Estamos próximos a conmemorar el Día Internacional de la Paz, una fecha dedicada al fortalecimiento de los ideales de paz, tanto entre las naciones y todos los pueblos, como entre los miembros de cada uno de ellos.
Hoy, más que nunca, esta fecha cobra vital importancia dado el contexto geopolítico en el que vivimos. Por un lado, las alertas mundiales se encuentran encendidas por la guerra que libran Ucrania y Rusia.
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Son más de 200 días en los que las pérdidas, sobre todo humanas, han sido cuantiosas. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU) las muertes confirmadas de civiles ucranianos rebasan las 5 mil 500, aunque se cree que el número real es de decenas de miles, además de que la cifra de refugiados ha superado los 6.6 millones de personas.
Por otro lado, las bajas militares han sido cuantiosas en ambos bandos, con alrededor de 9 mil ucranianos muertos y hasta 25 mil rusos. La destrucción ya le ha costado a Ucrania al menos 113 mil 500 millones de dólares para reconstruirse.
Además, la producción agrícola de Ucrania, así como de otros países que dependen de ella, se ha visto gravemente afectada, dejando una estela de hambruna a nivel mundial. Especialistas vaticinan que la guerra le costará a los agricultores y empresas agroindustriales del país unos 23 mil millones de dólares en pérdidas de ganancias, equipos destruidos y costos de transporte.
Pero más allá de los crueles estragos de la guerra en el ámbito internacional, la paz en nuestro entorno más cercano también se ve gravemente alterada por una avasallante ola de violencia. Homicidios, feminicidios, desapariciones y periodistas asesinados se han convertido en el pan de cada día en México. Tan sólo el mes pasado, agosto, en el país se registraron 2 mil 304 homicidios dolosos, aproximadamente 74 al día.
Aunado a ello, hasta mediados de este mes de septiembre, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, sumaba más de 105 mil personas bajo este estatus. Asimismo, este 2022 se ha convertido como el año más mortífero en la historia del país para los periodistas.
Por si esto no fuera suficiente, entre enero y julio de este año, 530 mujeres han sido víctimas de feminicidio.
Paradójicamente, este sombrío panorama nos da claridad sobre la dura batalla que libra el mundo en torno a la procuración de la paz, en la que día a día gana terreno una imperante violencia social.
En este sentido, es que se podría pensar en que la solución a estos problemas debe venir desde afuera, desde las políticas públicas que generan las autoridades para afrontar los problemas de inseguridad en las ciudades. Sin duda esta labor gubernamental es prioritaria, sin embargo, también hay mucho qué hacer en un contexto más personal.
Es por ello que resulta vital preguntarnos cuál es el papel que debemos asumir para mermar estos estragos, que claramente afectan a nuestro entorno y, desde luego, a nuestro bienestar integral.
Para ello es prioritario reflexionar sobre que la violencia no es un comportamiento natural del ser humano, por el contrario, es una conducta aprendida que nace del deseo y la tendencia de hacer daño a otros por razones diversas.
Se gesta en un entorno simbólico, pues se origina de construcciones ideológicas, es decir de ideas negativas que se tienen respecto a algo o alguien, por prejuicios o estereotipos.
Aunado a ello, la violencia no sólo se materializa en el mundo físico, ejerciendo una acción transgresora en contra de otro, sino que también se produce en la propia descalificación mordaz al que es diferente.
Es por ello que, si bien la guerra entre naciones es un acto violento que supera lo que podamos o no hacer en el ámbito personal, la tarea que tenemos en nuestras manos para contribuir a forjar una mejor sociedad es también muy grande.
Y es que la paz está enraizada en valores como el respeto, la solidaridad y la empatía, los cuales se materializan en acciones desde un microentorno.
No tirar basura, no ofender, no difamar, respetar la propiedad ajena, ayudar al indefenso, tratar de entender al otro, son algunas de las pequeñas acciones que al ponerlas en práctica nos permiten ser impulsores de una cultura de paz.
Sin duda, el planeta y todas y todos quienes lo habitamos estamos urgidos de vivir en armonía y tranquilidad. Estoy convencido que es posible lograrlo y para ello será vital tomar en nuestras propias manos la acción, ya que como decía el gran Mahatma Gandhi “necesitamos ser el cambio que queremos ver en el mundo”.