Logo e-consulta

Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La Martina

En medio de la batalla campal entre policías y saqueadores, vengué la vida de la Martina

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Miércoles, Enero 11, 2023

La Martina tuvo un niño. Fue un parto muy difícil, desde la casa se le había roto la fuente y el chamaco se le iba saliendo en el taxi que mi mamá paró a la fuerza poniéndose en frente y luego rogándole al chofer que las llevara. No las querían recibir en el hospital, pero como ya iba casi naciendo la criatura, se apiadaron de ella y la pasaron a la sala de expulsión. Resultó después que el bebé venía al revés y tuvieron que esperar por alguien que pudiera enderezarlo para que saliera. El doctor tardó mucho y la Martina estaba sufriendo de a feo, se desangró mucho. Cuando nació la criatura apenas si lo miró su madre y con la cara pálida y un intento de sonrisa, se desmayó. Ya no despertó.

Esto pasó la misma noche en que se hizo el saqueo de la tienda en la Plaza Floresta, como protesta por el alza de la gasolina. El Nenuco, malandro bien conocido, había avisado que esa noche nos juntáramos para ver qué se pudiera sacar, nos dijo que entre más fuéramos, menos chance habría de que nos apañaran. Yo tenía mis dudas y no es que sea zacatón, más de una vez le entré a los fregadazos con bandas de otras colonias o para rescatar a un amigo de la policía. Esas veces había sido por algo razonable, pero el robar cosas por pretexto no se me hacía chido.

Más artículos del autor

Finalmente llegué justo cuando dieron el portazo y la banda se metió a toda prisa para sacar lo que pudieran. El Nenuco repartía a la gente por los pasillos de las cosas de valor, lo que era comida no lo tocaron como no fuera para tirarlo y hacer más grande el desorden.

Unos sacaban licuadoras, hornos de microondas, otros, cajas de bebidas alcohólicas o ropa. El Nenuco se fue por las pantallas. Tomó una de cincuenta pulgadas que en ese momento estaba prendida, casi arranca el cable de corriente y se la cargó. Afuera, en el estacionamiento, había una camioneta donde estaban subiendo todo lo que sacaban; ya habían hecho un plan para apoderarse de todo tipo de aparatos. Volvió a la tienda y esta vez tomó de un estante otra pantalla que venía todavía en su caja. Yo veía todo a distancia, no tomé nada, solo me daba cuenta de todo lo que pasaba.

Llegó a ayudarle un tipo que yo no conocía y le dijo que él podía con el aparato, que buscara otro y se diera prisa. Iban los dos con su cargamento conmigo detrás de ellos. Cuando salimos escuchamos gritos y sirenas. Las luces del estacionamiento se apagaron y solo alumbraban las torreras de la tira.

Por el altavoz, los policías decían que dejáramos la mercancía y nos retiráramos. Se me hizo extraño que la chota no quisiera cargarse a nadie, pero como la gente no soltaba nada y solo daban como respuesta insultos a gritos; por el altavoz se volvió a escuchar la advertencia de que nos dispersáramos. En ese momento la gente dejó lo que traía, pero no para irse a sus casas, sino para enfrentar a los policías arrojándoles piedras, palos, lo que encontraran. En eso salieron los antimotines con sus escudos y toletes caminando en grupo. Los proyectiles no cesaban y comenzaron a caer las primeras víctimas de lado de los uniformados. Al encontrarse los dos bandos, cayeron los primeros del lado de los revoltosos.

La pelea fue campal. El Nenuco estaba escondido detrás de la camioneta donde habían metido los aparatos electrónicos, solo mirando cómo la gente peleaba por él sin dar tregua. Eso me llenó más de coraje y recordé a lo que había ido. Corrí entre la gente y de pronto un tolete alcanzó mi pierna y me caí. En el suelo me di cuenta que me había golpeado un garrote que había salido volando. Me arrastré un poco y luego me paré para seguir mi camino cojeando.

Los altavoces seguían diciendo que la gente se retirara, pero la lucha fue más violenta. Entre la luz azul y roja vi un grupo de señoras estaban en el suelo llorando con las cabezas ensangrentadas mientras unos granaderos las vigilaban, Por otro lado, había policías sometiendo a uno de los saqueadores, pero también había vatos pateando a un policía en el suelo.

No se veía quien fuera a ganar la pelea; eran oleadas hacia un lado o hacia el otro, nada parecía detener ese caos hasta que un par de disparos dejó a todos congelados. Tal parecía que eran tiros de advertencia diciendo que el asunto era en serio. Todos quedaron como estatuas sin saber de dónde habían salido las balas.

Los granaderos no traen pistolas y de los saqueadores no se sabía que fueran armados, solo yo supe la verdad. A mis pies estaba hincado el Nenuco con la boca llena de sangre, mientras se resbalaba al suelo alzó los ojos y me miró como quien pregunta “¿Por qué?” y le aclaré Te plomié, no porque seas un ratero, sino por haber embarazado a la Martina y si acaso te la encuentras, me la saludas, hijo de perra”.

 

Vistas: 1180
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs