Cuando utilizamos o escuchamos la palabra humanizante inferimos que se refiere a algo que realizamos los humanos; sin embargo, el proceso de humanización desde la mirada formativa se relaciona con el desarrollo integral de la persona, lo que significa la búsqueda de plenitud en sus diferentes dimensiones.
En otras palabras, podemos decir que es una toma de consciencia individual y colectiva sobre el sentido propio y el que se comparte con los demás y para los demás. Justamente, esta toma de acciones conscientes nos lleva a un desarrollo de nuestras habilidades tanto cognitivas como sensibles, el cual describe Xavier Ortiz (1991) en su libro Para ser humano. En este escrito, Ortiz menciona que el proceso humanizante se vive a través de situaciones y decisiones que nos llevan de persona a humano, en la cual el compartir momentos y conocimientos permite que desarrollemos humanidad y solidaridad.
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De manera instintiva, estas vivencias nos invitan a mostrar aquellas experiencias que de una u otra manera nos humanizaron y las cuales revivimos, ya sea por el diálogo o por construir la experiencia nuevamente, al lado de otros y otras. A partir de esto podríamos preguntarnos: ¿Cuáles serían los lugares y/o actividades que promueven este desarrollo humanizante?
Para contestar este cuestionamiento cabe la opción de mencionar varios proyectos, propuestas y estrategias que justamente nos acercan a tener contacto y relación con nuestras dimensiones, específicamente quiero hablar sobre la relación entre el arte y la educación como un espacio donde las habilidades sensibles y creativas dialogan y promueven el desarrollo de nuestra humanidad.
El arte ha sido una manera de mostrar y compartir aquello que nos importa y nos convoca de manera interior. Esta intención primaria y esencial del arte es su fuerza natural que nos hace conjuntarnos con una pieza musical, una pintura o un monumento por mencionar algunos ejemplos. Es por esto que cuando el arte tiene una función de colaboración con la educación, provoca espacios para vivir y experimentar procesos humanizantes. Más allá de pensar en la disciplina específica del arte, es entender que la creación, creatividad y sensibilidad son canales de comunicación interna y externa con las cuales dialogamos con nosotros mismos y con los demás, a partir de temas e ideas que sin palabras hablan.
Colocar al arte en vinculación con la educación habilita aprendizajes sobre el sentir, pensar e interpretar a partir y desde las obras o ejercicios artísticos del otro. Esta práctica tan sencilla y significativa es una forma de crear un diálogo sensible con alguien aparentemente desconocido, donde todo comienza con el ¿qué me dice la obra? y ¿qué siento al verla, escucharla o tocarla?
Este poder del arte es un canal de comunicación que sin tiempo definido cobra sentido y vida cuando se hace una pausa para poder (re) interpretarla, desde un sentido propio que al mismo tiempo es la intención del artista.
La riqueza de poder diseñar y crear estrategias educativas que promuevan dentro del aula una relación y sensibilización humana con el arte, permite que los estudiantes escuchen diferentes interpretaciones de algo en específico con la misma validez, es un ejercicio de diversidad e inclusión que nos acerca propiamente a un proceso de humanización y donde todas las voces y sentimientos fortalecen los diálogos internos y del grupo.
El arte es un lenguaje que los humanos hemos creado para poder manifestar nuestras ideas sobre momentos específicos, con la esperanza de inspirar a otros de una manera en la que se apropien de ello, para provocar un sentido de trascendencia compartido. Por lo anterior, el binomio arte y educación se convierte en una opción de aprendizaje, encuentro y descubrimiento sobre nuestra humanidad desde la mirada interior y la construcción colectiva individualidad, con y para los demás.
Referencias
Ortiz, X. (2011) Para ser humano. Buena Prensa