-Hace años, leí un libro de un tal Juan Pablo Proal, En el cuerpo equivocado.
Tomó un trago de whisky, y prosiguió -que aun joven lo arrastraron con una camioneta por las calles céntricas de la capital del país, atado de los pies y no hubo carpeta de investigación alguna-, tomó agua de un vaso.
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-El capitán Bravo pasó por la misma suerte, por otros militares.
-Ya pasado de copas, hablaba de sus secretos y hacía propuestas que no a todos les agradaba.
-Bravo era un tipo cumplido, impecable, siempre bien entrenado, siempre buscaba que sus tropas y destacamentos, ya con mayor rango, fueran de lo mejor y sí que lo eran, por eso con el tiempo lo mandaban a fundar nuevos campos del Ministerio de Guerra.
-Pero el vino, dice un pensamiento, va buscando entre los silencios del alma y los que van haciendo palabras…
-Se levantó y aventó la copa muy lejos… su escolta de inmediato se puso en alerta y hasta entonces vi que más de cincuenta elementos resguardaba esa casa, entre militares y otros vestidos de civiles, se resguardaron.
-Una señal del más cercano al General, hizo que todos volvieran a sus actividades, de ayudantes, campesinos jardineros y hasta entonces vi que todos estaban armados, los vehículos usados, se fueron y en unos minutos llegaron otros.
-Llegó un recluta del norte, y este Bravo se emocionó… Era parte de la trampa, un plan en contra de él; eso lo supe con los años. Lo embriagaron hasta donde pudo, lo arrastraron por las calles polvosas del norte, lo dejaron en el desierto, sintió el calor del medio día y fue presa de algunos carroñeros, solo llegaron a rematarlo, y su cabeza quedó bajo una roca.
-Él fue como un hijo para mí en su instrucción para oficial.