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OPINIÓN

Diario de trabajo I

Gertz Manero parece estar por encima de todas las instituciones, incluso, la presidencial

Juan Carlos Canales

Es profesor jubilado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP). Por más de veinte años condujo el programa radiofónico El territorio del nómada.

 
 
 

Lunes, Julio 18, 2022

17 de julio, 21.00 Hr.

No hay en el panorama nacional de los últimos años un personaje más siniestro que Gertz Manero. El artículo “El coordinador antidrogas de Echeverría” del semanario Proceso deja ver con claridad los orígenes y ascenso del actual fiscal de la República y explica el poder y el dinero que desde la década de los setenta del siglo pasado este oscuro personaje ha ido urdiendo hasta convertirlo en la figura intocable que es hoy; una figura que parece estar por encima de todas las instituciones, incluso, la presidencial.

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Es posible que la mala prensa de Gertz en Proceso se deba, indirectamente, a la mano de Scherer Ibarra pero, lo que es verdaderamente preocupante es que las denuncias se apoyen -como lo creo por la seriedad de la revista- en datos reales. De ser así, estaríamos frente a uno de los casos más alarmantes del vínculo entre política y crimen organizado. Por precaución, no recurro al calificativo de narcogobierno o narcoestado porque comprometería a la totalidad del actual gobierno y del Estado mexicanos, y un señalamiento así, no sólo puede ser impreciso en términos políticos sino, además, hundirnos en la más oscura desesperanza.

Sin embargo, lo que también es cierto, es que dada la relevancia de Gertz Manero, como en el caso de Cienfuegos, la incidencia del crimen organizado en campañas políticas locales o la presunta complicidad de ciertos actores políticos con el propio crimen organizado, nos aproxima peligrosamente, a esos adjetivos y nos confronta, de verdad, con la certeza de estar a punto de convertirnos si no en un Estado fallido, sí, en un gobierno fallido. Sea intrincada o paralela, es indudable que la carrera del fiscal de la República está ligada a la del crimen organizado en México. ¿Quién puede aclararlo? La respuesta es obvia: el propio Estado mexicano -o por lo menos el gobierno mexicano-, pero si éste no está cumpliendo con la elemental tarea de perseguir el delito, entonces qué podemos esperar, y la pregunta por la impunidad del fiscal resulta ingenua.

Cierto, el problema del narcotráfico y sus múltiples derivas en el crimen organizado o la delincuencia común no nacieron en el actual sexenio, pero es inadmisible que en nombre de una política de pacificación, el gobierno renuncie al uso legítimo de la violencia y a la propia fuerza de ley que define al Estado moderno. Las causas del crimen organizado son complejas y profundas y no se acabará con ellas sin la modificación de las estructuras que las alimentan, pero cada vez se hace más necesario acabar, sin contemplaciones, con sus síntomas.

La tolerancia tiene un límite; lo que sigue es la complicidad o la cobardía.

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