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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Abrirnos a lo esencial: dos desafíos

Dos grandes retos enfrenta la humanidad: el desafío ambiental y el desafío pedagógico o educativo

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 20, 2022

(La experiencia de la pandemia) …debe abrirnos sobre todo, a lo esencial de la existencia… Debe abrirnos al amor y a la amistad que nos permiten realizarnos como individuos, a la comunidad y a la solidaridad que fusionan nuestro Yo en un Nosotros, al destino de la humanidad del que cada uno somos una pequeñísima partícula…
Edgar Morin. Cambiemos de vía, pp. 37-38.

No es que yo no quiera dejar de abordar el tema de la pandemia en mis artículos, sino que la pandemia no quiere dejarnos vivir sin ella. Estamos siendo testigos de una nueva ola de contagios que ya no sé si es la cuarta, la quinta o la primera que nunca se detuvo aunque nos dio por unas semanas una pequeña tregua.

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Afortunadamente después de las vacunas la enfermedad está llegando al menos hasta ahora según parece, con impactos menos graves y menos casos de hospitalización y fallecimientos, lo cual ya es un avance no menor.

Tampoco es que por una especie de necedad o de falta de imaginación siga abordando el tema de los aprendizajes que nos ha dejado esta plaga que azota a la humanidad desde el año 2019 y parece que llegó para quedarse. Lo que me hace regresar continuamente al tema es que parece que esos aprendizajes no han permeado en nuestra sociedad ni en nuestras instituciones educativas que regresaron a la presencialidad como si nada hubiera ocurrido.

En efecto, las escuelas y universidades, los docentes y directivos, los funcionarios del sistema educativo, los investigadores de la educación y los padres de familia vivieron una crisis que obligó a todos a modificar los patrones de conducta, los objetivos, los medios, los métodos y las prácticas de enseñanza aprendizaje y de gestión institucional.

Sin embargo, al llegar esas semanas de tregua en la que parecía que la pandemia había quedado en el pasado,  los actores educativos y las instituciones parece que olvidaron todo lo aprendido y se esforzaron -y también forzaron- en retornar a las viejas prácticas, a medir el aprendizaje en horas sentados en el pupitre o el escritorio, volvieron a ver la tecnología como un mal necesario y no como un medio privilegiado de innovación y flexibilización de los procesos formativos y pretendieron que el mundo volvía a ser el de antes.

Pero ese mundo de antes distaba mucho de ser el deseable para enfrentar los grandes desafíos humanos -personales, comunitarios, sociales y planetarios- que ya estaban ahí, que no nacieron con el nuevo coronavirus, porque la pandemia lo único que hizo fue develarlos, ponerlos frente a nuestros ojos, obligarnos a mirarlos y en muchos casos, amplificarlos o hacerlos más graves.

Los grandes pensadores contemporáneos han hablado y escrito mucho acerca de esos grandes desafíos no sólo durante la pandemia sino desde hace décadas, sin que la sociedad o los sistemas educativos hayan hecho mucho por escucharlos.

Me gustaría para ser sintético, hablar hoy de los que me parece son los dos desafíos más importantes que enfrenta la humanidad en este período que podríamos llamar postpandémico dentro de la pandemia. Se trata del desafío ecológico o ambiental y del desafío pedagógico o educativo.

En su libro Enseñar a vivir, publicado en el 2016 -antes de la COVID-19-, el pensador francés Edgar Morin inicia con dos epígrafes que pueden caracterizar estos desafíos. Se trata de dos grandes preguntas que la humanidad debería plantearse con mayor seriedad de la que hoy lo está haciendo.

La primera pregunta corresponde al desafío ecológico y es de Jorge Semprún: ¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos? Greta Thunberg ha planteado esta pregunta en forma de reclamo a los grandes líderes mundiales diciéndoles que mientras el mundo vive una etapa crítica del calentamiento global, que nos pone al borde de la catástrofe y la autodestrucción, ellos, los gobernantes y empresarios están pensando prioritariamente en el dinero.

Este es un primer gran desafío educativo. Si queremos dejarles un mejor mundo a nuestros hijos tenemos que construir instituciones educativas social y ambientalmente responsables. Se trata de construir escuelas y universidades que pongan el tema ambiental como una prioridad central tanto en el conocimiento que se comunica en los planes y programas de estudio como en la estructura misma de funcionamiento de la organización en cuanto a los impactos ambientales que genera y las formas sustentables o no en que se gestionan administrativamente las instituciones.

Formar a las nuevas generaciones en un ambiente preocupado y organizado para dejarles un mejor mundo, si no el mejor mundo posible, sí, como dice Morin, un mundo mejor. Para ello los educadores deberíamos adoptar y hacer nuestra la frase de Pedro Arrupe S.J. que dijo hacia los años setenta del siglo pasado: “No me resigno a que cuando yo muera, el mundo siga como si yo no hubiera vivido”.

La segunda pregunta es de Hans Jonas y puede configurar el desafío pedagógico: ¿A qué hijos vamos a dejar el mundo?, es decir, qué clase de personas estamos formando para que se hagan cargo de la realidad del mundo en el futuro cercano.

Personas que conciban la existencia desde una perspectiva más austera y sostenible, menos contaminante y depredadora, más integrada con la naturaleza, más capaces de volver al planeta esa casa común, esa tierra-patria de la que habla Morin y en ese mismo sentido, seres humanos con la actitud y las capacidades necesarias para construir la fraternidad.

Se trata de un cambio de paradigma en el que tenemos que pasar de una mirada individualista liberal en la que la vida consiste en competir con los demás para buscar el éxito económico, la fama o el poder, para construir una mirada auténticamente personalista en la que se conciba a la persona humana de manera integral y por lo tanto necesitada de los demás para construirse.

Esta transformación se orientaría a pasar de la competencia a la colaboración, de la violencia a la solución pacífica de conflictos, de la imposición al diálogo, del autoritarismo a la democracia, de la soledad a la fraternidad.

Como afirma Morin, la experiencia de la pandemia debe abrirnos a lo esencial de la existencia, abrirnos al amor y a la amistad que nos abran oportunidades de realización personal y comunitaria, hasta llegar a la solidaridad que fusione nuestro Yo en un Nosotros comprometido con el futuro de la humanidad de la que todos somos una muy pequeña pero imprescindible parte.

¿Lograremos aprender esas lecciones? ¿Seremos capaces de construir la fraternidad? Como dice el mismo Morin, aunque la misión parezca imposible, la dimisión resulta igualmente imposible.

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