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      Poner toda la atención en ese hueco*

      Domingo, Abril 24, 2022
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      Nos ha tocado vivir en un país que sigue sembrando cuerpos de mujeres en medio del dolor
      Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Decano UPAEP
      Poner toda la atención en ese hueco*

      Para Debanhi Escobar y todas las víctimas de feminicidio y sus familias

      II
      A cambio de un cadáver herido, mutilado, se deja de esperar a la hija. A la hija que salió de la casa con urgencia pero que no se dio prisa en volver. Demoró su vuelta tanto y tanto hasta borrar los compartimentos del tiempo.
      Pero los relojes ya empiezan a marchar.
      Se acabó el presente interminable. A partir de ahora ya no será necesario resistir, tener valor, aguzar el oído al otro lado de la puerta, intentar identificar sus pasos, la canción que cantaba; atisbar en todas las muchachas la semejanza a una forma de peinarse, un andar, esa blusa de colores, esa falda, igual a la suya…
      A partir de ahora, se encajarán días, horas, sucesos. A partir de ese cadáver, la hija deja de existir.

       

      Nos ha tocado vivir en un país que sigue sembrando cuerpos. ¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?, dicen las mantas en muchas de las innumerables marchas de protesta de mujeres indignadas, hartas de seguir siendo violentadas, de que cada día haya en promedio diez mujeres asesinadas por el simple hecho de ser mujeres.         

      La ola más reciente de esta siembra macabra se ha producido en Nuevo León, donde el caso de Debanhi Escobar -hija de dos maestros, por cierto- levantó revuelo en todos los medios de comunicación y en las redes sociales, produciendo una presión gracias a la que después de trece largos días, seguramente eternos para sus padres y demás familiares, fue encontrado su cuerpo en el fondo de una cisterna, donde muchos señalan que fue sembrado para intentar fabricar una versión de muerte accidental.

      Buscando a Debanhi, las autoridades policiacas encontraron los cuerpos de otras cinco adolescentes desaparecidas: Irlanda, 14 años; Irma, 19 años; Brisa, 16 años; Ingrid, 15 años; Jennifer, 14 años. ¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos? Cuerpos de jóvenes que debieran ser el futuro para este país herido, pero se les arranca de tajo la posibilidad de construir un mañana, arrancándoles una vida llena de posibilidades.

      Los padres de Debanhi y de las otras cinco adolescentes encontradas en este caso y de tantas otras han tenido que dejar de esperar a su hija, a la hija “que salió de la casa con urgencia pero que no se dio prisa en volver…” y “a cambio de un cadáver herido, mutilado” tendrán que ir encajando los días, las horas, los sucesos, aprendiendo a vivir” a partir de ese cadáver”, de esa hija que dejó de existir.

      Este es el escenario terrible pero con todo, menos cruel que el de todos aquellos padres cuyas hijas salieron también y tardaron en volver, pero jamás se ha sabido de ellas y forman parte de la enorme lista de desaparecidas. ¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?

      Nos ha tocado vivir en un país que tal vez porque tanto dolor es imposible de aguantar o quizás porque simplemente ha ido perdiendo la empatía y la sensibilidad, la compasión -esa capacidad de padecer con el otro o las otras- se ha ido acostumbrando a esta macabra e inaceptable siembra de cuerpos de mujeres jóvenes, cuya sangre inunda todo el territorio, ha ido normalizando este mal estructural o sintiendo ese dolor, resignándose a la incapacidad de las autoridades de todos los niveles y colores para resolver este terrible cáncer social, viviendo en la impotencia y la rabia que producen frustración y desmoralización colectiva.            

      ¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos? Esencialmente cosecha una sociedad que va perdiendo las ganas de vivir humanamente y aceptando lo inaceptable, sobreviviendo y subviviendo en vez de vivir.

      III

      Reconózcala. Diga si es ella. Dígalo de una vez: sí o no.
      No todos son convocados ante una sábana estirada. No todos son apremiados a acabar con la congoja. No todos pueden envolver con el amor de los lienzos esas niñas despedazadas, traspasadas, aplastadas por la abominación. No todos pueden escribir un nombre en una lápida, cubrirla de flores, encenderle cirios. No todos pueden entregarse al duelo.
      Hay quienes aún deban hacer acopio de lágrimas porque no saben hasta cuándo debe durar la pena.
      ¿Hay que dar las gracias, entonces?
      …Sí, es ella, hay que decir, y abandonarse.
      Poner ahora toda la atención en ese hueco.

       

      Este espacio trata temas educativos y aunque estas líneas son más bien una especie de desahogo, de expresión de esta impotencia, de mi frustración y del miedo que me habita por tener tres hijas, mujeres, jóvenes, que viven en este país que siembra cuerpos, creo que como profesionales de la esperanza tenemos una enorme tarea para tratar de sembrar empatía, inteligencia emocional, valoración de la dignidad de las personas, diálogo para la resolución de conflictos, cultura de paz, convicción de equidad y complementariedad, rechazo a la cultura machista, indignación frente a todo tipo de violencia, “digna rabia” contra estas muertes injustas, inaceptables y profundamente deshumanizantes.

      Los educadores no podemos sumarnos a la desmoralización y a la normalización de esta avalancha creciente de feminicidios. Por el contrario, tendríamos que formar redes de empatía y solidaridad con las víctimas y aprovechar cada uno de estos casos terribles como el de Debanhi y las otras cinco chicas encontradas para dialogar el tema relacionándolo con nuestras asignaturas y con la forma en que nos relacionamos en el aula y convivimos en la escuela y la universidad.

      Es hora de que los educadores -padres y madres de familia, docentes, orientadores y orientadoras educativos, directores escolares, supervisores- rompamos esa burbuja en la que seguimos pretendiendo que transcurra la formación de nuestros hijos y educandos para dejar entrar a la realidad por dolorosa y cruel que sea.

      Dejar entrar estos fenómenos dolorosos, no con el morbo que a veces se les trata en los medios o con la amargura de quienes piensan que ya no hay salida de este túnel obscuro de la violencia, sino con la intención formativa que fomente el autocuidado y el cuidado de los demás, el respeto y la convivencia democrática y pacífica, la reprobación de los discursos de odio y de las acciones violentas tanto no verbales y verbales como físicas, la construcción de comunidades familiares y escolares que muestren a las nuevas generaciones que es posible otra forma de convivir que no se sustente en la agresión.

      Educar a las nuevas generaciones en la idea triste de que como dice el poema citado hoy, esta violencia de género “será una marca que nos distinguirá para siempre” como país, pero que no es un destino fatal del que no se pueda salir, sino un desafío que nos pide con urgencia un cambio radical como personas, como comunidades y como sociedad.

      Hoy resulta urgente, se lo debemos a las víctimas, a sus familias y al país, “poner toda la atención en ese hueco”.

       

      * Los dos fragmentos citados textualmente en este artículo están tomados del poema Halladas, de Ana Rossetti, que se puede encontrar en:
      https://digopalabratxt.com/2018/03/04/el-callejon-de-los-cuchillos-25-poemas-contra-la-violencia-de-genero/

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