Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El reconocimiento al magisterio en la BUAP

Se le reconoce su preparación, su dedicación, su calidad moral, su respeto al alumno; su ser maestro

Guadalupe Grajales

Licenciada en Filosofía por la UAP con Maestría en Filosofía (UNAM) y Maestría en Ciencias del Lenguaje (UAP). Candidata a doctora en Filosofía (UNAM). Ha sido coordinadora del Colegio de Filosofía y el posgrado en Ciencias del Lenguaje (BUAP), donde se desempeña como docente. Es la primera mujer en asumir la Secretaría General de la BUAP.

Martes, Octubre 31, 2023

Este día voy a pecar contra la humildad, pero les voy a explicar por qué.

En días pasados recibí una comunicación de la Secretaría General de la universidad en la que me solicitaban confirmar mis datos para recibir un reconocimiento de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla por 50 años cumplidos como profesora.

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Efectivamente, el 14 de junio pasado cumplí los cincuenta años, aunque mi primer nombramiento es de abril de 1969, cuando cursaba el segundo año de la carrera en Filosofía y me inicié como profesora de la Escuela Preparatoria “Benito Juárez” dictando las materias de Lógica y de Ética. Todavía recuerdo las horas que me pasaba preparando mis clases: si los alumnos me hacían preguntas, sabría responderlas correctamente y aclararía sus dudas.

Al siguiente año, a principios de 1970, me convertí, junto con muchas y muchos estudiantes de la universidad, en fundadora de la Preparatoria Popular “Emiliano Zapata”. Como no cobrábamos, cubrí el Servicio Social impartiendo dos años estas clases que ahora también incluían la materia de Inglés.

En febrero de 1972 me gradué como licenciada en Filosofía y empecé a dar clases en el Colegio de Filosofía. El Doctor Ángel Altieri, entonces director de la Escuela de Filosofía y Letras, me urgió a graduarme bajo la modalidad de Examen General de Conocimientos porque la escuela requería de profesores y algunos de los egresados y graduados de las primeras generaciones fuimos invitados a dar clases. Por cierto, que también el maestro Luis Rivera Terrazas me invitó a dar Lógica en la Escuela de Físico-Matemáticas. El maestro era un gran estudioso de la Historia de la ciencia y le interesaba mucho introducir a los estudiantes de Físico-Matemáticas en temas de Filosofía de la ciencia.

Imagínense el tiempo que dedicaba a la preparación de mis materias. Si en las preparatorias me preocupaba fallarles a los alumnos, en el nivel profesional esto me quitaba el sueño. Era profesora de medio tiempo y daba tres materias distintas, pero la que me fascinaba era la de historia de la filosofía medieval, y mi autor favorito era Anselmo de Aosta y su argumento acerca de la existencia de Dios. ¿Saben por qué sé que era mi autor favorito? Porque una alumna, que después fue mi maestra, me lo dijo: “sí, nunca voy a olvidar el argumento de San Anselmo, te encantaba hablarnos de él”.

En 1983 hice un examen por oposición para optar por una plaza de tiempo completo y desde entonces ése ha sido el tiempo de dedicación a la universidad. O sea que cumplo cuarenta años de ser profesora de tiempo completo y cincuenta de ser profesora en mi alma mater.

Les dije que hoy iba a pecar contra la humildad porque pienso que el mayor reconocimiento que un profesor puede obtener es el de sus alumnos(as), y quiero recordar con ustedes algunos pasajes de mi vida magisterial que considero han sido de reconocimiento explícito por parte de mis estudiantes.

En realidad, he vivido hermosos momentos al lado de mis alumnos y de mis alumnas, fíjense si no fue así con lo que me pasó explicando la Filosofía y sus problemas en el primer semestre de prepa, cuando les pregunté a los alumnos: ¿está claro, se entiende? Y uno de ellos me contesta: “No le entendemos, pero nos lo dice con tal pasión, que le creemos”. Ahora sí que si me entendían o no ¡era lo de menos! ¿Y saben por qué? Porque lo que atesoro es ese reconocimiento que recibí de mis estudiantes que valoraban la entrega, el gusto y la pasión que sentía al hablar de filosofía y hacerlo con la idea de contagiarlos con esa emoción, a veces indescriptible, de gozar tu estudio y tu trabajo.

Otro episodio que guardo con enorme gratitud hacia mis estudiantes de la Maestría en Ciencias del Lenguaje fue el siguiente: era la última clase del semestre y yo, como les había dicho a mis alumnos(as) cerré el curso con el broche de oro que era la Filosofía del lenguaje del segundo Wittgenstein. Cuando terminé de exponer uno de los alumnos empezó a aplaudir y recibí un nutrido y caluroso aplauso de todo el grupo. Ya la coordinadora del programa me había dicho que si había visto las evaluaciones de los alumnos, pero la verdad no lo había hecho, así que para mí fue una verdadera sorpresa y es uno de esos momentos que alimenta mi alma de maestra universitaria.

De mis alumnos(as) sólo he recibido satisfacciones y quiero compartir con ustedes la manera en que han expresado su reconocimiento el 15 de mayo de este año, un reconocimiento que guardo en mi corazón: “Mtra. Lupita… Sus clases siempre fueron iluminadoras e interesantes para mí. De usted no sólo aprendí académicamente sino, también, personalmente de la vida y el ser humano. Gracias por ser tan interesante y hacer una gran labor enseñándonos la filosofía analítica y a Wittgenstein. Muchas felicidades maestra!!”

Cuando este querido alumno escribió esto hacía casi un año que había tomado un curso conmigo.

Es natural que ahora que llega el reconocimiento institucional por cumplir cincuenta años de docente, una rememore algunos momentos enormemente significativos de la carrera magisterial y se ponga a pensar que nuestra dedicación merece esto y mucho más. Y aquí ya no sólo hablo de mí sino de los miles de docentes que hacemos posible que esta universidad camine y cumpla con su función de educar a las y los jóvenes con vocación de servicio a su comunidad.

Por último, quiero decirles que uno de mis orgullos siempre ha sido el de introducir la consideración de los problemas que nos aquejan como universitarios y como sociedad en general para reflexionar colectivamente en torno a ellos, haciendo de las clases no sólo un espacio de estudio sino también de reflexión y de posible solución a tales problemas.

¿No les parece a ustedes de la mayor importancia reconocer al magisterio hoy y siempre el gran valor que encierra su labor y expresar ese reconocimiento dotándolo de una remuneración a la altura de su trabajo especializado, a la vez que se le muestre el respeto debido a su alta misión educadora, formadora de conciencias y forjadora de mujeres y hombres de bien?

 

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