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OPINIÓN

La urgencia de la ética de la comprensión

Este proceso no es nada fácil en un mundo donde impera la ley del más fuerte

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 20, 2023

La ética de la comprensión es un arte de vivir que nos pide, en primer lugar, comprender de manera desinteresada. Pide un gran esfuerzo ya que no puede esperar ninguna reciprocidad: aquel que está amenazado de muerte por un fanático comprende por qué el fanático quiere matarlo, sabiendo que éste no lo comprenderá jamás. Comprender al fanático que es incapaz de comprendernos, es comprender las raíces, las formas y las manifestaciones del fanatismo humano. Es comprender por qué y cómo se odia o se desprecia. La ética de la comprensión nos pide comprender la incomprensión.
La ética de la comprensión pide argumentar y refutar en vez de excomulgar y anatematizar. Encerrar en la noción de traidor aquello que proviene de una inteligibilidad más amplia impide reconocer el error, el extravío, las ideologías, los desvíos.
Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, p. 50.

Nadie puede negar que México ha sido un país con una sociedad polarizada prácticamente desde su origen. La conquista marcó un primer frente de división entre indígenas y españoles -aunque cuando llegó Cortés ya se vivían contraposiciones por la dominación de los mexicas sobre otros pueblos- y posteriormente, durante la Independencia se vivió la intensa lucha entre los realistas o monárquicos y los insurgentes. El siglo XIX trajo la pugna entre liberales y conservadores que se extendió por décadas y se busca revivir ahora en el discurso político oficial. La revolución inició con una lucha entre los porfiristas y los que buscaban democracia y justicia, que derivó después en una intensa y larga polarización entre diversas facciones lideradas por los caudillos históricos.

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El viejo sistema priista -que también se está intentando restablecer ahora-, trajo una cierta unidad forzada por el corporativismo que llevó a acuñar la frase: “quien vive fuera del presupuesto, vive en el error”, aunque esta unión sostenida con alfileres tuvo siempre grupos opositores tanto en los sectores demócratas de derecha como en las luchas de izquierda de los gremios ferrocarrilero, magisterial y otros, hasta derivar en la guerrilla de la Liga comunista 23 de septiembre.

El período llamado neoliberal, aún bajo la hegemonía del PRI, trajo la polarizaciòn interna del partido en el poder entre la vieja guardia -los llamados dinosaurios- y los grupos que se autodenominaban modernizadores. Este nuevo enfoque basado en la economía capitalista y la entrada del país al proceso de globalización derivó también en inconformidad social que tuvo su manifestación más fuerte en el levantamiento zapatista del 1 de enero del 94, así como la polarización interna del partido derivó en los asesinatos del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio y del líder del Senado, José Francisco Ruiz Massieu.

La gran desigualdad social también ha significado polarización latente o soterrada pero presente siempre, entre los “muchos méxicos” como los llama Segio Zermeño en un libro ya clásico: La sociedad derrotada. El desorden mexicano del fin de siglo.

Sin embargo, tampoco es razonable negar que el gobierno actual y especialmente el presidente López Obrador ha usado su discurso para alentar el crecimiento explícito de esta polarización y para construir una narrativa al viejo estilo priista de identificar al gobierno con el partido (ahora Morena) y con la nación, de manera que quienes critican al Presidente, a sus políticas, al gobierno o al movimiento que él encabeza son inmediatamente tachados de traidores a la patria, conservadores al servicio de intereses del extranjero, aliados de la mafia del poder y otros muchos calificativos.

Si miramos hacia el nivel internacional, la polarización social está siendo usada de esta misma forma por los líderes populistas que han surgido en muchos países como estrategia electoral, empezando por Donald Trump y muchos otros presidentes o aspirantes a presidir países de todo el orbe.

En las redes sociales también podemos leer una enorme polarización respecto a los conflictos bélicos que están hoy activos en el mundo, en la que en vez de argumentar y refutar se excomulga y anatematiza, como menciona Morin, en la cita que sirve de epígrafe del artículo de hoy. En todos los conflictos, en lugar de promover la compasión y la solidaridad con los pueblos que sufren las consecuencias de las decisiones y ambiciones políticas (Nethanyahu, los líderes de Hamás, Putin, etc.), se toma partido y se define quiénes son los buenos y quiénes los malos en cada guerra, como si se tratara de armar una porra de un equipo deportivo contra la de otro.

Por todas estas razones, resulta urgente en nuestros tiempos promover la ética de la comprensión, que como dice el mismo pensador francés, nos “pide, en primer lugar, comprender de manera desinteresada”. Esto, como lo dice la cita, exige de todos un enorme esfuerzo, puesto que no hay reciprocidad posible que esperar. “Comprender al fanático que es incapaz de comprendernos, es comprender las raíces, las formas y las manifestaciones del fanatismo humano. Es comprender por qué y cómo se odia o se desprecia…”

Como dice Morin, esta ética nos pide “comprender la incomprensión” y este proceso no es nada fácil en un mundo donde impera la ley del más fuerte y en el que los mismos padres y madres de familia aconsejan a sus hijos “no dejarse” y les dicen: “si te pegan, tú también pégales”.

Sin embargo, si queremos que el mundo cambie y que la humanidad se salve de la autodestrucción en este camino de violencia y polarización creciente en la que está inmersa, resulta indispensable que los educadores y las instituciones educativas construyamos, enseñemos, aprendamos, practiquemos y volvamos estructura y cultura organizacional la ética de la comprensión.

Muchas veces me preguntan los docentes cómo puede promoverse una cultura de paz o una comprensión del otro si en las mismas casas y colonias donde viven nuestros estudiantes campea un clima de violencia intrafamiliar o de bandas juveniles y hasta de grupos del crimen organizado. Mi respuesta es siempre que la escuela o la universidad pueden organizar sus procesos de convivencia, organización y normatividad, operación y clima interno desde la lógica opuesta a lo que los niños y jóvenes viven en sus entornos inmediatos.

Una convivencia escolar o universitaria pacífica, en la que se resuelven los conflictos mediante el diálogo, en la que priva una ética de la comprensión y se enseña a comprender al que no nos comprende, a conocer los mecanismos de funcionamiento del odio y del fanatismo, puede ser una microsociedad en la que los educandos aprendan que las cosas pueden vivirse de otra manera y que es posible una dinámica de organización existencial y social distinta a la que predomina en los ambientes externos a la institución educativa.

¿Por qué no empezar nosotros a promover la argumentación y la refutación y a desincentivar la excomunión y la anatematización de quienes piensan o se comportan de manera diferente? Sería un paso importante para avanzar en este camino de urgencia.

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