No recuerdo dónde leí la anécdota de un profesor inglés de la Open University que daba una conferencia sobre la docencia universitaria. Uno de los asistentes, avanzada la conferencia, le interrumpió para protestar diciéndole que todo aquello que les estaba señalando resultaba inne- cesario, que él como parte de sus colegas allí presentes tenían ya muchos años de ser profesores, 25 en su caso, y que todo lo que había que saber sobre enseñanza ya lo sabían. El conferenciante, que tampoco se mordía la lengua, le respondió preguntándole si estaba seguro de tener 25 años de experiencia o lo que tenía era, más bien un año de experiencia repetido 24 veces
Angels Domingo. La Práctica Reflexiva: un modelo transformador de la praxis docente, p. 2
A propósito del regreso a clases el lunes de la semana pasada para iniciar un nuevo ciclo escolar, vale la pena dedicar un espacio como el del artículo de hoy, al tema de la enorme relevancia que tiene contar con docentes que realicen una práctica reflexiva y no simplemente una repetición de rutinas aprendidas en su formación inicial.
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Sobre todo ahora, que el retorno a las escuelas ha estado marcado por la polémica entre académicos expertos en las disciplinas y en la pedagogía y la polarización entre quienes sin saber de ninguna de las dos cosas, han reaccionado de manera virulenta apoyando o tratando de frenar la distribución de los nuevos libros de texto o incluso de quemarlos, por cuestiones de índole ideológica y político partidista.
Con este modelo educativo, este programa y planes de estudio y estos libros de texto o con cualquiera de los anteriores, no es lo mismo lo que aprende y la manera en que se forma un niño o un adolescente con un profesor que tiene 10, 15 o 25 años de experiencia que con uno que tiene un año de experiencia repetido 10, 15 o 25 veces.
Porque si hay una profesión en la que caer en la rutina y no reflexionar sistemáticamente sobre lo que se hace, el cómo se hace y el por qué y para qué se hace, redunde en resultados catastróficos es en la práctica de la docencia en todos los niveles educativos.
En otras actividades que responden más a la producción de bienes materiales o servicios administrativos o burocráticos, si bien es importante la actualización y la innovación periódica, su misma naturaleza exige un cierto grado de repetición para que los procesos de producción o atención al público sean brindados de acuerdo a ciertos estándares homogéneos de calidad.
Sin embargo, en el caso de la formación de los futuros ciudadanos, de los profesionistas que serán responsables del sostenimiento de las instituciones y el sistema de convivencia social, de las personas que tienen y tendrán el reto permanente de construir un proyecto de vida feliz y al mismo tiempo corresponsable del bien común, caer en la rutina y homogeneizar el trato a los educandos y el tratamiento de los aprendizajes resulta contraproducente y redunda en una mala calidad educativa que se reflejará tarde o temprano en la calidad de vida y de la convivencia social.
En tiempos tan cambiantes, inciertos y desafiantes como los que vivimos en este cambio de época, esta necesidad de contar con profesionales reflexivos que conduzan los procesos formativos de las nuevas generaciones resulta todavía más importante y podría decirse, urgente, si queremos que la humanidad salga de esta crisis multidimensional que hoy vive y construya realmente un cambio de época más humano, más justo y más fraterno.
“¿Se puede aprender a transformar la experiencia en conocimiento profesional? La respuesta es afirmativa. ¿Y cómo puede lograrse...?” Son las preguntas que deberíamos plantearnos continuamente quienes estamos inmersos en el mundo de la educación, tanto en la docencia como en la investigación. Estas preguntas que hace la autora del artículo citado en el epígrafe de hoy son cruciales para ir avanzando en la transformación del enfoque, el sentido y los métodos que se usan hoy para la formación inicial y permanente del profesorado.
Como afirma la misma autora, la respuesta a estas preguntas no son de sentido común ni intuitivas, sino que deben basarse en las múltiples investigaciones realizadas en el mundo en las últimas décadas. Las respuestas existen ya y provienen de la comunidad de investigadores educativos a nivel nacional e internacional que ha llegado a la conclusión de que la reflexión sobre la práctica, ya sea de manera individual o grupal, genera conocimientos, saberes sobre la profesión. Es aquí donde las propuestas de práctica reflexiva se generan como una forma de responder a estos desafíos de la educación contemporánea.
El reto, como afirmé hace más de veinte años en mi libro Desarrollo humano y práctica docente, está en que cada docente se forme para pasar del ejercicio de una práctica mecánica y rutinaria, repetitiva y sin significados que respondan a la curiosidad natural de los niños, a una praxis, entendida desde la visión de Aristóteles en la que se conciba la práctica docente como una actividad moral, centrada en la generación de un bien individual y social, es decir, en la que la práctica docente tenga como un elemento fundante el componente ético.
La autora de este artículo citado plantea dos modelos distintos de formación, que también abordé en su momento en el libro citado y en otro posterior publicado en el año 2006, Una filosofía humanista de la educación: el modelo de capacitación técnica en el que el docente se concibe como alguien que debe dominar métodos, procedimientos, actividades y técnicas de promoción del aprendizaje y el modelo de formación de profesores reflexivos, que busca el desarrollo de profesionales de la docencia que analicen, reflexionen, decidan y actúen.
En el primer modelo, según sostiene la autora, la teoría y la práctica están totalmente separadas, escindidas y en el caso de los docentes se da prioridad al aprendizaje práctico y al cómo hacer, sobre el qué y el para qué de la educación. En cambio, en el modelo del profesor reflexivo esta separación se rompe y la formación integra de forma dialógica y armónica, recursiva y retroactiva los aprendizajes teóricos con los prácticos, de manera que la teoría nutre la práctica -es el elemento reflexivo, según Dewey- y la práctica genera reflexión y construye teoría -es el elemento operativo, según el mismo autor-, construyendo un círculo virtuoso de renovación continua.
La reflexión es natural y constitutiva del ser humano, pero cuando se habla de una práctica reflexiva se está planteando una forma de reflexión que a partir de lo natural, forme a los docentes en la reflexión aprendida, metódica, sistemática, instrumentada, premeditada e intencional, según plantea la misma Angels Domingo.
Hoy más que nunca necesitamos profesionales reflexivos de su propia práctica, que mejoren sus formas de hacer y generen experiencia real y conocimiento siempre nuevo sobre su ejercicio profesional. ¿Tenemos realmente años de experiencia o hemos acumulado un año de experiencia repetido muchas veces?