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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Hacer de la vida poesía

¿Quién se atrevería no sólo a hacer vida la poesía, sino a hacer de su propia vida poesía?

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Agosto 1, 2023

En esa primera página de El arco y la lira, Octavio Paz describe a la poesía —entre otras cosas— como un binomio de afirmación de su flujo histórico y de negación de tal condición. Es, dice, expresión histórica de razas, pueblos (naciones) y clases, pero también negación de la historia, no sólo por la resolución de todos los conflictos, sino por la conciencia —que los seres humanos cobramos— de que somos más que tránsito histórico [1]. En efecto, la poesía brota de culturas y de épocas, de naciones y de sociedades, de momentos históricos; es en tal sentido hija de la historia. Empero, como añade enseguida el poeta, abre la luz de la trascendencia.

Es, por tanto, experiencia, sentimiento, intuición y pensamiento no-dirigido. Por así decirlo, brota de la vida, pues ésta es experiencia (de las cosas y del propio ser), emoción, sentidos volcados al mundo, en suma, percepción. Pero también no sólo es percepción, sino captación del significado de las cosas de forma directa. De ahí que sea tanto intuición como pensamiento captador, no necesariamente bajo la modalidad racional. No cabe duda que por ello los seres humanos, al captar el sentido de las cosas y de nuestra propia vida, nos identificamos con esa sensación de que las cosas y nosotros encima de ellas forman un espacio y un momento de armonía, equilibrio y paz.

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La poesía también es, al propio tiempo, hija del azar y fruto del cálculo. No sé si exactamente a lo que Maquiavelo quiso referirse respecto a la política, en cuyo espacio la mitad pertenece al genio del príncipe y la otra mitad a la fortuna. Lo que parece claro es que, en la poesía se da la inspiración —como algo ajeno y distinto del poeta— y las propias habilidades y capacidades de éste; algo que, en las páginas subsiguientes, Paz describirá como la técnica y el estilo que, por supuesto, nunca producirán ni explicarán al poema solos.

Otra imagen que nuestro autor traza es la de la poesía como palabra sublime y como palabra salvaje. Dice que es el arte de hablar en una forma superior y, simultáneamente, es lenguaje primitivo. ¿Quién no encuentra en la poesía o en un poema (aunque no sean lo mismo) las palabras más bellas, más ad hoc al momento preciso, determinado? Pero igualmente, ¿quién no ve en un poema esos términos que hacen brotar en nosotros las pulsiones más básicas de nuestro ser y de nuestro sentir? Entre lo sublime y lo primitivo ya no hay distancia.

La poesía, el poema y la actividad poética implican el seguimiento de reglas establecidas y, también, la invención de nuevas reglas, parámetros y paradigmas. Vemos de nueva cuenta el contraste en el planteamiento del poeta. Reglas del ritmo y del metro marcan el quehacer poético, pero por otro lado el genio y la inspiración de los poetas hacen que brote el poema. Quizá aquí valga la pena una breve digresión. Puede haber poesía sin poema: un paisaje, un momento bello, una armonía estética que la realidad ofrezca, pero no poema sin poesía. El poema, dirá Paz, es el lugar de encuentro entre la poesía y el poeta [2]

Sigue diciendo el Nobel mexicano: la poesía es imitación de los antiguos, copia de lo real y copia de una copia de la Idea (así, con mayúscula). Claro, los poetas beben de los clásicos antiguos, Homero, Eurípides, Sófocles, por mencionar a algunos. Hasta cierto punto en ellos está dicho todo y lo que nosotros añadimos es sólo lo que aprendemos de ellos. Aunque también es verdad que los poetas de ahora también tienen lo suyo: el propio Paz, Borges, Pèguy, se pueden explicar por sí mismos, porque cada poema culmina en sí mismo.

Además, como se ha enunciado, la poesía es copia de lo real y lo real es vastísimo, pero añade a lo real un plus que lo real quizá no guarda en sí mismo. Por ello, creo, añade nuestro autor, es copia de una copia de la Idea. No olvidemos que la Idea es la presencia de la realidad en nuestra mente. Mejor dicho, es la presencia del ser en la inteligencia humana. La poesía lo representa en formas elevadas y bellas. También básicas, como se ha dicho.

La poesía es locura, éxtasis, logos, dice Paz también. Locura en quien hace el poema, en quien lo dice y en quien lo escucha. Sus efectos van más allá de la razón, la desplazan, la olvidan. A quien compone el poema, a quien lo emite y a quien lo escucha le producen éxtasis, una suerte de salir fuera de sí, de estar fuera de sí, salir de su centro, descentrarse, desconcentrarse; y también concentrarse, volver a centrarse, afirmarse a sí mismo. No sólo éxtasis, sino énstasis: concentrarse en el ser. De ahí deriva en logos, palabra, pensamiento.

Es también regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, el infierno y el limbo. Es cierto, con la poesía volvemos a los años infantiles, al seno materno o familiar, ahí, a la matriz en que nos sentíamos seguros, cobijados, acogidos, alimentados. Y del coito no se diga, el éxtasis, el salir de sí mismos para entregarnos al otro, a la otra, al tú personal en quien nos reconocemos y por quien salimos de nosotros mismos. Como dirá el propio Paz en Piedra de sol: “El mundo ya es visible por tu cuerpo.”

Otra imagen de la poesía es la trilogía del juego, el trabajo y la actividad ascética. Como todo juego, es un fin en sí misma. Se hace poesía por la poesía misma, sin un fin ulterior; sin ser la poesía un medio, un utensilio, es un fin en sí misma, como la filosofía. No es un instrumento. El poeta hace poemas porque quiere encontrarse con la poesía. Como los niños, juegan por jugar, pero lo hacen tan en serio que el juego es la seriedad de la realidad misma. Es también trabajo. Como el constructor de catedrales (sigo a Pèguy) el poeta construye edificios verbales donde arriba la poesía. Y sin duda todo ello requiere ascesis, disciplina, método interior para lograrlo.

La actividad poética es confesión. No olvidamos las confesiones de San Agustín, ese largo y tortuoso camino hacia la verdad de nosotros mismos, de los demás, de las cosas y de Dios como fundamento y fuente del ser, de la realidad y de todo cuanto es y existe. O las confesiones de Rousseau como un itinerario de sí mismo. El poeta en cada poema confiesa quién es, cuál es su situación y hacia dónde mira. El poema es una caminata por los senderos de la vida, un río que sigue sus cauces hasta desembocar en el mar de la existencia. Al tiempo que confiesa lo que acaece, el poeta confiesa lo que busca, su fin último. La confesión es histórica y, al mismo tiempo, trascendente, busca trascender.

Es también experiencia innata. Nacemos con ella y, en la actividad poética, no sólo nace el poema sino el poeta mismo, una y otra vez, cada vez que compone un poema, como si fuese un autor distinto. Mejor dicho, cada poema tiene su propio autor, aunque éste haya creado diversos poemas. A diferencia de la experiencia que requiere caminar por la vida, como en la imagen descrita más arriba, la experiencia innata supone un conocimiento, una habilidad y una capacidad previos, anteriores al acto mismo de hacer, leer u oír poesía.

La poesía es analogía, escribe Paz. Y continúa: el poema es un caracol donde resuena la música del mundo y el ritmo y la métrica son ecos correspondientes de la armonía universal. Estas imágenes hablan más allá del orden y de la lógica de la realidad, aunque los incluyen. La analogía une lo desigual y lo contradictorio, establece la correspondencia entre la realidad y el pensamiento. Por ello las imágenes de la música y la armonía universal son elocuentes para describir al mundo como cosmos y orden. Toda contradicción es superada por la poesía.

Es enseñanza, apunta Paz, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. En pocas palabras, formación, humanización, todo aquello por lo cual el ser humano adquiere tal condición. El hombre y la mujer, por la poesía, realizan su humanidad. Es la revelación y la manifestación de lo humano, la danza del lenguaje, ora comunión, ora diálogo consigo mismo. Es lo humano que clama por emerger —de forma rítmica— mediante la palabra.

El pueblo también se expresa mediante la poesía, vox populi; la oda, el canto, las canciones, la música, los corridos, todo aquello que expresa el sentimiento y el mirar de un pueblo son sus voces y sus expresiones entre las generaciones. Es lengua de los escogidos y del solitario. Lengua y cultura, habla y alimento con que los niños y niñas aprenden a ubicarse en el mundo y en la historia. Todos los pueblos tienen un lenguaje con el que cantan a la vida y a la existencia. Lenguaje, logos, que les abre el significado de las cosas y de sí mismos.

La poesía es lenguaje puro e impuro, sagrado y maldito, colectivo y selecto, popular y personal que, como el conjunto de las nubes en el cielo, forma una diversidad de rostros y, al mismo tiempo, no manifiesta rostro alguno. El poema, por su parte, es una careta cuyo reverso es el vacío. Y, con todo, poesía y poema muestran la grandeza de las obras humanas. Esto último —lo grande del hacer humano— le da un giro a la reflexión paciana, porque entonces la figura del poeta se expande más allá de las letras, mas no del lenguaje.

¿Quién es, pues, el poeta? ¿Quién puede hacer de su vida, o de su acción, una obra de arte? No sólo un poeta, un escritor o un filósofo, sino un hombre o una mujer de acción, un político, una política, un empresario o empresaria, un arquitecto o arquitecta, un militar. ¿Quién se atrevería no sólo a hacer vida la poesía, sino a hacer de su propia vida poesía? El propio Paz sugiere que esto segundo sería lo mejor.

 

[1] O. Paz, El arco y la lira. El poema. La revelación poética. Poesía e historia, Fondo de Cultura Económica, México, 3ª edición, 1972, 16ª reimpresión, 2008, p. 13.

[2] Ib., p. 14.

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