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OPINIÓN

Recorridos

Los territorios son los rituales, los trayectos aran los espacios para recuperarse o para morir

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Jueves, Junio 23, 2022

Nadie vive en un sólo lado del mundo. Hemos cruzado todos los ríos. Lo mismo y lo otro. Lo cuerdo y lo desquiciado. El orden y lo caótico. El origen y el despliegue histórico. El centro y el borde. El adentro y el afuera. No hay otra orilla. Nada nos espera. No hay libertad resguardada en un recóndito lugar no visitado, no pensado. Todo está a la vista en la misma medida.

No nos complace ya por tanto ninguna oposición: Estado o no Estado; reforma o revolución; verticalidad u horizontalidad. Todo ha tenido su tiempo de prueba. Todo ha hecho expediente.

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No quedan territorios ignotos. En sentido estricto, nunca los hubo. Un territorio es solamente el espacio que recorremos. No el rastro, sino el rastro más su entorno, el camino más su horizonte. Por ello, el territorio está hecho de costumbres y miradas, es decir, de lo que solemos recorrer con los pies, pero también con los oídos y la carne. Llamamos espacio al conjunto de tránsitos entre todos esos recorridos. El territorio es lo “viable”, lo que hace vía, pues. Lo que se puede andar y permite caminos, trayectos. Entendamos, claro, que los trayectos no son solamente líneas. Si aumentamos las dimensiones, los trayectos pueden tener las dimensiones que queramos y las topologías más extrañas.

Los territorios son los rituales y las carreteras, lo que transmite y lo que comunica. Lo que lleva y trae. Lo que envía y recibe. Pero otra vez, para no dar una idea demasiado estrecha: el espacio no es solamente un trayecto como un cableado o una red. Son también parajes, paisajes, habitáculos, envolturas, viviendas. Los trayectos aran los espacios. Pero también los unen entre sí. Y, por supuesto, constituyen espacios en sí mismos. Hay espacios de reunión o de mero tránsito. Espacios para esperar. Espacios para permanecer. Espacios sin aire. Espacios para recuperarse o para morir. Prisiones o fuertes.

Todos los espacios están conectados. Llamamos mundo al conjunto de los espacios que habitamos junto con los modos en que ellos se interconectan. Lo que va, lo que viene, lo que se intercambia, lo que fluye o se estanca. Pero también llamamos mundo a lo que crece ordenándose; hacia arriba, hacia abajo o en torno. Lo identificamos como patrón, ritmo, estructura. Recorremos una pieza musical o una carretera. Un curso de pensamientos o un cuerpo. El espacio es ese recorrido y lo que lo rodea, su entorno. Desde luego, siempre estamos en un lugar determinado del trayecto, pero éste no es nunca un punto, sino que está rodeado. Sea tiempo o espacio. Como tiempo está flanqueado por el pasado, el futuro y por todos los tiempos de los otros (ante, post, para); por los tiempos imaginarios (de un cuento, por ejemplo) o de un atormentado pensamiento que se hace cursos paralelos. Como espacio, como horizonte, como paisaje, como desconocido subsuelo, abierto a la tarea del arqueólogo y del geólogo. Capas, “cortes” del mundo, perspectivas, zonas donde el foco preciso hace aparecer un mundo o, por el contrario, lo hace borroso, sea porque todo se difumina o porque se desenfoca un fondo para hacer resaltar al sujeto de la lente.

El espacio se hace tiempo: espacios que hay que dejar en paz para que sigan su curso, espacio que hay que intervenir rápidamente antes de que el fuego lo consuma. Espacio de sosiego, espacios de batalla. El tiempo se hace espacio: es tiempo de salir y comenzar a caminar, siguiendo el ladrido de los perros. El espacio es un llano en llamas o un espacio formado: túneles o carreteras, cuevas o edificios, interconexiones o desconexiones, puentes o muros.

Los mapas son diagramas para navegar, no para representar un territorio. Por tanto, se grafica un espacio para saber de la prisa y de los siglos, de los caminos que constituyen lo cotidiano y lo excepcional. No hay afuera. No hay grietas ni intersticios. O mejor: hay muchos afueras y adentros, muchos intersticios, múltiples centros y periferias. ¿Ruptura? ¿Alteridad? ¿Transgresión? Nada de eso nos aguarda, virginal en el futuro, sino que constituye nuestro verdadero suelo nutricio. No desde “otro lugar”, sino otro recorrido; no otra perspectiva, sino otro racimo de perspectivas; no un nuevo punto de vista, sino todo un espacio distinto de miradas. Aquí no hay puntos.

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