Según el autor (Ball), ante las estrategias de control y vigilancia de las prácticas de enseñanza, el docente pierde la posibilidad de toma de decisiones en base a una reflexión individual o colectiva, desdibujándose la particular relación del profesional con su trabajo en escenarios de incertidumbre, relativismo y ambigüedad. El rol docente se torna una tarea técnica. En este contexto, los profesores son animados a pensarse a sí mismos como «profesionales neoliberales», sujetos emprendedores que viven su vida como una empresa personal orientada a la mejora continua de su productividad (Ball, 2003a, p. 217). Tanto los individuos como la organización asumen así la responsabilidad del cumplimiento de las demandas que han sido previamente explicitadas en términos de indicadores estandarizados de manera exógena.
Sergio Antonio Bravo Cuevas y Enric Prats Gil. Performatividad y accountability en educación: una mirada desde el «paradigma neurológico» de Byung Chul Han.
Dice uno de los filósofos de moda, el coreano residente en Alemania Byun Chul Han, que vivimos en la sociedad del cansancio y que esta característica central de nuestra convivencia se debe a que esos mecanismos sociales de control desde el poder externo que planteó en su obra Foucault, se han trasladado al interior del sujeto que ha introyectado al oprimido y al opresor en su estructura psíquica, de manera que hoy no es necesario que alguien explote a otro, porque el sujeto contemporáneo se explota a sí mismo y se violenta a sí mismo bajo la racionalidad del rendimiento.
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Esta sociedad no es una sociedad negativa en la que se identifiquen personas, grupos o instituciones que se imponen y dominan a las personas esclavizándolas sino una sociedad hiperpositiva, en la que se construye la ilusión de la felicidad como deber -ya he hablado aquí de la happycracia- y de la libertad de acción para volverse todos emprendedores, dueños de su tiempo y jefes de sí mismos.
El control externo se ha trasladado al interior del sujeto y por ello las consecuencias negativas del fracaso no se atribuyen al sistema o a la sociedad sino a uno mismo y los efectos son la depresión, la ansiedad y el síndrome del burnout, el efecto de sentirse “quemado” en y por el trabajo.
En este contexto social general, el sistema educativo ha creado políticas y estándares para la automedición y la autoexplotación del docente, concebido hoy como dice la cita de Ball como un profesional neoliberal, como un emprendedor sujeto a la presión interna de mejora continua de la propia productividad.
Resulta así que paradójicamente, los controles y estándares definidos de manera exógena y homogeneizante se van inoculando en los profesores, de manera que se autoconciban como profesionales que cumplen un rol técnico y productivo y la escuela se vuelve entonces una empresa en la que los educandos son los clientes a quienes hay que complacer brindándoles un servicio de mayor calidad cada día, en vez de los futuros ciudadanos que hay que formar como personas realmente auténticas y verdaderamente libres, agentes de su propio proyecto de vida.
En este paradigma producido por el sistema que la filósofa estadounidense Martha Nussbaum llamaría de Educación para la renta, los docentes pierden la capacidad de decisión a partir de la reflexión pedagógica en escenarios inciertos, ambiguos y relativistas, porque su identidad se reconstituye a partir de esta visión meramente técnica en la que hay que cumplir estándares, mejorar rendimientos y reportar resultados cada vez más altos en términos de calidad del producto de este proceso mecánico de enseñanza y aprendizaje.
Los autores del artículo del que tomo las ideas centrales de estas líneas (1), plantean que según este segundo autor, se ha producido “…una fisura entre aquello que el docente considera una buena práctica y/o necesidad para sus estudiantes respecto de aquello que es susceptible de ser incorporado en lo performativo…” para poder generar una rendición de cuentas basadas en estos indicadores fijados previamente y estandarizados por agentes externos pero internalizados como la esencia de la tarea a cumplir.
Debido a ello, el ejercicio docente va perdiendo autenticidad y valor para el sujeto que lo ejerce, con la consecuente desmotivación y desarticulación progresiva de la vocación educadora. Se produce entonces el fenómeno de sustituir las prácticas genuinas de enseñanza y aprendizaje por lo que los autores llaman “fantasías escenificadas para los procesos de inspección”.
Esta falta de autenticidad y de sentido en la propia labor va generando un desgaste emocional e intelectual en los docentes que se van agotando de jugar un juego orientado a la validación y la legitimación de su tarea por parte del sistema.
El ejercicio docente se convierte en el juego de la performatividad para cumplir con la gerencialidad que son las dos formas nuevas de poder y control en este paradigma que va adoptando un régimen empresarial en la organización escolar, que exige un desempeño técnico eficiente más que un compromiso pedagógico fructífero.
En este nuevo escenario, la verdadera realidad del aprendizaje para la vida no es realmente importante. Lo que realmente se valora es “la apariencia de efectividad según la medida definida por quienes ejercen el juicio”. A través de esa apariencia se asume que los docentes y los educandos se van volviendo “…más capaces, más eficientes, más productivos, más relevantes…” y por tanto, “más fáciles de usar…” en una sociedad en la que gobierna la economía del conocimiento.
Siguen diciendo los autores, que según Ball:
“…las prácticas performativas modifican la subjetividad docente: culpa, vergüenza, envidia, incertidumbre, configuran la emergencia de un nuevo profesional de la enseñanza y sitúan en riesgo el «alma» del docente...”.
Por otra parte, al enmarcar el desempeño del alumno y el del docente de acuerdo con datos observables (competencias, learning outcomes, etc.) se genera una competencia individual entre los miembros de la organización que va diluyendo la cohesión del grupo y volviendo prioridad “la performance y responsabilización individual”.
De allí que el sujeto y su rendimiento que no llegan a los estándares establecidos se autocastigan con “la culpa del no-poder en una sociedad positiva”, también la organización escolar y todos sus miembros cargan con la responsabilidad del nivel de logro o resultados que evidencia la información performativa, en relación con estándares predefinidos desde las agencias que detentan el juicio de calidad.
Es decir, así como el sujeto de rendimiento se somete a la culpa del no-poder en una sociedad positiva, así la organización escolar y sus integrantes asumen en un marco de competencia la responsabilidad explícita del “…nivel de logro o resultados que evidencia la información performativa, en relación con estándares predefinidos desde las agencias que detentan el juicio de calidad”. A pesar del discurso de la llamada Nueva Escuela Mexicana, aún no mediado ni definido pedagógicamente ni llevado a la práctica, este parece ser “el juego que todos jugamos”.
(1) Bravo Cuevas, S. A., & Prats Gil, E.(2021). Performatividad y accountability en educación: una mirada desde el «paradigma neurológico» de Byung Chul Han. Foro de Educación, 19(1), 159-180. doi: http://dx.doi.org/10.14516/fde.809