He de confesar que, por mucho tiempo y mientras pude, evité jugar al pádel. Sin embargo, la insistencia de mi amigo Javi me hizo tomar la raqueta por primera vez. A partir de ese momento, descubrí el juego más divertido y demandante que he practicado y, en su cancha, aprendí la primera de muchas lecciones de vida: elige bien a tus compañeros, porque esto marcará el futuro del encuentro y de la vida misma.
Los primeros meses no tenía mucha idea de nada, pasaba largo rato viendo a otros jugar y aprendiendo cómo interactuaban entre ellos. Al ser un deporte de parejas, elegir con quien jugar se vuelve un paso crucial y pronto noté tres formas de hacerlo: la mayoría elegía a alguien al azar entre los asistentes al club de ese día; otros buscaban como pareja a los más experimentados para aprender de ellos y algunos, con poca habilidad, aprovechaban hacer dupla con jugadores talentosos, lo que les permitía hacer poco, pero ganar más partidos. De estos últimos, me he encontrado muchos en veinte años de experiencia, pero de ellos les contaré a detalle en otro momento.
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Así como mi entrada al pádel estuvo marcada por entrañables personas que elegí como socios y amigos, mi llegada al servicio público del estado de Puebla fue el resultado de mi encuentro con dos camaradas. Un diciembre de hace dos décadas, mi hermano, que sabía que yo estaba esperando que llegara el 2 de enero para incorporarme a un nuevo empleo, me pidió acompañarlo a Puebla a una reunión de trabajo. La idea era que yo lo esperara afuera mientras él atendía su compromiso, pero a los pocos minutos salió por mí.
—“Buscan a alguien que sepa hacer presupuestos y tú sabes de eso, pásale”, me pidió.
Como me ocurrió con el pádel, yo no quería entrar, sin embargo, decidí darme la oportunidad. De este modo conocí a uno de los equipos de trabajo más competentes dentro del servicio público del país.
—“Tenemos un problema con un presupuesto, ve e investiga”, me dijo el líder de proyecto en ese momento, quien fue el que me dio esa oportunidad y a quien siempre he admirado.
Lo cierto es que yo estaba nervioso, no esperaba un saque de apertura tan potente, pero compartir la cancha con grandes jugadores me permitió responder. Estuve revisando largo rato los números, comparando cifras, sumando y restando. No recuerdo haber sido tan minucioso en mi vida.
—“¿Qué pasó? ¿Qué encontraste, Tovilla?”, me preguntó el líder cuando regresé.
—“Ya revisé”, le dije con tono preocupado y continué: “Tu problema de presupuesto es tres veces más grande de lo que pensabas”.
—“¿Qué?”, su rostro se desencajó y se hizo un profundo silencio en la oficina.
—“¡Es broma!”, le contesté con una sonrisa. “Ya quedó”, concluí… Ambos reímos.
Ese mismo día, me encontré con el Jefe, quien me ofreció trabajo en ese proyecto y yo acepté. Había revirado el primer saque y ahora tenía una mejor posición dentro de la cancha, sin embargo, el encuentro aún no terminaba.
—“Te quiero aquí el 1 de enero”, me indicó mi nuevo jefe. En ese momento no lo sabía, pero de ese hombre aprendería muchísimo y se convertiría en una influencia en mi vida hasta el día de hoy.
—“Será el 2 porque el primero no se trabaja”, respondí haciéndome el listo y simpático.
—“Aquí se trabaja todos los días y no hay horarios, ¿está claro?”, replicó con seriedad. Yo asentí con la cabeza pensando que sería una exageración.
Pero nunca lo fue, es más, se había quedado corto. Hasta el día de hoy, he tenido que asistir a partidos de pádel en algún día festivo, pero en todo el tiempo que llevo dedicándome a este deporte, nunca nadie me ha invitado a jugar a las 2 de la mañana.
Aunque esta situación significó para mí una enorme oportunidad, lo cierto es que, como en el pádel, yo era el jugador de menor nivel. Al medirme con el resto del equipo, me di cuenta que todos contaban con estudios en las mejores universidades del extranjero: Chicago, Columbia, Yale; ese era un dream team. Esto significó un ejercicio de temple y mentalidad por lo que tuve que dedicar esfuerzo, compromiso y lealtad para no debilitar al compañero que me había dado la oportunidad y quien, con el tiempo, se convertiría en un mentor. Hasta la fecha siento una gran admiración y agradecimiento hacia él.
Trabajar con ellos me ayudó a convertirme en un perfeccionista, a trabajar bajo presión, a buscar los resultados. Mis compañeros me enseñaron que hay que luchar, prepararse y, como último recurso, improvisar; a pelear cada punto y, si te equivocas, concentrarte para ganar el siguiente. Exactamente así es la vida y el pádel.
El servicio público, como el deporte, es noble con quienes le dedican tiempo y esfuerzo, pero esta semilla sólo da fruto si se nutre de un grupo cuyas cualidades permiten el crecimiento colectivo mediante la autocrítica y, sobre todo, a través de un ambiente de competencia sana que permita a todos seguir mejorando.
Durante esos años me divertí muchísimo y, con el tiempo, la adrenalina se volvió mi golosina. Inevitablemente, trasladé esta sensación al pádel, lo que me dio una enorme ventaja. Saber jugar bajo presión es fundamental en partidos muy cerrados, porque al presentarse la oportunidad de cerrar de un sólo golpe, es imprescindible tener temple. He visto tantos match point perderse por no tener el arrojo para ganar el punto y culminar el juego, por no tener la sangre fría para acabar lo que se empezó.
En este tiempo activo, he tenido varios triunfos y logros, pero también grandes derrotas. Algunas veces decidí perder por default, poner tierra de por medio para prepararme mejor (historia que me reservaré para después). También en muchas ocasiones pensé en darme por vencido, pero lo cierto es que aquí sigo, con la raqueta en posición.
Así fue como llegué a Puebla y así fue mi inicio en el pádel. Sigamos disfrutando de este gran deporte, en Puebla hay mucho talento que desarrollar.