La cultura es el alma de una sociedad vibrante, que contribuye a mejorar la calidad de vida y a su vez ayuda a aumentar el bienestar general tanto de las personas como de las comunidades, además de proporcionar importantes beneficios sociales y económicos.
Como sociedad, tenemos la responsabilidad social de conservar lo que heredó de la generación pretérita, así como, la obligación de transmitirlo íntegro y mejorado a la generación futura.
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Esas razones, entre otras, me motivaron a presentar hace algunos días una iniciativa para adicionar dos párrafos al artículo 288-G, para permitir a las instituciones competentes y los museos, disponer a corto y mediano plazo, de acuerdo sus necesidades, de los recursos autogenerados y de una capitalización por los servicios culturales prestados, sea avalada en el Congreso de la Unión.
Los recursos del sector cultura, producto del cobro de derechos, contenidos en el artículo 288 de la Ley Federal de Derechos, son necesarios para poder complementar su presupuesto.
El patrimonio cultural sobrevive a través de los siglos, gracias a la creatividad de la sociedad en cada temporalidad, para proporcionarle uso (privado o de utilidad social) esencial, con la energía que lo mantiene, reinventa y resignifica para mantenerlo activo y vigente.
Materializarlo solo es posible mediante una gestión adecuada que se sustente en el conocimiento, control, planeación y difusión, lo cual implica, capacidad técnica en materia arquitectónica-urbana para adaptar la herencia de cada periodo, en su presente, sin menoscabo de los testimonios del pasado y vislumbrando su permanencia y disfrute en el futuro.
Puebla se preparó en los años ochenta del siglo pasado, para compartir con el mundo su patrimonio cultural y obtener el reconocimiento de UNESCO en 1987.
Y también desde el siglo pasado México trabajó para obtener otras denominaciones, así, se consiguió inscribir a la Cocina Tradicional Mexicana, la Música del Mariachi y el Carnaval de Huejotzingo, en el apartado de los intangibles, así como los Conventos Franciscanos en las faldas del Popocatépetl.
Con una denominación equivalente, de Puebla se inscribieron en Memoria del Mundo a la Biblioteca Palafoxiana y algunos volúmenes del Archivo General del Municipio de Puebla y otros de la Biblioteca José María Lafragua de la BUAP.
Asimismo, se consiguió las denominaciones de “Poblados Típicos y de Belleza Natural” y, más recientemente, la denominación de “Tesoros de México”, transferida a su versión local: “Tesoros de Puebla”.
Con las denominaciones conseguidas bien podría llamarse a la Angelópolis: “Puebla la Ciudad del Saber” o “Puebla Ciudad Educadora”, debido a su riqueza cultural.
Pero de nada sirven todos estos reconocimientos, si las malas decisiones que se toman desde el Gobierno tienden a menoscabar la riqueza cultural del país.
Para responder a las nuevas circunstancias y retos, los gobiernos de los tres niveles deben contribuir a la actualización arquitectónica-urbana, obligada por la globalización del siglo XXI; renovar la infraestructura, las comunicaciones vehiculares, digitales, y también los espacios públicos.
La crisis del sector cultural se ha venido agudizando en los últimos años, por visiones retrógradas que no valoran en su justa dimensión los múltiples beneficios que la cultura y sus manifestaciones y expresiones llevan a las sociedades.
Es una realidad que la insuficiencia presupuestal en el sector cultural ha impactado en la caída del empleo y de la producción, además la falta de inversión de entidades federativas y municipios, han provocado un largo proceso en la recuperación de empleos, de espacios, de servicios y de proyectos productivos.
Por ello, urge trabajar en sinergia para continuar posicionando a México y a mi amada Puebla como uno de los destinos turísticos y culturales más importantes del mundo entero.
Tengo la certeza de que la cultura puede contribuir de manera más importante, al mejoramiento de la calidad de vida de todos los mexicanos, incluyendo el fortalecimiento de la economía nacional.