La libertad puede ser peligrosa desde el momento en que contradice las verdades establecidas. Es preciso comprender a los prudentes, cuyo espíritu es libre pero secreto. Es preciso celebrar a los héroes de la libertad. Eso también forma parte de la enseñanza sobre la libertad, pero el fondo de dicha enseñanza es aprender a ser consciente de lo que uno elige, es decir, consciente de los peligros, de las incertidumbres, de los cambios de sentido de la acción, y, por lo tanto, de la ecología de la acción; ser consciente de la apuesta que entraña toda elección y de que se ha de aplicar una estrategia pemanente para evitar que el resultado de la acción degenere.
Edgar Morin. Enseñar a vivir, p. 39 [1]
Cuando Sartre afirmó que estamos condenados a ser libres, tal vez se refería a que la libertad es una característica exclusivamente humana que nos complica la vida porque nos obliga a estar cotidianamente haciendo elecciones y apuestas, lo cual no es nada sencillo y nos puede llevar a una existencia feliz en promedio y realizada al menos en cierto grado o bien a un infierno en el que nuestras propias elecciones nos hagan desdichados o esclavos de ciertos bienes, hábitos negativos o incluso nos degraden en nuestra dignidad humana o la de los demás.
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No podemos ser libres para dejar de ser libres, dice Adela Cortina, porque estamos sujetos a eso que el filósofo existencialista francés consideraba una condena y otras visiones filosóficas y antropológicas consideran más bien un don, un regalo o una cualidad que nos permite como individuos, como sociedades y como especie, autodefinir el rumbo de nuestro paso por la vida en lugar de seguir simplemente las rutinas a las que están predeterminadas las demás especies vivas o de ser objetos pasivos de un destino previamente escrito y fatalmente imposible de romper.
El filósofo vasco Fernando Savater hace una distinción fundamental para entender esta característica exclusivamente humana: libertad no es omnipotencia, dice en una conferencia planteando que muchas personas dicen que no somos libres porque nuestra actuación siempre está sujeta a condicionamientos de diversos tipos y nadie puede hacer lo que le dé la gana sin tener ninguna restricción. Ni siquiera los millonarios más grandes del mundo pueden hacer realmente lo que les plazca sin tener ninguna limitación o condicionamiento, es más, muchas veces es más libre de tomar sus decisiones una persona sin tanto dinero que un millonario poderoso.
Sin embargo, la libertad no consiste en ser omnipotentes o como dice Lonergan usando otra distinción, no es indeterminación sino autodeterminación, es decir, la capacidad efectiva que tenga cada sujeto humano o comunidad de autodirigir sus pasos en medio de los múltiples condicionamientos en los que le toca vivir. Morin habla de la libertad como autonomía dependiente, es decir, como la posibilidad, siempre dinámica y en tensión, de ser autónomos -de darnos nuestras propias normas de vida- dentro del marco de las diversas dependencias que tenemos.
Entendiendo de este modo limitado -como todo lo humano- la libertad, es necesario también decir que, si bien nacemos esencialmente libres, es decir, con la necesidad y la capacidad de decidir y la imposibilidad de renunciar a la libertad, nuestra libertad real se va educando o no, construyendo y ganando o bien destruyendo y reduciendo a partir de nuestras propias decisiones y del ecosistema de decisiones y acciones de todos los demás seres humanos.
A esta característica dinámica de la libertad, Lonergan la llama libertad efectiva, es decir, la capacidad real de autodeterminación dentro de nuestros condicionamientos o en términos morinianos, nuestra posibilidad real de autonomía dentro de nuestras múltiples dependencias.
De este modo, hay quienes no tienen la oportunidad de educar su libertad y van por la vida tomando decisiones que surgen de su estado de ánimo o de sus sentimientos de agrado o desagrado y no a partir de los sentimientos que resultan de la aprehensión de valor, de lo que captan como valioso, verdaderamente constructivo o humanizante. Esta distinción -que Lonergan plantea cuando dice que el valor se aprehende en los sentimientos y no en la razón- implica que la libertad es educable y que puede y debería irse volviendo cada vez más atenta a las circunstancias, más inteligente, más razonable y más responsable.
Cuando la libertad se va educando y se realiza el esfuerzo cotidiano de deliberar, valorar y decidir a partir de la propia experiencia, inteligencia, razón y responsabilidad, es decir, cuando se va siendo más consciente de lo que uno elige y por tanto, como afirma Morin en el epígrafe de hoy, se vuelve también más explícitamente consciente de las incertidumbres, los peligros, los cambios que puede tomar la acción a partir de lo que se ha decidido por la ecología de la acción, es decir, por la interacción entre las decisiones y acciones propias y las de todos los demás -personas, instituciones, gobiernos, comunidades- es cuando uno descubre que la decisión libre es una apuesta.
En efecto, la decisión libre es una apuesta porque no existen garantías de que lo decidido vaya a realizarse tal como uno lo pensó e incluso en ocasiones, puede ser que una decisión que buscaba construir y humanizar vaya tomando un rumbo que termine siendo destructivo o deshumanizante al entrar en el ecosistema de decisiones y acciones de los demás e incluso en el rejuego de elementos aleatorios o azarosos de la vida.
Pero quien ejerce su libertad educada, quien desarrolla esa capacidad de elegir y asumir las consecuencias de sus decisiones y acciones, quien se hace cargo de la realidad que le toca vivir, aunque enfrenta mucho más conflictos y dilemas que quien vive en una libertad caprichosa o quien elige pensar, hacer y ser lo que la mayoría piensa, hace y es o lo que esté de moda, es una persona que va realizándose más plenamente como ser humano y es más feliz en el sentido profundo de la felicidad que no es la alegría superficial sino la satisfacción que otorga la fidelidad a las propias convicciones.
Este tipo de personas también saben que la libertad puede ser peligrosa. Los prudentes, libres de espíritu, pero discretos o secretamente disidentes de la corriente mayoritaria corren el peligro de ser aislados y excluidos de la conversación social. Los que Morin llama héroes de la libertad, los que ejercen su libertad y disienten públicamente de la corriente dominante tienen aún más peligro porque además de ser excluídos son muchas veces cancelados por quienes siguen a las corrientes dominantes -por más progresistas que puedan autodefinirse- y no sólo desgastan su vida en esta lucha por la libertad propia y la de los demás sino que muchas veces la pierden en ese intento y son asesinados o desaparecidos por quienes se sienten afectados por el disenso, las visiones críticas y los testimonios que mueven las consciencias de otras personas y grupos para no renunciar al ejercicio de la auténtica libertad. De ésos tendríamos que ser los educadores y a ésos tendríamos que formar si queremos un futuro realmente humano para la humanidad.