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      Piollo mañoso

      Viernes, Abril 29, 2022
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      La felicidad de un gatito callejero que poco a poco formó parte de una familia
      Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes  
      Piollo mañoso

      Es un mañoso como buen gatito callejero que se las ha ingeniado para sobrevivir como sea. Está bien alimentado porque encontró, desde pequeño, una ‘doña’ que le dio cobijo en su azotea; le puso un cajón de madera con una cobija, una vasija con agua y otra con alimento que rellena cada día.

      Empezó rondando el vecindario después de que su madre parió a tres gatitos en una casa de gran vegetación donde se pudo esconder y una vecina que, al escuchar sus maullidos, les llevó leche y alimento. Cuando la madre desapareció se quedaron buscando casa y comida como sucede con todos los animales callejeros.

      Los tres gatitos andaban escondiéndose de los transeúntes y de los perros que los correteaban y atacaban. Dos de ellos murieron al no alcanzar algún matorral que los protegiera y sólo uno sobrevivió. Como la ‘doña’ sale diario con sus gatos que la siguen obedientes en sus caminatas muy temprano y por la noche, el minino empezó a seguirlos de lejos y poco a poco encontró cupo entre ellos.

      La ‘doña’ al verlo tan indefenso, al principio le empezó a poner comida y agua afuera de su casa, la que comía y bebía como buen vagabundo. En ocasiones desaparecía, pero la ‘doña’ no lo olvidaba y le dejaba alimento y agua como costumbre.

      Poco a poco se fue uniendo a la tropa paseadora y la ‘doña’ le puso nombre: como hacía un ‘pio-pio’ gatuno, lo nombró ‘Piollito’ que respondía cuando era llamado. Con la cercanía y la confianza, la familia le puso en la azotea una caja de cartón con una cobija para que ahí durmiera y se protegiera del frío y la noche; también que tuviera donde ir cuando huyera de sus atacantes.

      Pasaron los meses y el gatito creció y engordó. Con la permanencia, la caja de cartón se convirtió en casa de madera ya que el Piollito además defendía su hábitat para que otros gatos callejeros no usurparan sus aposentos ni le quitaran alimento y agua.

      Siempre que la ‘doña’ termina de sus caminatas, deja entreabierta la puerta de la entrada para sacar el alimento del Piollo, -así le dice cuando se enoja- y al gato le ha dado por meterse corriendo y finge comer.

      Un día que la acompañé en su caminata y el Piollo entró corriendo al comedero, ella le dijo: “¡Ay Piollo!, ¿no entiendes que te saco el alimento?”. Pero algo llamó poderosamente mi atención cuando ella lo abrazaba para sacarlo de la casa. En ese momento le pregunté: “¿Cargas al gato aparte de cuándo lo sacas?” Ella contestó de inmediato: “No” Y reviré: “¿Te das cuenta de que el gato no come cuando entra?” Respondió: “Sí, por eso me extraña, porque sólo le da la vuelta al comedero”. “Mensa, -alegué-, ¿no te das cuenta de su carita de felicidad cuando lo cargas?”, “No”, reconoció. “Pues date cuenta que no entra por comida, entra porque es la única manera que tiene para que lo abraces!”  

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