Contrario a lo que comúnmente se piensa, el arte no es algo superficial y prescindible, sino que es una actividad humana tan necesaria como concluyente en el devenir de toda sociedad. Los movimientos artísticos no son fortuitos ni accidentales, se deben a un contexto social, económico y político, y viceversa. Es una relación que forma un espiral por su mutua dependencia en causas y efectos.
En siglos pretéritos sucedieron movimientos artísticos que determinaron cambios en el Viejo Continente, tales como el Clasicismo (Neoclásico) y el Romanticismo, mismos que repercutieron en el Nuevo Continente y sus consecuentes cambios.
Más artículos del autor
Desde mediados del siglo XVIII se va fraguando la Ilustración (comienza la divulgación de La Enciclopedia en 1751) y con ello inicia la modernidad con lo que se marcan nuevas pautas en el desarrollo científico, y que inspiró profundos cambios sociales y culturales. Se descubren las ruinas de Herculano en 1738 y de Pompeya en 1748, lo que obliga a volver la mirada hacia la historia y cultura grecolatina. En 1776 empieza la revolución de liberación de las colonias británicas en territorio norteamericano. En 1789 tiene lugar la revolución francesa. Como consecuencia generalizada surge el liberalismo como régimen político que otorga mayor poder a los ciudadanos, en el que se garantizan la igualdad de derechos. Inician los procesos democráticos.
El Clasicismo debe su nombre a que se fundamenta en los planteamientos griegos que enaltecen los valores sociales de la civilidad, del compromiso del ciudadano ante su sociedad como miembro activo y comprometido con la misma. Si bien en sus inicios el clasicismo estuvo al servicio de los monarcas, en el trasfondo y en una consecuencia de su natural desarrollo, se contraviene en un arma social ante las injusticias de los soberanos. Transcurren las últimas décadas del siglo XVIII, cuando las injusticias sociales alcanzaron niveles tan inimaginables como insostenibles, y el Clasicismo que aparece con Luis XVI se extiende hasta principio del siglo XIX como un referente de lucha y libertad, convirtiéndose en un movimiento que se identifica tanto con la Revolución Francesa como con el Imperio Napoleónico.
En México se le denomina Neoclásico y su representante más reconocido ha sido Manuel Tolsá, inaugurándose con el surgimiento de la Academia de Bellas Artes San Carlos en 1781, donde comienzan los estudios del cuerpo humano, enalteciendo los valores de armonía, belleza y proporción. Sin embargo, el pensamiento estético neoclásico arraigó en México gracias al padre José Márquez (1741-1820), jesuita expulso que publicó Sobre lo bello en general en 1801 en Madrid y Due Antichi Monumenti di Architecttura Messicana en 1804 en Roma, motivando la investigación científica en nuestro país en busca del conocimiento de nuestras riquezas naturales y de su potencial económico.
Todo el continente americano sufre las mismas consecuencias y van construyendo importantes ejemplos de arte neoclásico con que arraiguen sus guerras de emancipación, tal es el caso del Capitolio en los Estados Unidos construido entre 1793 y 1800, y en el que intervinieron varios arquitectos a lo largo de estos años, siendo los de mayor aportación Stephen Hallet, William Thornton, James Hoban, Benjamin H. Latrobe, Thomas Ustick Walter y August Schoenborn.