Tengo ganas de decir lo que sé, lo que siento, lo que me consta, de lo que tengo pruebas; pero si empiezo a hablar me iré como hilo de media. Luego pienso en si mejor guardo silencio hasta que alguien, obligado, saque el tema que le compete más que a mí, para que sea el que pregunte, ponga interés y no sea yo la que suelte todo sin compasión.
Cuando se pasa la oportunidad, el ‘momentum’, donde ninguno menciona lo que nos abruma, entro en la duda de si digo o no digo, como si fuera un ultimátum que me antepongo y me estresa; o si lo dejo como está, aunque me afecte y me empute. Al esperar que toque el tema sin que lo haga, lo dejo como está por no violentar el ambiente y parecer mesurada, que no lo soy, no es lo mío, ni me gusta serlo, y después me recrimino por haberlo hecho, por no haber dicho nada y haberme quedado callada; y me acuso a mí misma, me arrepiento, me condeno y me castigo por haber perdido la oportunidad de sacar todo en el momento propicio, en un ‘a ver qué pasa’ y no guardar en mi ronco pecho lo que tenía ganas de gritar.
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Pasan días y mi lado prudente considera que fue mejor quedarse callada, esperar a que las cosas solitas se vayan decantando; pero a ese lado lo veo como si no fuera parte mía, pero lo escucho y me desconozco al seguir sus consejos, o quizá porque no me queda otra al haberla dejado pasar y no sé cómo retomarlo. Sé que hay cosas que no se decantan y menos solitas, hay que darles un buen empujoncito a propósito, o de plano confrontarlas y llevarlas al precipicio, pero también mi lado sabio me aconseja que es mejor que no sea por mí que se sepa lo que está pasando, aunque yo sea frontal y brutalmente sincera, y tendría que suavizar forma y fondo para que puedan digerirla sin que suene feroz y directa. Pero siento que mi lado prudente y mi lado sabio me hacen hipócrita, de lo que también tengo mi dosis, que me gusta y me sirve, estoy aprendiendo, tiene su lado divertido, pero lo lamento.
Pasan los días y me las vivo peleando con los diferentes yos que soy, los distintos mí, me, conmigo, entre ‘si digo o no digo’, de que si pasó el momento y cómo lo vuelvo a propiciar; entre reproches de que la dejé pasar y llamados a la prudencia de esperar el momento adecuado y de la sabiduría de quienes conocen más la marea de la vida; mis múltiples rostros dan su mejor opinión, algunos sensatos, otros controvertidos, otros llamando a la serenidad, otros buscando la inmediatez, y unos llamando al ¡dale!, y vuelven loca al prisma que soy.
Regreso al ¿digo o no digo? Se pasó esa oportunidad, pero puedo retomarla. ¿Por dónde y con quién la retomo? ¿Será que si tengo paciencia la fuerza misma de las circunstancias me brinde la ocasión y pueda yo salir liberada y con elegancia del asunto? Y cuando llegue el momento, ¿cómo lo digo?, ¿lo suavizo?, ¿cómo lo suavizo? ¿O será que se den cuenta de las cosas sin que tenga que empujarlos al precipicio de las consecuencias? ¡O le doy y que pase lo que tenga que pasar valiéndome madre!
¡Qué difícil es ser sensible para reconocer y escuchar todos los lados del prisma que soy! Muchos no saben decir lo que sienten, otros sólo intuyen, otros no saben expresarse, otros no saben leer el silencio, otros no saben escuchar y otros tantos saben comprender y conciliar las más profundas emociones y sentimientos de todas nosotras para saber a ciencia cierta lo que realmente deseamos todas las que soy. Otros saben de más…
Ese es el verdadero reto de “¿digo o no digo?” Conciliar entre todas las que soy, y Ser...
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