Cuando uno estudia Ciencias Políticas o Ciencias de Gobierno, tanto catedráticos como estudiantes cuestionan la pertinencia de que un funcionario público ponga en práctica sus creencias religiosas con sus actividades públicas diarias. Es un verdadero dilema.
¿Qué tan conveniente y necesario es que un cristiano, católico, musulmán o judío -por mencionar algunos- aterricen su fe, y practiquen su doctrina en la vida política cotidiana?
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En lo personal considero que es de vital importancia. Es algo toral. Todas las religiones -hasta donde yo sé- promueven la paz, la armonía, el amor, la solidaridad, la misericordia, la caridad, el Bien Común. Ninguna promueve el odio a los demás.
Las malas interpretaciones que hacen algunos extraviados de los textos religiosos como la Biblia, el Corán o el Talmud es otro asunto; son personas que se pierden en sus locuras literarias, en las que únicamente se enfocan en los aspectos negativos de esos libros y no en los positivos.
En el caso del catolicismo, por ejemplo, la Biblia invita y recuerda una Regla de Oro: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Si se parte única y exclusivamente de ese principio, en México y el mundo habría excelentes gobiernos.
Claro, si se practicaran otros Mandamientos como el “no robarás”, “no levantarás falso testimonio”, “no mentirás”, la vida pública sería mucho mejor -por no decir de excelencia- para toda la sociedad.
En términos prácticos y reales, de cumplir con esos valores se estarían resaltando figuras tan importantes como la Transparencia y Rendición de Cuentas; se estarían haciendo a un lado la calumnia, la difamación, la corrupción, la deshonra.
Por eso, los ciudadanos de bien se preguntan permanentemente: ¿Es mucho pedir a un cristiano, a un católico, que practiquen su fe en el campo que les corresponde?
¿Es una carga realmente pesada para un gobernador, alcalde, diputado, senador, juez o magistrado, que se dicen “practicantes” de estas doctrinas milenarias, aterrizar sus creencias en el ejercicio profesional cotidiano? Yo creo que no.
Hay políticos que dicen que rezan tres Padre Nuestro y tres Ave María todos los días, y que piden a diario por su pueblo; hay otros que afirman van los fines de semana a misa.
Eso es insuficiente, vano y frívolo si en sus responsabilidades diarias no velan por los más pobres, por los más vulnerables, por los más desprotegidos. Si no son justos y políticamente entregados a las causas más nobles. Si no se alejan del mal.
Aquí no se está planteando que plasmen sus creencias religiosas en el campo de las políticas públicas, por los candados laicos y universales que se mandatan. Para eso hay otros valores políticos que son semejantes y aplicables.
Lo que se analiza es la pertinencia, la necesidad, la urgencia de que lleven sus creencias de bien y de bienestar, su fe religiosa, al terreno de lo profesional. De ser así, las sociedades contemporáneas cambiarían.
Es cierto, es muy muy complicado resistir un “cañonazo de 50 mil pesos” como funcionario público, pero no imposible. Un político católico-cristiano debería tener siempre presente la enseñanza de su creador: “No cambiar la vida por un plato de lentejas”, o dicho de otra forma: “No arrojar las perlas a los cerdos”.
@elmerando