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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Así de fácil es morirte

Tenía diecisiete años, había conseguido beca deportiva en una universidad…

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Marzo 29, 2024

El sábado antepasado tuvo una reunión con sus amigos de toda la vida en su casa. Sus padres y hermanos habían salido de compras para llenar la alacena de comida; los chavos se la pasaron muy contentos contando chistes recordando sus travesuras infantiles y comiendo toda la pizza que les cabía en sus estómagos, ya que ellos mismos la prepararon de manera especial: pasta muy delgada, mucho queso y todos los ingredientes que se les ocurrieron y tenían a la mano. La hornearon y disfrutaron de lo lindo; bebieron jugos de frutas naturales y agua mineral con hielo; vieron películas y jugaron videojuegos para los que se turnaron.

¡Estos eran trece jóvenes llenos de vida y alegría en espera de tomar la universidad por asalto después del verano, con su genialidad y sus destrezas, porque a todos los habían aceptado por uno u otro mérito o bien con pronto pago!

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Se habían graduado de la preparatoria donde experimentaron la libertad de acción, de palabra y de decisión, misma que los llevó a tener una profunda complicidad entre ellos para ayudarse a salir adelante de los entuertos en los que se metían. Entre ellos había de todo: inquietos, brillantes, hábiles, letrados, deportistas, enamorados, presumidos y el más riquillo.

A la reunión, éste último, había llegado con una bolsita de plástico y cuatro pastillas que, al sentarse a comer pizza, las puso encima de la mesa y al levantarse para jugar videojuegos, con la confianza de saberse en casa, ahí las dejó.  

Después de comer y divertirse, decidieron ir al Mall, a seguir divirtiéndose y el de casa les dijo que se quedaría a descansar porque había hecho mucho ejercicio por la mañana y dormiría un rato. Él se quedó en casa y los demás se fueron, y encontró la bolsita de plástico con las cuatro pastillas encima de la mesa por lo que le llamó a su amigo para decirle que las había olvidado; éste respondió que no había problema que pasaría por ellas después, pero que si quería tomarse una le haría sentirse muy bien ¡o mejor dos! para sentir mejor los efectos. El chavo, confiando en su amigo de toda la vida, se tomó las dos pastillas

Pasaron las horas… La familia llegó y lo llamaron para que ayudara a sacar las bolsas de la camioneta, y recoger los platos y vasos sucios que habían dejado sus amigos en el comedor y sala. No hubo respuesta. Llamaron a la puerta de su recámara y no hubo réplica; abrieron la puerta y lo encontraron tirado en su cama boca arriba con los labios morados: llamaron al 911 y de inmediato apareció una ambulancia; la hermana había estado dormida todo el tiempo en la recámara contigua y no había escuchado nada. Le practicaron resucitación, pero ya era muy tarde.

La familia enloqueció: por las grabaciones de las últimas llamadas telefónicas supieron que uno de sus amigos le había recomendado que, “si quería tomarse una, le haría sentirse muy bien, ¡o mejor dos! para sentir mejor los efectos”. Los investigadores llamaron al chamaco quien contestó; “¡él se las tomó porque quiso, no es mi culpa!”

Era fentanilo.

Tenía diecisiete años, había conseguido beca deportiva en una universidad…

alefonse@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

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