sin importar si apelan o no a su inteligencia y a su responsabilidad ciudadana.
Si yo puedo ponerme el nombre que quiera y me suene más atractivo, si puedo inventarme una historia y un carácter con el que siempre he soñado, una imagen que cumpla con mis aspiraciones más que con lo que soy en realidad. Si puedo jugar el juego de las fotos llenas de filtros, los videos “creativos” y la búsqueda insaciable de likes y seguidores, ¿por qué un político o un empresario o una marca no podrían hacer lo mismo y tratar de venderme y venderse como productos que cumplirán mis ilusiones más que como líderes sociales que me ofrezcan propuestas viables de transformación social?
Ante este panorama surge inevitable la pregunta que los educadores nos planteamos cada día de forma explícita o implícita: ¿Qué hacer? ¿Cómo formar personas y no entretener y consentir personajes? ¿Cómo hacer una aportación valiosa a la sociedad que tiene tantas carencias y no ser simplemente una correa de transmisión de este sistema que es un juego de espejos que cultivan los egos personales, familiares y grupales?
Aquí vuelve a surgir en mí el grito que he sostenido desde mi primer libro sobre pensamiento crítico y creatividad en el aula, publicado hace ya casi treinta años: educar es enseñar a pensar y a tomar decisiones.
Pues sí, ante este panorama en el que la verdad ya no tiene importancia y el mundo se mueve por imágenes y apariencias resulta más que nunca urgente que los educadores nos aboquemos a lo esencial de todo proceso formativo: desarrollar un verdadero pensamiento crítico y una capacidad de deliberación y decisión ética que orienten su vida.
La pregunta por la verdad de las cosas, desde la más sencilla hasta la más científica o filosófica debe reaparecer en el escenario educativo para no seguir formando ejércitos manipulables que se guían por el atractivo de promesas vacías y la narrativa plagada de mentiras que se repiten diariamente en cadena nacional.
La pregunta por el valor y por la forma más responsable de decidir desde los aspectos más simples de nuestras vidas hasta las cuestiones más trascendentes tiene también que entrar a escena en estos tiempos en los que no importa lo que es y lo que implica para la humanidad la realidad sino lo que nos hace sentir un discurso o un mundo construido con base en saliva.
Hubo un tiempo en que importaba la verdad: tan humilde y sencilla, pero tan necesaria.
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