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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

“No hay de queso, nomás de papa”

Ignacio Villa tiene una luz interior, un fuego que no se apaga, que va más allá de un propósito

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Septiembre 2, 2022

Conocí a Ignacio Villa como Pastor de una congregación de migrantes latinos y me impactó su devoción al orar. Al escucharlo, desde mi nuca recorrió por mi espalda, un escalofrío incómodo porque sentí en mis entrañas que estaba presenciando un momento íntimo, privado y secreto, profundo y exclusivo, insondable e inescrutable, entre dos y sólo dos seres: Dios y Nacho. Nadie más cabíamos en esa ecuación por más que la plegaria se hiciera delante de nosotros como público porque sabíamos que estábamos entrañablemente excluidos.

Nacho cuenta la historia que, de niño de muy escasos recursos, vivía en el campo y vendía gelatinas en su pueblo para ayudar con los gastos de su numerosa familia. Desde su ahora posición de gran privilegio, muestra fotos de sus padres campesinos, y rubrica como revelación:

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“En mi vida he ganado mucho y lo he perdido todo. Lo único que no he perdido es mi buena actitud y mis ganas de servir a la gente. Para que cuando yo muera, aunque sea digan, ¡qué bueno que ya murió ese loco!”

Pero la historia de la vida de Nacho, ejemplo de indecibles retos y dificultades superados por sus grandes éxitos, como uno de los migrantes más admirados al haber conquistado las glorias de lo que Estados Unidos de Norteamérica puede dar; admirable por su resistencia, perseverancia y enfoque; por perseguir un propósito sin descanso, sin dudas y total certeza; con enorme alegría de vivir y gran emoción como si de un juego de niños se tratara, a la vez de con gran humildad y entrega total…

Pero, a mí no me convence esa interpretación que advierten y vierten de Nacho con todo respeto, admiración y cariño. Merece sobradamente lo que ahora cosecha y comparte con enorme alegría, el know how de su éxito. Pero creo que se deja fuera lo que él es.

Nacho tiene una luz interior, un fuego que no mengua ni se apaga; va más allá de haber tenido un propósito claro y certero cuando migró hacia el país vecino para salir de la pobreza y ayudar a su familia sin nunca haberse dado por vencido, lograrlo y después compartirlo; pero no es “el enseñar a perseguir la meta”, sino que cada quien se abra y recorra el irrepetible camino que tiene ante sí, al encender su propio fuego interior con su propio combustible; no es un ejemplo o modelo porque a Nacho nadie lo podrá copiar ni será repetible. Es buscar en el interior de cada quién el fuego que es capaz de crear, de mantener vivo y de contagiar empezando por uno mismo; no es por fuera, es encender todo el combustible que portamos por dentro para que ese fuego suceda y no se apague. Sólo así. Como dice Nacho sabiamente: “No hay de queso, nomás de papa.”

Sí, Nacho Villa es un loco con un fuego loco que arde la vida con tantas ganas que contagia; nadie mejor que el periodista y escritor uruguayo, Eduardo Galeano, lo ha puesto en palabras en su texto El mundo:

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
El mundo es eso –reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.”

alefonse@hotmail.com

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