“La obra de arte es una invitación a participar, a hacer la experiencia, a ver por sí mismo. Así como el matemático se aparta de la verificación científica para explorar nuevas posibilidades de organización de los datos, así también la obra de arte lo invita a uno a apartarse de la vida práctica y a explorar posibilidades de una vida más plena en un mundo más rico”.
Bernard Lonergan. Método en Teología, p. 68.
Recientemente participé en una reunión en la que se habló del arte y su potencial educativo, de la doble posibilidad formativa que tiene el contacto con las expresiones artísticas, por una parte, generando que los estudiantes y profesores vayan a vivir la experiencia de una exposición, un concierto, una presentación de danza, etc. Y por otro lado, haciendo que el arte vaya al aula, que se incorpore como un elemento transversal del currículo de cualquier asignatura.
Más artículos del autor
Es por ello que decidí escribir esta semana sobre el potencial educativo del arte y la necesidad de darle un mayor espacio y hacer una valoración más justa de sus aportaciones formativas en un contexto en el que se priorizan por encima de todas las demás asignaturas, las Matemáticas, el Español y las Ciencias Naturales, por encima de las humanidades, las ciencias sociales y por supuesto muy lejos de la educación física o las disciplinas artísticas que son consideradas casi como de relleno o como complementos en el trayecto escolar y universitario.
En el capítulo sobre la significación de su libro Método en Teología, el filósofo canadiense Bernard Lonergan plantea el arte como uno de los soportes fundamentales de la significación junto con la intersubjetividad humana, el lenguaje, los símbolos y la vida de las personas. Al referirse al arte, toma como punto de partida la definición de Suzanne Langer en su libro Feeling and form que dice que el arte es la objetivación de un esquema puramente experiencial.
Este esquema puede ser abstracto como la partitura de una obra musical o el guion de una película o concreto como el conjunto de sonidos relacionados o de colores y formas combinadas de una pieza musical o una pintura. Se habla de la obra de arte como un esquema concreto en el sentido de que el espectador no capta los colores aislados o los sonidos de cada instrumento por separado, sino el conjunto de relaciones entre estos elementos percibidos como un todo complejo.
Se trata de un patrón puramente experiencial porque en el creador surge la obra en su experiencia, dejando de lado los esquemas teóricos o conceptuales ajenos al acto de crear, y después tiene que tomar distancia de esta experiencia para objetivarla en formas, palabras, sonidos o colores. Lo mismo pasa en el caso del espectador que para disfrutar la obra como tal, debe dejar de lado patrones previos de carácter intelectual, estilístico o incluso utilitarista y dejarse transportar por la obra desde la experiencia pura de lo que está percibiendo.
Como afirma Lonergan:
“…A esos colores, formas y sonidos se suma luego un séquito de asociaciones, afectos, emociones, tendencias, incipientes. De ellos puede brotar una lección, pero no se puede ir a darles una lección con pretexto didáctico, moral, o de realismo social...” (p. 66).
De aquí podemos extraer una primera conclusión para pensar en el potencial educativo del arte. Porque muchas veces se pretende exponer a los estudiantes a obras artísticas que tengan un “mensaje” predeterminado que les aporte una lección didáctica, moral, ideológica o religiosa y no mostrarles obras de arte diversas que surjan de la objetivación puramente experiencial de artistas de diversas formas de ver e interpretar el mundo y la vida, lo cual hace que el arte -si es que a algunas de estas obras se les puede llamar arte- se convierta en un medio de adoctrinamiento y no en una experiencia formativa.
Para que el arte tenga un efecto formativo, debe ser ante todo arte, es decir, expresión libre de sujetos que a través de sonidos, palabras, formas, colores, imágenes o historias objetivan un esquema de su experiencia estética pura y desprejuiciada, dejando que las asociaciones, afectos, emociones y tendencias broten también libremente en cada educando, de su experiencia personal al exponerse a esas expresiones artísticas.
Porque para que el arte sirva como elemento educativo debe asumir de entrada que cada estudiante tiene la capacidad de “maravillarse, de sentir el temor reverencial y la fascinación, con su capacidad de abrirse a la aventura, a la audacia, a la grandeza, a la bondad y a la majestad” (p. 66) que la obra desata en cada uno.
Lo mismo tendría que ocurrir cuando se lleva el arte al aula.