El patrón es cada día más patrón. Se expande como un buen alcohólico que se hincha con cada borrachera. Contrario a lo que supondría su enfermedad, ésta lo ha hecho más famoso y popular entre la tropa; desde arriba hasta debajo de la jerarquía lo adoran, protegen y cuidan, porque es maleable, obediente, sumiso, manso, y sus jefes lo usan de espía, soplón y delator de quienes lo rodean, ya que, con la amenaza de que si llega otra vez borracho o crudo, lo van a correr -lo que nunca hacen-, sometiéndolo para que sea genuflexo y cumpla con los caprichos más oscuros y tenebrosos de sus superiores.
El patrón es miserable; en su grupo de trabajo a iniciativa de un compañero, éste sugirió comprar un garrafón de agua para servicio de todos, y el patrón, con una respuesta que lo pinta de cuerpo entero, respondió: “Yo vendo agua”, -ya que sus jefes le permiten y fomentan tener su tiendita para los trabajadores-, pero el patrón, no bebe de las aguas que él vende; se surte de garrafón ajeno.
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Al patrón lo encumbraron desde hace varios años, -muchos, diría yo-; cuando a través de él, bajaban las órdenes a la tropa, sin derecho a réplica. Esto sucede a la fecha, y quienes lo apoyan en las alturas, no saben el monstruo que han creado.
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