Si la corrupción, como las escaleras, se barre de arriba hacia abajo, el presidente López Obrador tuvo que empezar desde muy alto. Como puede leerse en el libro de Hernán Gómez Bruera, Traición en palacio. El negocio de la justicia en la 4T, dedicado a analizar el caso de Julio Scherer Ibarra.
Hijo de Julio Scherer García, uno de los periodistas mexicanos más reconocidos, Scherer Ibarra tenía ya una larga trayectoria cuando fue nombrado consejero jurídico del Ejecutivo federal en este sexenio.
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Empezó su carrera en el PRI. En 1981 fue secretario particular de Javier García Paniagua entonces presidente nacional del Revolucionario Institucional, precandidato a la Presidencia. Ocupó diversos cargos en gobiernos de ese partido. Al final del sexenio de Zedillo, fue director general del Consorcio Azucarero Escorpión.
Por ese cargo tuvo su primer escándalo público, que estuvo a punto de llevarlo a la cárcel. Scherer Ibarra llegó a las ocho columnas de El Universal por presuntas irregularidades que cometió desde ese cargo.
Según Gómez Bruera Julio Scherer García abogó personalmente con el entonces presidente de la República, Vicente Fox, con el secretario de gobernación, Santiago Creel y con el procurador general de la República, Rafael Macedo de la Concha, para rogar que no encarcelaran a su hijo.
Protegido por el director de Proceso, libró las acusaciones. A lo largo de los tres sexenios siguientes realizó una exitosa carrera de “bisnero”: intermediario entre particulares, políticos y jueces, en cuestiones no siempre legales. Se ligó a los gobiernos de la Ciudad de México, particularmente a los de Marcelo Ebrard y Miguel Ángel Mancera.
Cuando es nombrado consejero jurídico de la Presidencia en el actual sexenio, Scherer Ibarra ya tenía una larga y conocida carrera de traficante de influencias. Actividad que intensificó por el poder que tuvo en el gobierno federal, que lo convirtieron en una de las personas más poderosas del país. Hasta que su jefe decidió separarlo de su “cargo y encargo”.
Es decir, barrió el primer escalón de la escalera de la corrupción. Algo positivo, sin duda. Pero ¿no eran previsibles las acciones de Scherer Ibarra, dados sus antecedentes? ¿No merecía una sanción mayor que la simple separación?
Ciertamente las prácticas descritas no son exclusivas del personaje analizado ni del gobierno de la 4T. La corrupción de algunos sectores del Poder Judicial que tratan lo que el autor llama “litigios de élite” viene de muy atrás. Está por verse qué tanto se avanzó en tratar de disminuirlos. Está por verse también qué tanto participó en ellas un amigo de Scherer Ibarra, Arturo Zaldívar.
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