El jueves pasado asistí a la presentación del libro Por una cancha pareja. Igualdad de oportunidades para lograr un México más justo de Roberto Vélez Grajales y Luis Monroy-Gómez-Franco, editado por Grano de Sal y por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias.
En el Prólogo, Luis Felipe López-Calva señala: “Los autores … logran poner sobre la mesa herramientas conceptuales muy valiosas para que esta perspectiva (la de igualdad de oportunidades) sea bandera de quienes aspiran a una sociedad más justa.”
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Efectivamente, los autores llevan a cabo un análisis conceptual de ‘mérito’, ‘esfuerzo individual’, ‘oportunidad’. ‘echaleganismo’, ‘circunstancias’, ‘movilidad social’, ‘esfuerzo’, entre otros.
Este análisis tiene entre sus objetivos el deslindar su postura del enfoque meritocrático.
Así, caracterizan la igualdad de oportunidades como la posición que “Implica reconocer que otros factores sociales fuera del control de las personas – las circunstancias – pueden influir sobre las trayectorias de vida y por lo tanto producir diferencias en las oportunidades que tiene una persona para desarrollarse. … una sociedad con igualdad de oportunidades supone un arreglo social en el que las instituciones, tanto las plasmadas en leyes y regulaciones (formales) como las que se aplican a partir de usos y costumbres (informales), están pensadas para atenuar al mínimo esa influencia y maximizar la capacidad de agencia de las personas sobre sus vidas.”
Las circunstancias cuya influencia consideran injusta sobre los resultados de vida de las personas son los recursos económicos del hogar de origen, la educación de los padres, la región en que nace la persona, el género y el tono de piel. Tal afirmación está sustentada en la investigación empírica, aunque no descartan que podría haber otras.
Definen ‘oportunidades’ como los factores que nos permiten establecer las bases para hacer elecciones de vida de forma libre. Y consideran que “una sociedad justa es aquella en la que todas las personas tienen la misma oportunidad de desarrollarse en lo que desean ser y hacer.” Al respecto señalan que en un Estado de bienestar moderno todas las personas deberían tener la oportunidad de contar con buena salud y con educación.
Un rasgo esencial de este enfoque propone “que el criterio fundamental para la asignación de recursos sea el grado relativo de esfuerzo, lo que necesariamente implica un escenario de competencia.” No obstante, añaden, “la igualdad de oportunidades no implica que como sociedad nos desentendamos de la obligación de establecer un piso mínimo de bienestar para todas las personas, incluidas las que por alguna razón no logran esforzarse…tanto por razones éticas como funcionales…”.
Como ya lo señalamos, para los autores es primordial distinguir entre su postura y la de quienes apoyan un sistema meritocrático. Hacen suya la caracterización de Amartya Sen “aquello que se considera mérito o meritorio depende de lo que en cada sociedad se entiende por deseable y bueno.” Según los autores, hasta antes de la mitad del siglo XIX la noción de mérito estaba ligada a rasgos intrínsecos de las personas, no adquiridos a voluntad. Pero después pasó a ser el conjunto de talentos y habilidades acompañados del esfuerzo individual. O sea, ahora ‘meritorio’ es un atributo de las acciones y no de las personas. Incluso así entendida, la meritocracia no necesariamente implica un régimen de igualdad de oportunidades.
Los autores aluden al análisis que Young hace en The Rise of the Meritocracy de una sociedad en la que el mérito está definido por los resultados que obtienen sus miembros en ciertas pruebas de habilidades cognitivas a lo largo de su vida. Es el caso de la sociedad británica de mediados del siglo XX. Dependiendo del “nivel del mérito” se determina el conjunto de ocupaciones a las que las personas podrían dedicarse y el abanico de recompensas al que tendrán acceso.
La homogeneización de los perfiles en cada uno de los escalones de la jerarquía del mérito implica que, progresivamente, las personas de cada escalón convivan menos con las personas de otros estratos, lo que lleva a la formación de estamentos impermeables. Así, la posición que cada familia ocupa en la escalera social tiende a mantenerse estática: se producen sociedades con muy escasa movilidad social. Conclusión: una meritocracia puede llevar a una sociedad tan rígida como aquélla a la que originalmente buscaba combatir.
Vélez Grajales y Monroy-Gómez-Franco ilustran esto con lo que sucede en muchas universidades, incluida la nuestra. Los estudiantes de nuevo ingreso son asignados a los distintos grupos con base en los resultados de su examen de admisión. En los semestres sucesivos los estudiantes son libres de elegir sus grupos y maestros en el orden determinado por el promedio obtenido. Este sistema provoca una segregación del cuerpo estudiantil entre los que tienen a los mejores profesores y los que tienen a los profesores no clasificados como los mejores. Si un estudiante del segundo grupo desea pasar al primero, tiene que hacer un esfuerzo mucho mayor para subsanar las carencias que arrastra de semestres y formación escolar previos y aprender lo suficiente como para ser de los mejores de su generación. Esto reduce la probabilidad de que ese estudiante escale hasta la posición deseada y la segregación inicial se mantiene en el tiempo. “Se vuelve imposible escalar porque las raíces del mérito son sembradas desde el momento inicial y el sistema sólo refuerza la trayectoria que esas raíces, fuera del control de la persona, ocasionan.”
Así, en este sistema, el mérito de una persona no está determinado exclusivamente por ella, sino por la combinación de sus circunstancias y su esfuerzo. De manera que “Si el acceso a las calificaciones formales depende de las circunstancias, dar una mayor recompensa a las mayores calificaciones implica, a su vez, una mayor recompensa para las circunstancias que favorecen la adquisición de dichas calificaciones.” El resultado es que, con el paso de las generaciones, las oportunidades dependen cada vez más de las circunstancias y cada vez menos del grado de esfuerzo.
Todas estas consideraciones llevan a concluir que “una sociedad con igualdad de oportunidades busca tanto igualar los puntos de partida de las personas como eliminar los factores que hacen que el esfuerzo de unas personas valga más que el de otras respecto de los resultados de vida que dicho esfuerzo trae consigo.”
En suma, un sistema meritocrático no considera las circunstancias que impactan en el acceso a las oportunidades y genera un círculo vicioso y no virtuoso.
¿No les parece a ustedes de la mayor importancia llamar la atención de quienes definen las políticas públicas y los mecanismos de ingreso a las universidades sobre los resultados de estas investigaciones que muestran claramente lo injusto que resulta ser el examen de admisión?