Que somos presas del lenguaje, de la historia, de nuestros sentidos, de nuestros pensamientos, etc. es más que probable, seguro. Y, sin embargo, ¿cómo lo sabemos? ¿Cómo podríamos salir de nosotros mismos para saber si hay mundo “allá afuera”? La solución es simple: no hay afuera. Pero no porque, entonces, seamos nosotros la medida de todas las cosas. En cuanto decimos “nosotros” ya hemos formulado un “no-nosotros” indeterminado, un fondo que no es producido por nosotros. Es la paradoja de todo límite: que, por un lado, existe realmente, pero, por el otro, no puede ser expresado sin rebasarse.
¿Cómo es que hablamos de prisiones, de límites y de finitudes? Si fuéramos gota de agua en el agua, no sentiríamos limitación alguna. Pero, podemos decir una cosa y hacer otra. Podemos equivocarnos al decir que A es B, cuando no es el caso. Podemos ver el pato o el conejo en aquella famosa ilusión óptica. Podemos separar el plan de la ejecución, la intención del resultado. Hay capitalismo democrático y autoritario. Comunismos ecocidas. Podemos fallar un tiro. Decir una mentira. Aparentar, incluso engañarnos a nosotros mismos. Hay impulsos que nunca se desahogan y cuyo ser-inhibido posee los efectos más brutales, golpes que se frustran, palabras que se desvían. Pero también se agrieta el mundo no-humano. La inteligencia animal ya despedaza el orden inmanente del mundo y lo reconstituye para solucionar problemas. La memoria de los seres más simples divide el mundo entre la actualidad del presente y su registro en un sistema nervioso. O el sistema de escritura de la vida, el ADN, divide ya el plan (para no decirlo con tanta vulgaridad: el genotipo) de la actualización (el fenotipo). Freud lo encuentra en el sueño: hacer pasar una cosa por otra (desplazamiento) o fusionar varias cosas en una (condensación). En el lenguaje es la naturaleza misma del signo: una cosa por otra, total (metáfora) o parcial (metonimia). Por ello, todo llamado a la “concreción”, tratando de disipar lo “abstracto”, lo “espectral” o las ambigüedades fracasa. En los niveles más elementales está todo ya fracturado, pero no separado.
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Este juego, como un candado cilíndrico de combinaciones, nos permite rotar diferentes discos obteniendo diferentes resultados. Es como aquellos libros para niños se pueden producir animales fantásticos. En ellos encontramos diferentes animales divididos en tres secciones: superior, media e inferior, tal que podemos tomar la primera de un animal, la segunda de otro y la tercera de uno más. El resultado es una bestia combinada, un monstruo que proviene un mundo capaz de dividirse y (re)combinarse. Esto sucede no sólo entre elementos (átomos, genes, letras), sino entre sus dominios. Husserl dice que el fondo de toda actividad humana es la tierra y que ésta, no como planeta, sino como base generatriz última, no se mueve. Tiene razón, excepto que esta tierra, de donde surgimos, posee sus líneas de fractura, sus capas tectónicas. Por eso tiembla. Tomemos solamente nuestro cuerpo, unido, pero no soldado: articulado/desencajado. Por ello es preciso aprender a caminar, haciendo pasar la fuerza de gravedad por cada punto del cuerpo para poder andar fluidamente. Por ello debemos aprender a tomar el impulso del piso para dar un golpe con la mano. Por ello el cuerpo puede pelear, caminar o danzar, moviendo el peso, la energía y la fuerza de manera diferencial y en diferentes articulaciones. No menos crucial es la paradójica articulación social inconsciente sobre la base de desarticulaciones (como la incapacidad de ponerse de acuerdo o de adoptar fines comunes) de individuos.
Hay interioridad. Desde la célula que hace una membrana para distinguirse de un entorno, al individuo, que, aún formado por la sociedad y los otros, existe también en independencia relativa; hasta la humanidad, que supone una intimidad respecto a su entorno si la comparamos con otras especies. Interioridad mal entendida, porque no es encierro, sino membrana, ecualización de las relaciones: acelerar o ralentizar, filtrar, abrirse y cerrarse de manera alternada y diferenciada. No es necesario salir no porque no haya interioridad, sino porque habitamos una interioridad dividida y dinámica, pero interconectada. La célula deja pasar electrolitos, pero no cualquier sustancia. Nosotros dejamos pasar a tales y cuales personas por la frontera, del país o de la casa y con ello hacemos justicia o no al principio de hospitalidad. No necesitamos salir, sobre todo, porque el mundo se desencaja y se desfasa todo el tiempo respecto a sí mismo, de donde surgen todas sus potencialidades, su inquietud. No está sujeto al principio de sincronía absoluta. Es decir, que admite que las cosas salgan de su centro, que se alejen de su lugar, que la unidad se rompa sin estallar en múltiples unos, independientes separados, subsistentes.
El mundo es uno, pero no de una sola pieza. Eso significa que sus miembros (las cosas, los entes, sus habitantes) están siempre en relaciones, interconectados, pero que dichas conexiones no los agotan. Extraña idea. No hay cosas aisladas en el universo. Siempre están unidas, conectadas, sea por un enlace concreto o por un campo. De manera actual o virtual, todas las cosas están referidas unas a otras. A nivel atómico. A nivel biológico. A nivel lingüístico. Las partículas reciben su masa del bosón de Higgs (es decir, no poseen la “propiedad” como objetos aislados, sino que la reciben de otro); la vida se inserta en un entorno con otros seres vivos y en cadenas de transferencia de energía y otras sustancias. Las palabras significan en relación con otras palabras. Hay pues individuos y relaciones. Juego de individuos con ellas, sin estar atados, pero nunca sin ellas.
Hay participación y sustracción. Al mismo tiempo. Es lo que humanamente nos permite eso que llamamos experimentación. Experimentar significa mantener un marco estable para realizar una variación y mirar el resultado. No se pueden mover todos los marcos al mismo tiempo, porque entonces no hay cambio en absoluto. El cambio o experimentamos de manera local. Cambio e invarianza. A la vez. Si todo estuviese pegado en redes y enlaces no podría ser otra cosa, es preciso que cada individuo posea una sustracción o independencia relativa. Pero es preciso que el individuo no esté cerrado ni acabado, que siempre esté volcado a los otros. Una palabra, por ejemplo, puede combinarse con otras. No con cualquiera. Pero siempre debe hacerlo. Incluso cuando se pronuncia aisladamente supone siempre ya a la otras y resuena en un ruidoso silencio cargado de significaciones.
Muy poco se nos da directamente. Usualmente lo reconstruimos, lo inferimos, lo hipotetizamos. Pero no como un modo de especulación vacía. Más bien vamos reconstruyendo las conexiones a partir de la variación y la perspectiva. Seccionamos, separamos, unimos, combinamos. El mundo no es de una sola pieza y por ello puede jugar. Es por ello que el mundo es el primer experimentador. Nosotros solamente continuamos su juego.