Son tiempos de cambio en mi vida laboral; haciendo lo que me gusta, pero ya desde otro espacio físico. Tengo un poco de incertidumbre, pero me emociona que mi zona de confort adquirida durante los tres años de pandemia, se acabe. Sé que toda adaptación busca comodidad y estoy muy optimista con la expectativa de que esta gran oportunidad de crecimiento y expansión, ¡como venga!, traerá nuevos lances.
Durante estos últimos meses que regresé al trabajo presencial he tenido la fortuna de tratar con jóvenes universitarios en sus veintes. Llegué con algunos prejuicios de que yo estaría fuera de lugar ya que ellos, encuentran ipso facto la información que buscan al googlear, por lo que mi relación inició con cuidado y a distancia al pensar que no les interesaría escuchar a una persona mayor. Pasado los meses, la convivencia nos relajó a todos y empezamos a compartir de una manera muy agradable y amable.
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Con mi anunciado cambio, me acerqué a ellos para decirles que ya no estaré en las mismas instalaciones que ellos, por lo que, si algún día algo se les ofrecía algo que esté en mis manos, ¡encantada!
No me lo esperaba: uno de ellos, Diego, se puso triste. Su rictus fue sincero. De inmediato me dijo: “¿De veras?” Le respondí que sí y añadió: “Te voy a extrañar… porque contigo, siempre, algo se aprende.”
Me conmovió y confirmé que la de los prejuicios siempre fui yo.