Las reglas cambian de nuevo en la educación. Cuando pareciera que las condiciones pandémicas comienzan a ceder para volver al tan anhelado encuentro presencial entre profesores y alumnos de forma definitiva, con todos los ajustes que esto implica, llegan las instrucciones del inicio de la etapa piloto del nuevo marco curricular. Como si ser docente, si hacer escuela, se tratará de tomar un nuevo libreto y venir a recitarlo a los salones de clases.
Sin embargo, ser docente en medio de estos cambios no consiste “en ir a dar la clase”, “en ir a reproducir un nuevo discurso”. La práctica docente, pese a las narrativas instauradas que la legitiman como una mera reproductora de prescripciones hechas por otros, es en realidad un fenómeno complejo, subjetivo e intersubjetivo. Por lo que la desconsideración de este cariz de la docencia en la implementación de los cambios curriculares puede destinar dichos cambios al fracaso, a la simulación.
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Salir de esta lógica dominante implicaría reconocer, más bien que, la enseñanza es una práctica reflexiva, donde el profesor es un sujeto formado por sus historias internalizadas de vida y a partir del cultivo en el conocimiento de otros mundos asociados a su mundo del trabajo en el aula. Lo que vuelve necesario resaltar el carácter interpretativo del profesor, cuyo quehacer cotidiano del docente tiene lugar entre la tensión de la rutina y la innovación, en la tensión del mundo que como educador quisiera forjar, el mundo prescrito del conocimiento común y las demandas sociales, así como el mundo de los intereses de los alumnos (Aoki, 2005). Es por ello, que para Aoki hablar de la interpretación del profesor, es volverlo el interlocutor de una conversación complicada en la que se vuelve puente entre el currículo-como-plan y el currículo-como-vivido, entre el estado y la multitud, entre la historia y la cultura.
Pero no hay que olvidar, que la interpretación educativa no es algo a priori ni estático, sino que representa un proceso subjetivo, sociopolítico y técnico-pedagógico, que se da al interior de un contexto personal, social, económico, cultural y educacional, en el que se involucran intereses, tendencias y posiciones ideológicas y conocimientos disciplinares y pedagógicas. De tal manera que, como un artista en escena, cuando el profesor está en el aula son distintas cosas las que movilizan su actuación. Esta mirada del profesor requiere una formación y un acompañamiento diferente, que los implique en comprensión profunda de los textos, sujetos y contextos, una formación “no diluida y exprés” como las que se han venido desarrollando desde hace décadas frente a los cambios curriculares, y que hoy no ha sido la excepción.
Cierro diciendo, que más que nunca, la identidad del profesor, su ser, saber y actuar profesional no puede seguir estando mediado por pautas neutrales que asumen que los cambios en la educación son mecánicos. Por el contrario, exigen una formación y acompañamiento que respete la naturaleza de quién es cómo docente y persona, es indispensable superar la mirada sobre el docente en los cambios curriculares más allá de un nuevo discurso.
La autora es académica de la Universidad Iberoamericana Puebla.