Todas esas emociones públicas, a menudo intensas, tienen consecuencias a gran escala para el progreso de la nación en la consecución de sus objetivos. Pueden imprimir a la lucha por alcanzar esos objetivos un vigor y una hondura nuevos, pero también pueden hacer descarrilar esa lucha, introduciendo o reforzando divisiones, jerarquías y formas diversas de desatención o cerrilidad. A veces, suponemos que sólo las sociedades fascistas o agresivas son intensamente emocionales y que son las únicas que tienen que esforzarse en cultivar las emociones para perdurar como tales. Esas suposiciones son tan erróneas como peligrosas. Son un error porque toda sociedad necesita reflexionar sobre la estabilidad de su cultura política a lo largo del tiempo y sobre la seguridad de los valores más apreciados por ella en épocas de tensión. Todas las sociedades, pues, tienen que pensar en sentimientos como la compasión ante la pérdida, la indignación ante la injusticia, o la limitación de la envidia y el asco en aras de una simpatía inclusiva.
Martha Nussbaum. Emociones políticas, pp. 14-15.
El tema de hoy surgió a partir de la difusión de un tuit de Armando Regil, que hablaba de la forma en que el fanatismo está desbordando el ambiente y el debate público en nuestro país. En este mensaje, el autor afirma con razón que se le está olvidando a mucha gente que vamos a elegir un presidente -hombre o mujer, lo más probable es que ahora sea mujer- y no un guía espiritual o un “mesías”, puesto que alguien así sólo lo esperan en política los más radicales.
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Regil dice que ambos extremos del espectro político se están tocando por las alabanzas desmedidas a sus ídolos -que en un neologismo creado para violar la ley electoral llaman “coordinadores de…”- y la ola de ataques basados en calumnias y mentiras y yo añadiría, tergiversaciones e interpretaciones malintencionadamente sesgadas que se repiten y reproducen todos los días sin límite.
En efecto, vivimos hoy en México “tiempos revueltos” por la creciente polarización política que empieza a subir de tono por el indebido y disfrazado adelanto del proceso de selección de los candidatos presidenciales, tanto del lado del partido en el poder bajo la batuta y la intervención a todas luces ilegal pero tolerada del presidente, como de los partidos que como agua y aceite se han unido como frente opositor.
Mi esperanza es que se trate de las últimas “patadas de ahogado” del viejo régimen autoritario que se construyó en el período posrevolucionario -que fue cambiando de nombres desde el original PNR hasta el PRI, pasando por el PRM de la época cardenista- y no sólo no se desmontó con la alternancia en el poder ejecutivo en los dos sexenios del PAN sino que se intentó reproducir cambiando solamente de siglas, ni mucho menos con el regreso del PRI con Peña Nieto, que prometía un partido renovado pero solamente tuvo una fachada distinta.
Este viejo régimen se presentó y fue creído por muchos mexicanos -algunos de los cuales siguen firmemente convencidos de que la opción lopezobradorista es realmente una transformación histórica del país- bajo un nuevo logo y desde un nuevo movimiento liderado por un priista de viejo cuño que sigue intentando cada día reconstruir ese viejo sistema de los sesentas y setentas como lo dijo claramente en su discurso de toma de posesión. Somos distintos, pero somos más de lo mismo, podría ser el lema completo de esta nueva envoltura de la presidencia imperial de la que no acabamos de liberarnos.
Esa esperanza personal no tiene mucho sustento en la realidad si miramos a las dos candidatas, perdón “coordinadoras” que encabezan hoy la disputa por el poder bajo distintos membretes y logotipos partidistas que muchos mexicanos siguen ingenuamente creyendo que representan la lucha entre “la malévola derecha neoliberal” y la “izquierda que está del lado correcto de la historia y representa al pueblo bueno”, pero que en el fondo son -basta con ver los nombres y apellidos de los personajes que dominan de uno y otro lado- la vieja, la eterna clase política que se ha servido del país más que buscar servirlo.
Lo anterior es el contexto en el que se mueven los fanatismos de ambos extremos -que de fondo son iguales- motivados por emociones viscerales, espontáneas, irreflexivas, incapaces de pasar las consignas de las campañas de alabanza de la líder propia y descalificación de la opositora por el filtro del pensamiento crítico que trate de buscar las evidencias o las pruebas para asumir una u otra postura o para dudar de ambas.
En este escenario es que cobra una enorme relevancia lo que plantea la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum en su libro Emociones políticas. ¿Por qué el amor es importante para la justicia? La tesis central de este muy relevante texto es que en la política cuentan tanto o más las emociones cívicas como el razonamiento sobre las distintas opciones y que por ello, para construir una auténtica sociedad democrática es indispensable formar ciertas emociones en los ciudadanos, que guíen de manera más inteligente y responsable sus comportamientos y decisiones.
Como dice Nussbaum en el epígrafe de este texto, las emociones públicas que normalmente son muy intensas, tienen consecuencias a gran escala para el progreso -y yo complementaría, también para la decadencia- de una nación. Lo comprobamos en el 2018 en el que el voto se guió sobre todo por el hartazgo y el coraje hacia los partidos que habían gobernado previamente, guiados sobre todo por la corrupción, los intereses personales y de grupo y la complicidad con las élites dominantes.
Así como también lo hemos testificado en estos largos casi cinco años de gobierno del actual presidente, estas emociones pueden descarrilar la lucha por la justicia y la democracia, introduciendo o reforzando divisiones, jerarquías y formas distintas de desatención.
Dice Nussbaum que a veces suponemos que sólo los gobiernos fascistas -o las dictaduras comunistas- son intensamente emocionales, pero eso no es cierto. Todas las sociedades necesitan esforzarse para cultivar las emociones políticas indispensables para generar y regenerar continuamente la democracia.
“Todas las sociedades, pues, tienen que pensar en sentimientos como la compasión ante la pérdida, la indignación ante la injusticia, o la limitación de la envidia y el asco en aras de una simpatía inclusiva…” Todas las sociedades tienen que trabajar en una especie de desarrollo de la inteligencia emocional ciudadana que fomente la tolerancia, el respeto, el debate inteligente y crítico, la co-responsabilidad, la valoración de la diversidad y la sana convivencia entre las mayorías y las minorías.
En este esfuerzo, la educación tanto familiar como escolarizada en todos los niveles tiene un papel fundamental. ¿Qué tanto estamos cultivando ese amor que se necesita para la justicia? ¿Qué tanto estamos formando las emociones políticas positivas en nuestras nuevas generaciones?
Amar en tiempos revueltos es el título de una muy exitosa serie de TV Española que puede consultarse en: https://www.rtve.es/television/amarentiemposrevueltos/2008-2012/ Tomo prestado el título porque creo que ilustra lo que hoy vivimos en México.