La semana pasada analizábamos la disyuntiva en la que se encontraba Banco de México (Banxico) respecto a subir de 10.5 por ciento la tasa de referencia a fin de compensar la posibilidad del efecto de salida de capitales a través de un premio adicional a riesgo para mantener un peso mexicano fuerte, variable muy atractiva en el discurso político.
El movimiento se lo dejé a su reflexión. Un alza de tasas daría por consecuencia una estabilidad a la ya mostrada fortaleza del peso, dado que una porción de los capitales se mantendría en pesos como consecuencia del premio adicional al riesgo. Por el contrario, mantener la tasa en 10.5 por ciento cuando la tasa en Estados Unidos tendería a incrementarse derivado del dato de solidez en el mercado laboral podría repercutir en salida de capitales a un destino mucho más seguro con el beneficio de un premio adicional al riesgo en el caso del dólar americano.
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El resultado era el esperado, incluso por encima de este. La tasa fue incrementada de 10.5 a 11.0 por ciento o 50 puntos base cuando la mayoría de los analistas esperaban aproximadamente un aumento de 25 puntos base. El razonamiento detrás fue el ya descrito, el mantenimiento de un peso mexicano fuerte como consecuencia de un aumento del premio al riesgo, que a la vez fortalecería la percepción – y discurso político – de que un peso fuerte es un logro de la 4T.
Pero, ¿es esta la medida correcta para frenar la inflación? La respuesta es distinta para el caso norteamericano que para el caso mexicano dado que el origen de la inflación en uno y otro país es distinto. En el primer caso, el norteamericano es consecuencia de una política monetaria expansiva que explicábamos la semana pasada, en la que los medios de pago fueron incrementados en el mercado de manera drástica en el primer semestre de 2020 a fin de mantener la economía estadounidense en vigor a pesar de la crisis sanitaria. En este sentido, un incremento en la tasa de referencia en esta economía tendrá efectos positivos en la contención de su inflación.
Para el caso mexicano no es la misma respuesta dado que la causa de inflación en nuestro país no es el exceso de medios de pago sino la contracción de la oferta ocasionada inicialmente por la crisis sanitaria, por la carencia de insumos importados necesarios para la producción doméstica en gran parte por la guerra de Ucrania y finalmente por la limitada capacidad de nuestro país para producir sus propios alimentos. Por tanto, un aumento en la tasa de referencia, como lo explicábamos desde octubre del año pasado en mi columna Del Paquete Contra la Inflación y la Carestía al Acuerdo de Apertura Contra la Inflación y Carestía no iba a ser la solución a la inflación en México.
No solamente eso, sino que el aumento de 50 puntos base en la tasa doméstica tendrá un alto costo adicional en términos de servicio de deuda interna, misma que ha presentado altos niveles históricos rondando el 50 por ciento en los últimos tres años como proporción del PIB viniendo de niveles de 20 por ciento promedio entre el año 2000 y 2003 de acuerdo con la propia Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP).
Es entonces cuando queda al descubierto que la opción tomada de incrementar la tasa de referencia de 10.5 a 11.0 el jueves pasado obedece a variables políticas más que económicas. Eso lo deja claro la gobernadora del Banco Central, Victoria Rodríguez Ceja, cuando la semana pasada ella misma reconoce que la dinámica de inflación entre México y Estados Unidos es “muy diferente”. Entonces, yo pregunto, ¿por qué entonces sigue la misma receta si la problemática es diferente?