En México es muy común escuchar hablar a los personajes más ricos del país en conferencias, cursos, pláticas motivacionales, etcétera, con una narrativa que gira en torno a cómo ellos bajo su “esfuerzo” y “dedicación” lograron hacer una fortuna millonaria. Sin embargo, en ello, no se habla acerca de que en realidad su riqueza se debe, en gran parte, a herencias familiares o nepotismo.
Por años la narrativa sobre la meritocracia ha funcionado como una herramienta de legitimación de la brecha de desigualdad, donde “el pobre es pobre porque quiere” olvidando que, la realidad muestra que se vive en una sociedad controlada, en gran parte, por “nepo babies”.
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El término “nepo baby” que si bien, fue utilizado por primera vez para describir a aquellos artistas de Hollywood que llegaron a la fama debido a la influencia de sus padres, se ha adaptado al contexto global donde el concepto se puede aplicar a cualquier ámbito; una palabra que trae consigo un trasfondo sobre cómo persiste y se agrava la desigualdad.
El concepto que se está popularizando, especialmente por la generación Z, en el contexto mexicano retoma el espacio para reflexionar y cuestionar de manera más exhaustiva y profunda la narrativa de la meritocracia; dónde por años este discurso ha sido aceptado cómo la forma básica del funcionamiento de la sociedad, la cual permite la brecha de desigualdad, pobreza y concentración de riqueza en el país.
De acuerdo con el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, en 2019, 74 de cada 100 mexicanos que nacieron en condiciones de pobreza permanecen en este estrato; mientras que, en el estrato más rico de la población, 57 de cada 100 mexicanos se mantienen en dicho sector.
Aunado a ello, según los datos de World Inequality Report 2022, en México el 80% de la riqueza del país se concentra sólo en el 10% de la población. Agregando que, la Coneval indica que el 76.5% de la población vive en condiciones de pobreza.
En términos sociológicos, Alice Krozer indica que, el hecho de nacer en el sector más privilegiado de la población, permite el acceso a mayores oportunidades y privilegios que no tienen los sectores más pobres.
Un ejemplo de ello se observa en el Informe de Desigualdades 2018, donde de acuerdo a los datos, una escuela urbana es de tres a cuatro veces más probable que los y las estudiantes aprendan más que en una escuela rural.
Además, de acuerdo con el estudio del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, la movilidad es casi imposible dentro de los estratos más y menos ricos de la sociedad. Si bien, la movilidad en los estratos medios es posible, y algunas personas del estrato más pobre logran moverse a los estratos medios, la mayoría de personas no logran salir de las condiciones de pobreza. Junto a ello, el 48% de la desigualdad de logros de la población mexicana se debe al acceso a oportunidades.
Así, se puede observar que el mito sobre la forma en la que grandes empresarios generan su fortuna a base de esfuerzo y “levantarse temprano”, es eso, un mito. No se puede hablar de meritocracia en una sociedad donde no todos comienzan desde una línea de salida, donde atribuir el “éxito” financiero de las personas más ricas a su propio esfuerzo, equivale a legitimar la brecha de desigualdad de la que son víctimas miles de personas.
El hecho de no admitir una realidad donde las condiciones sociales son relevantes para el acceso a las oportunidades y seguir replicando una narrativa que atribuye el éxito de personas privilegiadas sólo a su esfuerzo, sin contar todos los privilegios con los que nacieron, permite legitimar una cultura que revictimiza a un sector amplio de la población que, gracias al sistema, tiene pocas posibilidades de mejorar sus condiciones de vida.
Es así que, como sociedad es necesario cambiar la mentalidad donde se piensa que todos tienen las mismas condiciones para desarrollarse, donde, se permite culpar a las personas de sus propias situaciones, alabando a aquellos que tomaron provecho de sus condiciones familiares y se mofan de su posición asegurando haberlo hecho por ellos mismos.