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OPINIÓN

Destrucción de los ecosistemas en nuestro planeta

Ante sus enormes alteraciones biológicas y físicas, urge una toma de conciencia para su restauración

Diego Riva

Arquitecto urbanista y Master en Desarrollo Urbano por la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Titular de Gestión Ambiental de la Coordinación General de Desarrollo Sustentable BUAP. Secretario Técnico de la Red de Sustentabilidad Ambiental de la ANUIES, y docente investigador por más de 30 años. 

Miércoles, Junio 1, 2022

Un ecosistema es un sistema natural que está formado por un conjunto de organismos vivos (plantas, animales, personas) interdependientes, que comparten el mismo medio físico o hábitat donde se relacionan, siendo los ecosistemas los reservorios de la enorme diversidad de especies animales y vegetales que encontramos en el planeta. Pero estamos frente a una gran amenaza, pues durante demasiado tiempo, se ha estado explotando y destruyendo los ecosistemas del planeta.

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cada tres segundos, el mundo pierde una superficie de bosque equivalente a un campo de futbol y, tan sólo en el último siglo, hemos destruido la mitad de nuestros humedales. El 50 por ciento de nuestros arrecifes de coral ya se han perdido y para 2050, podrían desaparecer hasta el 90 por ciento, incluso si el calentamiento global se limita a un aumento de 1,5°C.

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El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en uno de sus artículos publicados mencionó:

“Nos estamos enfrentando, aunque realmente no lo vemos, incluso cuando la evidencia es abrumadora, a enormes alteraciones biológica y física del mundo que nos ha estado sosteniendo. Hoy el mundo está frente a una amenaza que abarca varios puntos: crecimiento de la población, consumo de recursos, emisiones de gas carbón y extinción masiva de las especies, aunque la humanidad todavía no haya tomado conciencia”

El crecimiento demográfico ha sido el principal motor de presión sobre los ecosistemas naturales.  Este crecimiento diario de la población ha llevado a una mayor e intensa explotación de los ecosistemas, transformándolos en superficies para la vida humana (cultivo, vivienda, producción, etc.), logrando una irreversible pérdida de hábitat y ecosistemas; lo que ha llevado a que la tercera parte de la superficie terrestre del planeta haya sido transformada por la acción humana. Pero debemos entender que los seres humanos somos una especie más en el planeta, por lo que hemos dependido -y lo seguiremos haciendo- de los ecosistemas para satisfacer nuestras necesidades, pues estos nos prestan servicios ambientales como alimento, agua, combustible, fibras, recreación, etcétera; pero también nos ayudan a regular el clima, controlar las inundaciones y las enfermedades.

En los últimos cincuenta años, la población mundial se ha duplicado, pero las emisiones de gases de efecto invernadero se han triplicado, dos fenómenos altamente amenazantes de los ecosistemas. Estos, son una fuente fundamental en el secuestro de carbono de la atmósfera y fundamentales en la regulación del clima, aunque paradójicamente se ven muy afectados por el cambio climático. Por ello pensar en la restauración y conservación de los ecosistemas acuáticos como terrestres que se encuentran amenazados, son fundamentales para la adaptación al cambio climático.

La aparición de la COVID-19 también ha demostrado lo desastrosas que pueden ser las consecuencias de la pérdida de ecosistemas.  Destruir el hábitat natural y la biodiversidad es crear las condiciones favorables para que los patógenos se propaguen o dominen, incluido el coronavirus. Cuanto más diverso es un ecosistema, más difícil es que los patógenos pasen de los animales a las personas.  La ONU menciona que alrededor del 75 por ciento de todas las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son zoonóticas, lo que significa que se transmiten de animales a personas. A nivel mundial, mil millones de personas son contagiadas cada año y millones de ellas mueren debido a las enfermedades causadas por los coronavirus. La pandemia de COVID-19 es una oportunidad de reinventar nuestra relación con la naturaleza y reconstruir un sistema mundial más amigable con el medio ambiente.

México es considerado un país megadiverso. Es el segundo con mayor número de ecosistemas y el cuarto en diversidad de especies de flora y fauna. Puebla aporta el 15 por ciento de la biodiversidad mexicana y es el cuarto estado con mayor riqueza natural.

La acelerada degradación, pérdida, contaminación, reducción, fragmentación y transformación de hábitats en todos los tipos de ecosistemas naturales de Puebla, se ha identificado como uno de los principales problemas ambientales. Ello es fundamentalmente consecuencia de complejos procesos urbanos como cambios de uso del suelo para la expansión de actividades agrícolas y ganaderas, crecimiento urbano e infraestructura, extracción de especies a diferentes niveles, prácticas productivas inadecuadas, incendios descontrolados o modificación drástica de sistemas hidrológicos e incluso la contaminación y extracción desmedida del agua. Todo ello, da muestra de la urgente necesidad de un mayor compromiso y concientización como ciudadanía para valorar los ecosistemas y detener y revertir su potencial pérdida, que exigen mayores esfuerzos de la planeación y la generación de políticas públicas en materia de recursos naturales y desarrollo urbano.

Restaurar los ecosistemas significa prevenir, detener y revertir este daño, pasar de explotar la naturaleza a curarla. Hace exactamente un año se promulgó el Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas (2021-2030), cuyo objetivo central es devolver la vida al planeta, un trabajo fundamental en los próximos diez años, para detener y revertir el deterioro del mundo natural (continentes y océanos); y así, se puede ayudar a mejorar los medios de vida de las personas, contrarrestar el cambio climático y prevenir una extinción masiva.

Algunos países ya han invertido en la restauración de los ecosistemas como parte de sus estrategias para recuperarse de la COVID-19, la restauración como motor de empleo, especialmente en áreas rurales donde urgen nuevas oportunidades. Otros, están recurriendo a la restauración para ayudar a adaptarse a un clima que ya está cambiando y a la recuperación de la biodiversidad.

En los acuerdos de la Cumbre sobre la Biodiversidad de la ONU, publicados por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, se puede reconocer los importantes compromisos políticos presentados por los países para restaurar e impulsar sus economías tras la COVID-19; entre los que se destacan, por ejemplo Pakistán quien ha contratado a los jornaleros desempleados dando nuevos puestos de trabajo, plantando árboles como parte de un programa nacional para plantar 10 mil millones de árboles. En Francia se establecieron nuevos recursos para la “transición agroecológica”, esta iniciativa incluye asesoramiento, capacitación y créditos fiscales para agricultores orgánicos, apoyando así los sistemas alimentarios locales y la agricultura urbana, de esta manera Francia, como una de las medidas establecidas en su paquete de recuperación, es la de transformar de manera sostenible las tierras agrícolas del país.

El Reino Unido prevé invertir en un fondo denominado Green Recovery Challenge (Desafío de la Recuperación Verde), que ayudará a los grupos ambientalistas y las autoridades a crear o salvaguardar hasta 5 mil puestos de trabajo en la conservación y restauración de la naturaleza, con especial atención a la plantación de árboles y rehabilitación de turberas. Etiopía tiene como objetivo plantar 5 mil millones de plántulas este año como parte de un esfuerzo para duplicar su cobertura forestal antes de 2030, como una forma de crear empleos verdes, mejorar la salud de sus ciudadanos y estimular la recuperación pos-COVID-19.

Finlandia incluye una propuesta de asignación de fondos a empresas estatales para invertir en áreas de recreación, servicios de agua, rehabilitación y conservación de hábitats, incluyendo los bosques, y al desarrollo del turismo de naturaleza.

Para revertir la deforestación y combatir el cambio climático, el plan de recuperación de Colombia incluye medidas para promover técnicas agrícolas amigables con el medio ambiente, incluye fondos para promover la agrosilvicultura y el agropastoreo, técnicas agrícolas que pueden restaurar suelos y ecosistemas, el gobierno apunta también a plantar 180 millones de árboles.

Islandia apunta a proyectos de captura natural de carbono, incluidas la expansión de los bosques de abedules nativos y la restauración de humedales. La capital de Kenia, Nairobi, ha contratado a familias que vivían en la indigencia para limpiar los parques y las vías fluviales, lo que está ayudando a muchos a obtener ingresos y salir de las calles, viendo sus beneficios ambientales.

Como podemos observar, es fundamental impulsar a la acción para prevenir, detener y revertir la pérdida de ecosistemas en todo el mundo, donde, es fundamental el apoyo político, la investigación científica y el músculo financiero para ampliar masivamente la restauración de los ecosistemas terrestres, costeros y marinos.

Hablar de un ecosistema puede ser tan grande como un bosque, cuencas fluviales o áreas protegidas transfronterizas, como tan pequeño como un parque local, un jardín trasero o un estanque. Por ello, cuando hablamos de restauración de ecosistemas no debemos pensar que solo es una tarea global de una escala gigantesca, sino también incluye las muchas pequeñas acciones que todos podemos realizar todos los días: cultivar árboles, reverdecer nuestras ciudades, repoblar nuestros jardines con especies silvestres o limpiar la basura de los ríos y costas.

@diego.riva.735

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