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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Aprender y enseñar a “estar ahí”

Una invitación a educadores para ir aprendiendo y enseñando a estar ahí a las nuevas generaciones

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 6, 2023

Para Sylvia Schmelkes, como un granito de arena en homenaje a su trayectoria que nos ha mostrado el camino para “estar ahí”, donde la educación de los más vulnerables clama por justicia.

Por esto, es necesario aprender a «estar-ahí» en el Planeta. Aprender a estar-ahí quiere decir: aprender a vivir, a compartir, a comunicarse, a comulgar; es aquello que sólo aprendemos en y por las culturas singulares. Nos hace falta ahora aprender a ser, vivir, compartir, comulgar también como humanos del Planeta Tierra. No solamente ser de una cultura sino también ser habitantes de la Tierra. Debemos dedicarnos no sólo a dominar sino a acondicionar, mejorar, comprender.
Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, pp. 36-37.

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Vivimos encerrados en una búsqueda frenética de supervivencia a costa de lo que sea y de quien sea. Nos levantamos diariamente por un lado con el miedo a la violencia y la muerte que por causas naturales y sobre todo humanas nos acecha en cada esquina y por otro, con una especie de zanahoria que nos pone el sistema consumista en que vivimos y que nos demos cuenta o no, nos ha inyectado en las venas una serie de necesidades de tener más, de aparentar más de lo que tenemos, de ponernos máscaras que nos embellezcan frente a los demás a los que en realidad no les importamos ni nos importan.

Mientras esta carrera absurda por la supervivencia y las apariencias nos consumen, la naturaleza sigue siendo destruida a pasos agigantados, produciendo tragedias como la de Otis en Acapulco y las sociedades siguen rompiéndose en pedazos por la violencia de las guerras, del crimen organizado, del racismo, el machismo, la exclusión y la aporofobia que nos están llevando, como dice sabiamente Morin, como en un Titanic, hacia el iceberg de nuestra propia autodestrucción como especie supuestamente inteligente y pretendidamente consciente.

En efecto, mientras nos desgastamos queriendo atesorar una vida confortable, ajena al dolor, a la injusticia, a las realidades crueles del mundo, como encerrados en una burbuja, el mundo, la comunidad cercana, la sociedad y la humanidad nos están pidiendo a gritos “estar ahí”.

Por más que intentemos cerrar los ojos a las realidades que no nos gustan o mejor dicho, entre más asumamos esa actitud de la avestruz que mete la cabeza debajo de la tierra, mayor es la necesidad de nuestra presencia en el mundo real, de nuestra participación para transformar las cosas, para cambiar el sistema depredador y deshumanizante, para romper con el materialismo y empezar a llenar de sentido nuestras vidas y las de los demás.

En el campo educativo se refleja también muy claramente esta dinámica de la avestruz, de la huida de las realidades que claman por justicia, por nuestra empatía y solidaridad, por nuestro compromiso social con la construcción del bien común.

Porque los padres de familia y las instituciones educativas “de calidad” y dirigidas a “las personas de bien”, es decir, a los privilegiados que estamos ubicados de las clases medias para arriba en la pirámide social cada vez más pronunciadamente vertical, lo que se busca no es dejar entrar las realidades de los otros vulnerables y desfavorecidos ni salir a buscarlas para que sirvan como espacios formativos de humanidad e incluso como fuentes de conocimiento, pensamiento crítico, inteligencia emocional y compromiso ético, sino construir burbujas cada vez más blindadas a esas realidades.

Desde hace mucho tiempo los pobres necesitan que “estemos ahí” para ellos, las mujeres víctimas de violencia intrafamiliar o de feminicidio han necesitado de nuestra presencia, los migrantes han ido crecientemente gritándonos con su sufrimiento que tenemos que acudir ahí donde se encuentran. Desde hace mucho tiempo las madres de los desaparecidos, los que tienen que pagar derecho de piso o si no son despojados de sus bienes o hasta de sus vidas necesitan que estemos ahí, pero no estamos.

Hoy, Siria, Ucrania, Palestina e Israel y los otros lugares en guerra necesitan que de alguna forma “estemos ahí”. En estos días Acapulco, azotado por la crueldad de la naturaleza con el huracán Otis, está necesitando urgentemente que estemos ahí, sin divisiones partidistas o ideológicas, sin prejuicios ni pretextos, pero pocos, muy pocos hacen presencia.

Como dice Morin, necesitamos aprender y enseñar a las nuevas generaciones a vivir, a compartir, a comunicarse, a comulgar con los que sufren, aprender y enseñar todo aquello que aprendemos en las distintas culturas que conforman el mosaico rico y plural de la humanidad.

Tal como afirma el pensador planetario: “…Nos hace falta ahora aprender a ser, vivir, compartir, comulgar también como humanos del Planeta Tierra… no solamente ser de una cultura sino también ser habitantes de la Tierra…” Para ello tenemos -y creo que la educación es un espacio especialmente estratégico para hacerlo-, que cambiar el paradigma de la dominación de la naturaleza y de unos sobre otros por un paradigma de acondicionamiento, mejora continua y comprensión profunda guiada por el amor a la naturaleza, a la humanidad y a cada ser humano cercano.

Aprender y enseñar a “estar ahí” requiere, dice el mismo autor, el desarrollo de una conciencia antropológica para asumir nuestra unidad en la diversidad y no dejar fuera a nadie de la humanidad; la formación en una conciencia ecológica que nos haga asumirnos habitantes de un mismo planeta en todos los demás seres vivos; construir también una conciencia cívica terrenal o planetaria guiada por la responsabilidad y la solidaridad “para los hijos de la tierra”, para todos los hijos de la tierra y no sólo para los que son como nosotros o comparten nuestra ideología o nuestra forma de vivir.

Finalmente -y no por ello menos importante, sino tal vez más- aprender y enseñar una conciencia espiritual de la condición humana que, según el autor, “viene del ejercicio complejo del pensamiento” y creo que también del sentimiento que responde a la aprehensión de valor y “…que nos permite a la vez criticarnos mutuamente, auto-criticarnos y romprendernos…” entre todos.

Estas líneas pretenden ser una invitación a todos los educadores -formales e informales- para ir aprendiendo y enseñando a estar ahí a las nuevas generaciones, porque la realidad nos reclama y no espera, porque los más desfavorecidos no pueden ya esperar más.

Aprender y enseñar a estar ahí significa estar bien informados para desarrollar una solidaridad bien informada como pedía Peter Hans Kolvenbach S.J., significa desarrollar la compasión -la capacidad de padecer con los otros que padecen-, implica también la búsqueda inteligente, crítica y responsable de nuevas formas de pensar y de vivir que sean más realistas y nos religuen con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás -cercanos y lejanos, concretos y no abstractos- para construir un nuevo mundo posible. Implica también tener la convicción de que como decía Galeano: "Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo".

 

 

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