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OPINIÓN

El contexto de cambio educativo y la vía ascendente

Ante el cambio discursivo desde arriba se debe construir una transformación pedagógica desde abajo

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Agosto 22, 2022

No habrá cambios sociales profundos y afirmación de la democracia en cuanto auténtica participación de la gente en el quehacer socio-cultural, si no se implementa una educación competente desde el punto de vista profesional y de las actitudes del educador…enunciaré ciertas "virtudes del educador" vistas no como algo con lo que se nace sino como una forma de ser -de comportarse y comprender- que se va logrando en la marcha… Obviamente son virtudes requeridas en educadores comprometidos de alguna manera con la transformación de un status quo incuestionablemente en crisis, para ir creando en la comunidad conciencia y expectativas de una sociedad más justa.
Paulo Freire. Educación y cambio, p. 31.

A pesar de que como planteaba la semana pasada en este espacio, la educación claramente no es una prioridad del actual presidente, también es evidente que nos encontramos en tiempos de cambio en el sistema educativo nacional.

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Estos cambios van desde el relevo en la Secretaría de Educación Pública (SEP) hasta la presentación para el inicio de su etapa piloto del nuevo marco curricular que responde a la (contra) reforma educativa aprobada en el inicio del sexenio para derogar la reforma educativa del 2013, sin tener ninguna evaluación sobre lo que funcionaba y lo que había que cambiar, mejorar o sustituir.

Sin ser especialista en política educativa como lo he reiterado también aquí, el nombramiento de la Mtra. Leticia Ramírez Amaya, desde mi punto de vista ratifica lo que afirmé acerca de la nula prioridad de la formación de los ciudadanos del futuro de este país en las políticas, presupuestos, decisiones y acciones de este gobierno y la lógica político-electoral con que se maneja la SEP al igual que prácticamente todas las instancias y programas en el sexenio actual.

Más vale aclarar, aunque parezca una obviedad, que lo que digo en el párrafo anterior no significa que tenga una visión ingenua o que pretenda interesadamente ignorar que todo sistema educativo con sus consecuentes modelos, métodos, estrategias, programas, materiales y enfoques de formación tanto de docentes como de estudiantes, tiene de fondo una visión política.

Sin embargo, una cosa es la visión política de la educación entendida desde la dimensión macro social de construcción del bien común, de la convivencia justa y democrática y de las instituciones que garanticen esta construcción permanente y progresiva, y otra muy distinta es la reducción de la mirada sobre lo educativo a una lógica política partidista, exclusiva de cierta ideología y excluyente de todas las ideas distintas a las del grupo en el poder, como está ocurriendo ahora y ha ocurrido en otros sexenios.

Esto es lo que reflejan tanto el nombramiento de la nueva secretaria como la lógica de construcción del nuevo marco curricular en el que repito, desde mi análisis personal, predomina la ideología cerrada del grupo en el poder sobre la necesaria pero ausente fundamentación pedagógica alimentada por el conocimiento generado por los investigadores educativos y por los teóricos de la educación mexicanos -y extranjeros- a lo largo de décadas.

Por ello, me temo que este escenario de cambios de arriba hacia abajo en el sistema educativo no abonará a lo que requiere urgentemente el país: la formación de personas, profesionales y ciudadanos basada en el impulso al aprendizaje significativo de conocimientos científicos rigurosos, el desarrollo de habilidades cognitivas y socioemocionales necesarios para la aplicación práctica-constructiva de estos conocimientos y el desarrollo de una educación ética indispensable para que todos estos elementos se pongan al servicio de la humanización personal, comunitaria, social y planetaria.

Como lo he escrito en otros momentos, soy muy pesimista respecto a que el verdadero cambio educativo para la transformación social pueda venir de arriba hacia abajo, de las políticas públicas de los gobiernos de nuestro país a las aulas, al menos mientras no salgamos de esta etapa de descomposición creciente e irreversible del viejo sistema político vertical y autoritario que en este sexenio están tratando tanto el gobierno como la débil oposición de restaurar inútilmente.

Pero como también lo he escrito aquí, soy un pesimimista esperanzado, un pesimista que a pesar de ver los signos negativos de este obscuro panorama que vivimos, sigue teniendo la convicción de que vale la pena seguir buscando una educación personalizante para el cambio hacia otro mundo posible y un ferviente creyente de que los educadores son los profesionales de la esperanza que pueden operar el cambio de abajo hacia arriba.

Como afirma Freire en el epígrafe de hoy, los cambios sociales profundos y la afirmación de nuestra democracia, la que significa la auténtica participación de la gente en la construcción socio-cultural, requiere de una serie de virtudes que no nacen con los docentes, sino que tienen que irse desarrollando y trabajando sobre la marcha, además de aclarar que no se desarrollan de forma individual sino en colaboración y diálogo.

En el texto del que tomo esta cita, el pedagogo brasileño menciona y define brevemente algunas de estas virtudes indispensables en todo docente que quiera contribuir al cambio social. Me parece muy relevante plantear algunas de ellas sintéticamente aquí, porque considero que son condición necesaria para la construcción de este cambio de abajo hacia arriba que es el único posible hoy.

La primera virtud es la coherencia entendida como la concordancia entre el discurso y la práctica educativa; la coherencia es indispensable para que la práctica docente sea verosímil para el estudiante. Otra virtud esencial es la vivencia de la tensión entre palabra y silencio: el educador debe aprender a decir su palabra y a escuchar la palabra del educando porque si no aprende a callar y escuchar, corre el riesgo de generar el silencio permanente del educando.

Una virtud más es vivir la tensión entre subjetividad y objetividad para no perder el sentido de realidad, además de aprender a enfrentar otras tensiones como las que se dan entre práctica y teoría, entre ser social y conciencia. Finalmente, una virtud central es la autocrítica, porque para ser crítico de las realidades imperantes, se debe ejercitar continuamente la crítica a sí mismos y a sus propias posibilidades de desviación subjetiva.

Ojalá todos los docentes que están ya de vuelta en sus escuelas y en una semana más se reencontrarán con sus estudiantes, tomen consciencia de la relevancia de estas virtudes y trabajen colaborativamente en su desarrollo para poder aprovechar estos tiempos de cambio discursivo e ideológico desde arriba, para construir una real transformación práxica y pedagógica desde abajo, que apunte a la construcción de un México más justo, democrático, pacífico e incluyente.

Porque ante la tragedia educativa nacional agravada por la pandemia y la irrelevancia de la educación para la clase política, la única opción de cambio está en la vía ascendente.

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