El cambio climático es uno de los desafíos más apremiantes que enfrenta la humanidad en la actualidad. Sus efectos se hacen sentir en todo el mundo afectando la vida de las personas, la biodiversidad y la economía.
Precisamente hoy, 24 de abril, conmemoramos el Día Internacional contra el Cambio Climático, fecha que se celebra desde el año 2009 por convocatoria de un movimiento de la sociedad civil llamado 350.org, el cual demandaba a los líderes del mundo que se lograra un acuerdo mundial en la Conferencia de las Partes de Cambio Climático (COP 15) llevada a cabo en Copenhague, para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.
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Esta celebración tiene como objetivo informar, sensibilizar y alertar sobre las consecuencias del cambio climático y los riesgos que provoca para toda la vida en el planeta.
De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial (WMO, por sus siglas en inglés) las temperaturas mundiales podrían alcanzar niveles récord en los próximos cinco años debido a los gases de efecto invernadero y al fenómeno natural de El Niño.
Muestra de ello es que la última década incluyó siete de los diez años más cálidos de los que se tiene constancia. Estudios vaticinan que, si la temperatura global continúa subiendo a este ritmo, en torno al año 2035 se alcanzará un incremento del 1.5°C y de 2°C para el año 2060.
Este cambio tan sólo en la última década ha producido el deshielo de los glaciares de montaña, el incremento de los días de calor extremo, el adelanto de la primavera y una mayor frecuencia de fenómenos como sequías, incendios forestales y otras transformaciones ecológicas, como ciclones tropicales e inundaciones.
En América Latina y el Caribe, en el período comprendido entre 1991 y 2022 se observa una tendencia de calentamiento medio de aproximadamente 0.2 °C por decenio (que es mayor en México y el Caribe), la cual es la más perceptible desde que se comenzaron a registrar las climatologías de 30 años en 1900.
Al final, el cambio climático es un fenómeno profundamente entrelazado con los patrones globales de desigualdad, ya que las potencias mundiales son responsables del 90% de las emisiones globales. Incluso se ha llegado a precisar que más que deberse a las actividades humanas, es producto de una larga historia del capitalismo.
México se encuentra en la posición 14 de los países con mayores emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), lo cual representa el 1.3% de las registradas en un entorno global; no obstante, nuestra nación es sumamente vulnerable a los impactos del cambio climático debido a las condiciones socioeconómicas como la pobreza y las desigualdades; a la fragilidad de los ecosistemas naturales y a las características geográficas y climáticas del territorio.
Es así que para enfrentar el cambio climático se debe atender, en primer lugar, a la población que se encuentra en condiciones de pobreza y pobreza extrema y en situación de mayor vulnerabilidad ante este fenómeno.
Actualmente, el cambio climático se aborda desde la perspectiva de justicia social y climática, es decir, poniendo en el centro de atención a las personas, pueblos y comunidades que han sido históricamente vulneradas.
Desafortunadamente, Puebla no escapa de esta realidad ya que, derivado de este fenómeno, se experimentan diversas condiciones especiales en el medio ambiente local. Uno de ellos son los cambios significativos en los patrones de lluvia, con sequías e inundaciones más frecuentes. Esto afecta a la agricultura y la disponibilidad de agua, lo que pone en peligro la seguridad alimentaria de la región.
Asimismo, el aumento de las temperaturas en Puebla tiene consecuencias graves para la salud pública, ya que se asocia con un mayor riesgo de golpes de calor y enfermedades como el dengue.
También, la biodiversidad en el estado se encuentra en riesgo debido a la degradación del hábitat. Esto afecta a numerosas especies endémicas y a los ecosistemas más frágiles de la región.
En este sentido es que se deben tomar medidas para afrontar diversos desafíos importantes como la gestión del agua, un recurso que de por sí es escaso y crítico en el estado, el cual se hace más vulnerable debido a la variabilidad de las precipitaciones. En este sentido es que resulta urgente desarrollar estrategias de gestión del vital líquido más sostenibles, promoviendo la conservación y la recarga de acuíferos.
También, la agricultura es un sector vital para la economía del estado, por lo que se requieren prácticas agrícolas más sostenibles y resistentes al clima para garantizar la seguridad alimentaria.
La educación y la concienciación pública son fundamentales para movilizar a la población en la lucha contra el cambio climático. Puebla debe invertir en programas de educación ambiental y promover la adopción de prácticas más sostenibles entre sus habitantes.
Pero, sobre todo, abordar a la pobreza como parte crucial de la estrategia para mitigar el cambio climático. Al elevar el nivel de vida de las personas y mejorar su resiliencia a los impactos climáticos, no solo se reduce la vulnerabilidad de estas comunidades, sino que también se contribuye a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Es importante reconocer que la lucha contra la pobreza y la lucha contra el cambio climático están intrínsecamente relacionadas y deben abordarse de manera conjunta para lograr un futuro más sostenible y equitativo.