¿Vamos del “yo tengo otros datos” al “yo soy el único que tiene datos”? El intento del partido en el poder de paralizar o incluso desaparecer al Instituto Nacional de Acceso a la Información puede leerse en ese sentido.
El acceso a la información pública es indispensable pare el combate a la corrupción. Desde la vida privada podemos pensar que la honestidad es algo meramente personal. Y lo es en ese ámbito. Pero en la vida pública, con enormes recursos económicos, la ausencia de transparencia dará lugar sin duda a que algunos conviertan los bienes públicos en su patrimonio privado.
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Sin transparencia, hasta el mismo Presidente de la República puede ser defraudado. No hay manera de que esté al tanto de todo el gasto público en el país. Si el gobierno no se vigila a sí mismo, la posibilidad de complicidades es alta: dejo de ver tus irregularidades, pero comparte algo de lo que te llevas.
La solución es transparentar los dineros públicos para que cualquier ciudadano pueda revisar cómo se han utilizado. Esto pondrá en alerta a los políticos. Habrá ámbitos que seguirán en la opacidad, y que se prestarán a corrupción. Pero irán disminuyendo conforme la vida pública se hace cada vez más pública, y la sociedad más participativa en la vigilancia de los gobernantes.
Alguien declaró que para qué queríamos al INAI si ya tenemos las conferencias mañaneras. Qué más transparencia no era necesaria. Una afirmación que avalaría el resultado: “yo soy el único que tiene datos”. ¿Para qué más? Si el Presidente nos comparte su información, ¿cuál es la necesidad de transparencia?
Lo que recuerda una fantasía novelada, no tan lejana de la realidad: en una república bananera los medios de comunicación tenían un solo criterio: publicar solo lo que al dictador le gustaba leer, ver y escuchar. Sin importar que tuvieran relación con la realidad.
Transparentar los datos es hacer pública la verdad. Ocultarlos es negarla, hacerla ajena al escrutinio público