Descanse en paz Carlos Sánchez
En acción de gracias por los XVII años de mi sobrina y ahijada Mimí
A la memoria de mi abuela materna Isabel Ríos
Hace unas semanas un amigo me preguntó cuáles eran mis planes una vez que me había instalado —luego de las olas más fuertes de la pandemia— en la ciudad de Querétaro. Como había estado organizando mi traslado, las gestiones para adquirir una vivienda y conocer alguna idea de la jubilación para dentro de algunos años, justamente eso le compartí. La pregunta, sin embargo, me hizo recordar posteriormente algo que yo mismo había proyectado hace algunos años en lo profesional, familiar y personal. Tenía que ver sobre todo con el ámbito de la vida y el trabajo intelectuales.
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Ahora pienso no en treinta años sino en diez. Si de 1998 a 2008 escribí dos libros breves y dos tesis, ¿podré escribir un buen libro en la próxima década —que aporte realmente— en las áreas de la Filosofía de la Historia, de la Filosofía Política, de la ética social, de la crítica literaria o del análisis político? ¿O del diálogo entre el cristianismo y el mundo contemporáneo? Ese es mi reto.
Jean Guitton —en una carta— le escribía a un joven estudiante lo siguiente:
“quiero decirte que diez años son poca cosa. Observa lo que has aprendido entre los diez y los quince años; haz el cálculo de lo que podrías aprender todavía, si lo quisieras, si lo quisieses o te obligaran a ello, como se obliga al chiquillo en la escuela.” (1)
Quizá sólo hay que considerar la diferencia en energía entre un joven veinteañero o treintañero y un adulto casi mayor de cincuenta y seis años de edad y unas secuelas de un par de enfermedades. El reto lo tengo delante.
Bien, pues, me encuentro de repente en medio de ese horizonte vital en que diez años adelante se me vuelven ineludibles. Tengo pendientes, pero no quiero que se vuelvan lastres para realizar lo que considero realizable. Me gustaría ser un testigo de lo que pasa en mi país, en la región, en el globo en estos tiempos. Y que, en quinientos años, alguien al ver mis textos pudiera mirar qué es lo que pasaba en estas primeras décadas, en este tiempo, a través de mis ojos. Es a eso a lo que me refiero cuando digo me gustaría escribir un libro que, de una u otra manera, perviviera a lo largo del tiempo.
Mi tiempo, mi época, mis años son estos, las tres décadas y pico del siglo XX y las dos décadas y pico del XXI. ¿Alguno de mis actos será histórico? ¿Alguno de mis textos? Yo espero que sí. Querría ser un buen testigo que vivió en esas décadas. Y me gustaría recoger, narrar, reflexionar sobre lo que pasaba en México, en América Latina y en el globo entero. Un poco, quizá, a la manera de O. Paz, que en sus poemas mezcla su vida con la situación histórica de México y del mundo. O en sus ensayos, a través de los cuales el poeta mira lo que pasa y lo relaciona con su historia personal. De manera que al leer sus trazos biográficos comprendemos al México que vivió, y al ver el país en que vivía comprendemos la búsqueda personal del sentido de su vida y de las cosas.
En la introducción a El peregrino en su patria, Paz escribe:
“Escribí estas líneas anteriores en 1986. Al releerlas ahora, seis años después, vuelven a mi memoria tres momentos de mi niñez. Me marcaron para siempre y todo lo que he escrito acerca de mi país no ha sido, quizá, sino la respuesta a esas experiencias de infantil desamparo.” (2)
Se refiere a su experiencia en una escuela de Los Ángeles en donde, un día olvida la cuchara para su lunch. Al no saber una sola palabra en inglés y, ante las preguntas de su maestra a señas, sólo atina a responder: “chuchara”. Sus compañeros se burlan repitiendo la “infame palabra”. Un extraño acosado, así se sintió.
La otra serie de eventos también está marcada por su experiencia en el Colegio Francés, al que acudió después de la experiencia angelina; frecuentemente llegaba a su casa con los ojos morados, fruto de las constantes peleas con sus compañeros: un extraño, a final de cuentas, que había nacido ahí, en Mixcoac. La tercera experiencia de extrañeza es con Soto y Gama, un simpatizante zapatista, amigo de su papá, quien le dijo a éste al ver al niño Paz: “No sabía que tuvieras un hijo visigodo.” (3)
En los tres casos, las risitas y risotadas de los demás. Al final, esas experiencias son de extrañeza. De ahí el “peregrino” en su patria. Visto con extrañeza por los demás, él se siente extraño pese a ser natural de esta tierra.
Nosotros mismos, yo mismo para hablar en primera persona, hemos vivido esa extrañeza. De niño, mientras acompañaba a mi papá el día de las elecciones, en mi pueblo (en el norte del Estado de México), pude ver la llegada de los soldados con camión militar (de esos con toldo en las redilas), que llegaban con el presidente de la casilla y éste les entregaba las urnas. Justamente eran los setenta (Luis Echeverría gobernaba al país). Nunca pude ver con simpatía a los soldados, a las fuerzas armadas. Por ello, casi cinco décadas después, ver a esas mismas fuerzas distribuidas en todo el país, concomitantes a los miembros del crimen organizado, me genera la misma sensación de estar ante una fuerza del Estado al servicio de… otros, distintos del pueblo. Su jefe supremo (ahora López Obrador) mantiene y siempre ha sostenido el supremo discurso de la suprema demagogia: A nombre del pueblo, permite que el crimen agreda a ese mismo pueblo que dice servir. Y llena de soldados al país para tener un control castrense, seña especial de los autoritarios. ¿Pasará a la historia con ese signo?
Vivimos una época de disolución, de colapso y de desplome de las nociones de realidad y de verdad. El conocimiento se ha vuelto casi imposible y se le suele confundir con la decisión y con la política. Para muchos los hechos mismos son invenciones, mitos, expresiones de intereses políticos. No estamos a la altura siquiera del siglo XVIII, donde se descubrió la conexión entre el principio del conocimiento y los hechos que lo hacían posible.
“Porque para la explicación de un fenómeno natural no basta que nos lo hagamos presente en su existencia y en su ‘ser así’, sino que es menester hacer patente cada una de las condiciones bajo las cuales se origina y conocer con todo rigor la clase de dependencia que con ellas guarda.” (4)
El desencanto de y por la razón ha disuelto no sólo la verdad y la realidad, sino las construcciones mismas de la civilización a las que pone bombas de tiempo. Los derechos humanos, que iniciaron su larga marcha luego de la Segunda Guerra Mundial, pueden ser borrados de un plumazo, sobre todo desde los discursos polarizantes. La democracia y sus instituciones de repente no son útiles para expresar al pueblo si no las sanciona el líder carismático (la forma amable y actual de señalar al moderno demagogo). La política se vacía de su núcleo racional y se reduce al aspecto retórico. Estamos ante la venganza de los sofistas delante de Sócrates y su enseñanza a ser buen ciudadano mediante la virtud, especialmente la justicia.
Pero ésta es ya desde hace largo tiempo un mero discurso de los poderosos a nombre del pueblo. La han vaciado. La política se ha vuelto negocio y demagogia. El pueblo ha sido dejado a su suerte en medio de la violencia, la pobreza, la crisis económica y la todavía presente pandemia del Covid-19. Mi país no deja de ser la carne de cañón del poder político. En quinientos años, es posible que los hombres y mujeres de ese entonces leerán que en 2022 —en México—, quienes tomaban decisiones, especialmente el presidente de la República, lo hacían sin conocimiento verdadero —mucho menos el conocimiento científico—; eso sí seguían dando contratos sin licitación y en completa opacidad.
Saldremos, empero, de esa opacidad. A nivel país, asomaremos la cara para no quedarnos en esa falta de claridad en el futuro. El bien común y la justicia seguirán siendo tareas pendientes. Sólo es claro que tenemos delante dos fechas importantes que nos recuerdan nuestra redención como humanos y nuestra condición pobre y sencilla como miembros de los pueblos de nuestro continente. El quinto centenario del acontecimiento de Guadalupe nos volverá a dar claridad en nuestra condición y vocación históricas (la gran reconciliación podrá ser posible).
La redención de Cristo hace dos mil años tendrá un empuje inusitado. Dios no se olvida del mundo ni de nosotros, pobres necesitados de la historia que hemos quedado medio muertos en el camino al ser atacados por los maleantes. El buen samaritano es Cristo mismo que baja de su gloria eterna y se hace carne y tiempo como nosotros. Lava nuestras heridas, nos sube a su montura y nos lleva al albergue para terminar de curarnos. Es la Iglesia a la que encomienda cuidarnos mientras tiene que atender otros asuntos. Cuando vuelva —si falta pagar algo— lo hará por nosotros.
Eso me gustaría escribir y contar para las generaciones futuras. Me gustaría hacerlo desde el lugar de trabajo. Quizá esa es la respuesta que debí compartir con mi amigo que me formuló su pregunta. Ojalá tenga esa oportunidad en las circunstancias cotidianas. La gran obra —que será también modesta— está aún por escribirse.
Referencias bibliográficas:
(1) J. Guitton, Fragmentos de una carta a un joven de esta época, en A. D. Sertillanges/Jean Guitton, La vida intelectual/ El trabajo intelectual, Porrúa, México, 1994, p. 207.
(2) O. Paz, El peregrino en su patria. Historia política de México, Obras completas 8, Edición del autor, Círculo de lectores/FCE, México, 5ta. Reimp. 2004, p. 17.
(3) Íb., p. 19.
(4) E. Cassirer, La filosofía de la Ilustración, FCE, México, 3ª. Reimp. 1984, p. 25.