Se ha normalizado que el presidente López Obrador sea quien nombre a su sucesor, sobre la base de que se debe mantener el proceso de cambio emprendido por él.
Se trata de una base muy endeble, es decir una deriva autoritaria, sostenida únicamente por la arrogante propaganda gubernamental de Las Mañaneras y la amplificación que de ella hacen sus corifeos, que se limitan a repetir, hasta las calumnias.
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Incluso los órganos electorales, en particular el INE con su nueva composición de consejeros, en los hechos han consentido que sea así: que el Presidente se convierta en el Gran Elector, seguros del Gran Advenimiento.
Aunque para eso tengan que claudicar de lo que protestaron cumplir y hacer cumplir, y violentar la legalidad electoral.
Incluso los partidos políticos de la oposición con su silencio están consintiendo que sea así. Al parecer el único que ha levantado la voz es Movimiento Ciudadano ante el INE.
Lo que rifa en este momento es la industria de la adulación política, una práctica que se creía desterrada, o lo estuvo por un breve periodo, pero ahora está más vigorosa que nunca.
Sólo así se entiende que un hombre inteligente como Marcelo Ebrard haya salido con el ofrecimiento de crear una secretaría especial que le de seguimiento a los proyectos emblema del Presidente, la cual (para mayor seguridad) sería encabezada por un vástago suyo, o quien él mande (aunque eso lo dijo).
Cada que puede, el presidente Andrés Manuel López Obrador, recuerda que el suyo no es un gobierno ordinario, uno más pues, sino un cambio de régimen entendido como la destrucción sistemática de todo lo que sirvió en el pasado.
Aunque para ese propósito tenga que equipararse con los grandes próceres Miguel Hidalgo (la Independencia del imperio español), Juárez (la Reforma y la orientación liberal) y Madero (la derrota del caudillismo reeleccionista y arribo de la democracia electoral).
Una osadía de megalómano que no alcanzaron Carlos Salinas y Gustavo Díaz Ordaz, para nombrar presidentes poderosos y pagados de sí mismos. Tuvieron un prurito de decencia.
Abrogarse “el derecho” de designación a su sucesor “se justifica” por razones que tienen que ver con asuntos de poder transexenal, no con el bien de la nación.
Esto es, la orientación del Gran Dedo Elector en su etapa de 4T estará en función del grado de lealtad que los precandidatos (también designados por el Dedo Elector, incluyendo comparsas y porros) le profesen en estos setenta días de precampaña presidencial.
Solamente así se entiende la declaración de Ebrard.
Por lo demás, el bien de México nunca ha estado en la órbita de prioridades del Presidente, pues en su afán de transformarlo (destruirlo) todo y por citar un caso al azar y neutro políticamente, destruyó hasta el sistema nacional de vacunación, uno de los programas de salud que fueron ejemplo y referencia internacional.
Para no referir las grandes promesas (acabar con la pobreza, la corrupción, la inseguridad, mejorar la salud) que hizo que en mala hora los votantes le confiáramos nuestro voto.
Tal vez por eso el gran experto en sucesiones presidenciales, Jorge G. Castañeda, escribió la semana pasada.
Haber impuesto desde ahora quién será el líder del Senado, de la Cámara de Diputados, el secretario de Gobernación y otros cargos por definir es algo insólito en la historia sucesoria reciente de México.
Advertir que durante su último mes en Palacio enviará varias modificaciones constitucionales al Congreso, que deberá aprobarlas antes de su partida, y si no lo hace, su sucesor deberá consumar la faena, es algo que hasta para López Obrador se antoja desorbitado.
No por la naturaleza ilusa de la ambición, sino por su carácter autoritario. El anuncio de que no será necesaria ninguna reforma fiscal para el sexenio entrante constituye otra faceta de la misma ambición.
La trasexenalización se normaliza. Y todo hace pensar que se bajará a los estados y de allí a los ayuntamientos y congresos.
A eso se le llama “transformación”.