A Bárbara Ganime Bornne con todo mi cariño.
Que su viaje al otro lado del arcoíris sea sagrado.
La joven entró a una tienda deportiva a comprar un juego de pants en un centro comercial de prestigio en la Ciudad de México. Sabía su talla porque días antes había adquirido unos en color negro que le quedaron perfecto. Eligió en color gris claro. La chica que atiende le preguntó si se lo quería probar y respondió que no era necesario. Tenía en mente cambiarse la ropa de trabajo que traía puesta por los pants para estar más cómoda y así disfrutar las demás compras que tenía planeadas.
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Pagó el conjunto, salió de la tienda con paquete y bolsa en mano, y se dirigió al baño de mujeres ubicado en el tercer piso de las instalaciones. El baño estaba vacío por lo que pensó que podría cambiarse con calma y verse en el espejo.
Se metió al primer baño que encontró, se empezó a quitar la ropa para ponerse los pants cuando escuchó un click-click-click;. Se confundió sobremanera porque estaba segura de que no habría nadie más adentro, además de que ese inconfundible sonido era el de una cámara tomando fotos. Se estremeció y al voltear la mirada hacia abajo, vio una mano con un celular. Con pánico y gran rapidez se puso la sudadera y violentamente abrió la puerta para toparse de frente con un tipo joven con gorra roja que salía del baño contiguo con celular en mano.
Paralizada de miedo por saberse sola y sin nadie quien pudiera escucharla al gritar, con boca seca, voz pasmada y brazos entumidos de pavor, como pudo se le fue a los golpes al tipo y con un grito ahogado apenas audible, lo confrontó: “¡¿Por qué me estás tomando fotos?!” En ese momento, entré al baño y al verme, casi en asfixia, aulló: “¡Me estaba tomando fotos!”
El tipo se escabulló; salió corriendo detrás de él para perseguirlo y le gritó que era un depravado ¡que lo detuvieran! Buscó ayuda para la muchacha que estaba conmocionada. Cuando regresó al baño, una mujer de seguridad estaba con ella y en seguida llegó una paramédico para atenderla. Le preguntó a la de seguridad si había cámaras para identificar al depravado de la gorra roja y me dijo que sí, que ya había avisado.
Al narrar los hechos escuché a la joven decir con voz desconsolada: “Si no hubiera sido por la señora que entró al baño en esos momentos, el tipo quién sabe qué me habría hecho…”
No se puede vivir así.